Los Relatos

Las obras se actualizarán a discreción de sus respectivos autores, aunque se intentará mantener el plazo de un capítulo cada dos semanas.
Comenzaremos con unas historias que ya poseemos, pero más adelante, aceptaremos solicitudes de participación para publicar obras de nuevos autores.

lunes, 11 de abril de 2011

WTF - Capítulo 3

Lo que tú digas…


Podía volar, era increíble. Surcaba los cielos sin ninguna preocupación disfrutando del buen tiempo y del sol que alumbraba su vuelo cuando algo interrumpió su apacible viaje. Una pared gigantesca de maciza piedra se acercaba peligrosamente y él no podía frenar.
Cratylus se levantó de sopetón exclamando brevemente por la pesadilla cuando sintió un punzante dolor atravesarle la cabeza, la cual se manoseó con ambas manos, notando un incipiente bulto en la sien derecha.
- Joder…- dijo dolorido.
Miró a su alrededor adormilado y dio un bote en el camastro en el que se encontraba al ver a una elfa a su lado con unas vendas en las manos.
Ambos se quedaron mirando el uno al otro sin moverse, la elfa sorprendida por su despertar y el otro por la situación tan extraña en la que se encontraba.
- ¿Y tú quién cojones eres?- preguntó el joven sorprendido.
La elfa, de apariencia joven, tenía el pelo negro ébano largo y liso hasta la cintura, de rasgos suaves y rostro amable pero lo más extraño que le resultó al muchacho fue ver aquello ojos que parecían una amalgama de colores que parecían cambiar a cada momento. Desde el negro hasta tonos casi blancos pasando por el resto. Vestía una túnica de color esmeralda oscuro arremangada para mejor maniobrabilidad.
La elfa dijo algo en tono afable ya pasado el susto, a lo que el joven le miró alzando una ceja y con algo de desconfianza se propuso de nuevo hacer entender que no entendía.
- A ver… Yo no te entiendo.- dijo pronunciando muy lentamente las palabras.
La elfa no pareció en absoluto molesta por su respuesta a lo que el joven se extrañó todavía más. Las tres veces anteriores había recibido un puñetazo por dar esa respuesta.
De nuevo la elfa intentó decirle algo y Cratylus suspiró mirando la manta que le cubría las piernas sin saber ya qué decir ni qué hacer. La joven no se rindió y le golpeó el hombro con un dedo para llamar su atención.
Se señaló a sí misma con la mano y habló. Cratylus le miró extrañado pues esta vez sólo había pronunciado una palabra. Ella volvió a repetir el proceso.
- Maedith.- repitió.
- Ah, vale, creo que lo pillo. Yo tarzán.- dijo sonriente.
- Tarzán.- dijo más alegre.
-No, no, no.- dijo moviendo las manos enérgicamente.- Cratylus.- dijo señalándose.- Cratylus.
La elfa le miró extrañada a lo que el joven volvió a repetir el proceso y ella asintió comprendiendo. El joven suspiró algo aliviado de poder entender algo y hacer entender algo.
Ella hizo el gesto de llevarse algo a la boca y el joven asintió enérgicamente sintiendo un vacío en el estómago que amenazaba con devorarle por dentro.
Maedith salió del cuarto y Cratylus se levantó algo mareado del camastro. Miró a su alrededor comprendiendo que en el cuarto no había más que el catre donde había reposado. Una pequeña ventana daba al exterior por la cual pudo ver aliviado que aún era de día.
Comprobó que tampoco tenía vigilancia, por lo que tuvo la gran tentación de salir huyendo y encontrar a Rheland y escapar de aquel lugar. Y la tentación le venció. Abrió la puerta y se detuvo en el umbral. Ocurrió algo que no llegó a comprender. Como por ejemplo que su cuerpo se negaba a avanzar más allá de la estancia por mucho que él intentara mover sus piernas o sus brazos.
- Muévete, muévete, cojones.- dijo Cratylus a su propio cuerpo.
Su cuerpo le ignoró. Jamás se sintió tan traicionado en toda su vida; su propio cuerpo dándole la espalda… de un modo figurado, claro está.
Lo que no comprendía el joven era que aquel cuarto estaba protegido con un hechizo que hacía que aquellos que no tuvieran permiso fuesen incapaces de entrar, o en su caso, de salir.
Cratylus se sentó en la cama resignándose a esperar a que trajeran algo de comer.


Cuando le trajeron algo de comer y un poco de agua y le dejaron las manos libres, Rheland comió con avidez el escaso pan con queso que le habían traído. No llegó ni de lejos a estar saciado, pero por el momento bastaba para poder continuar con algo de fuerzas.
Desde que se llevasen a Cratylus nadie había ido a hablar con él, ni a visitarle excepto cuando traían algo de comida o bebida. Rheland se sentía muy solo, pero ante todo, se sentía aburrido. Y esto era algo que llevaba muy mal, poniéndole de un considerable mal humor.
Cuando pensaba que le dejarían allí para siempre, el anciano elfo que anteriormente había arrojado a su amigo contra la pared y hablado con él hizo acto de presencia. Por muy extraña que resultase su compañía, era lo mejor que podía tener Rheland, por lo que la aceptaba de buen grado. El anciano se sentó en una silla que habían colocado frente a él y le miró escrutadoramente, haciendo que el otro se sintiese algo incómodo.
- Esto… Hola.- dijo Rheland cohibido.
Su interlocutor respondió con una retahíla de incomprensibles palabras y expresiones que dirigió a Rheland con tono neutro.
-Eh… Tu padre más, por si acaso.- respondió el humano desconcertado.
El elfo le dirigió una mirada seria, pero carente de hostilidad, lo que demostraba que no había entendido al joven en absoluto. Ambos se quedaron callados mirándose, como parecía ya ser la costumbre.
- Te aviso que yo puedo aguantar mucho sin pestañear. Apuéstate lo que quieras.- comentó sarcástico Rheland.
De pronto al anciano se le iluminó la mirada, tan cambiante de color como el resto de sus captores, como había observado Rheland durante aquel día, y se levantó saliendo de la sala sin mediar palabra.
- Pues vale, vete, no me importa.- dijo enfurruñado el muchacho.


- A ver… esto es muy complicado decirlo por gestos.- dijo Cratylus pensativo.- Yo…querer… salir… fuera.- dijo pausadamente haciendo los gestos correspondientes o que él creía correspondientes, porque Maedith pensó que quería tirarse por la ventana.
La joven negó categóricamente con la cabeza.
- ¿Por qué?- preguntó desesperado.
Lo que Maedith no supo trasmitirle fue que pensaba que el suicidio era algo que no merecía la pena, que la vida era preciosa.
- Dios… esto no funciona.- comentó el joven sentado en el suelo con la espalda apoyada en el camastro.
Maedith le había traído algo de comida con una hogaza de pan recién horneado el cual prácticamente había desaparecido en dos grandes bocados del joven.
- A ver… Probemos otra cosa. ¿Qué es este lugar?- preguntó señalando los edificios  que se veían a través de la ventana y luego encogiéndose de hombros.
- Ala-sagar.- respondió la joven.
- Vale… hay dos opciones, o es el nombre de la ciudad o me estás llamando idiota. Prefiero pensar lo primero. Pero seguramente sea lo segundo.- dijo suspirando.
- ¿Y por qué estoy aquí?- inquirió señalándose a sí mismo y luego el cuarto para luego encogerse de hombros.
Maedith empezó a hablar pero ante la expresión de Cratylus, la cual no dejaba absolutamente margen a las dudas de que no se enteraba de nada, se detuvo y se encogió de hombros.
- Sí, supongo que es complicado de explicar con gestos.
A la joven se le iluminó la mirada un instante y acto seguido salió del cuarto para volver al minuto con varios papeles y carboncillo.
- ¿Quieres que te lo ponga por escrito? Creo que no va a funcionar…


Una extraña cancioncilla sonaba a través de la puerta mientras el anciano se acercaba a ella. Decía así:
- Mil trescientos cuarenta y ocho elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña. Como veían que no se caían fueron a llamar a otro elefante… ¡Hombre tú por aquí! ¡Únete a la fiesta, así sumaremos el doble de elefantes!- comentó Rheland exultante.
He decir, por lo poco que conozco a ese humano, que lo peor que le puede ocurrir es que se aburra hasta cierto punto, en el cual entra en un estado de enajenación mental que raya en las locuras varias. Ni que decir que se había aburrido muchísimo.
El elfo, que en absoluto pensaba en unirse en el cantar, se sentó frente a él y le sometió de nuevo a una de sus miradas escrutadoras.
- Vuelves a por la revancha, ¿eh?- dijo Rheland malinterpretando sus intenciones.
Sacó un trozo de pergamino que comenzó a leer, según Rheland, en voz alta. El trozo de pergamino brilló un instante antes de hacerse cenizas en sus manos.
- ¿Ya lo has roto? Joder qué poco os duran las cosas, primero las sillas y luego el papel…
- Por los cielos, cállate y di algo con seriedad.- replicó el elfo.
Rheland se quedó un momento estático, pero luego sonrió divertido.
- Por un instante creía haberte entendido.
- Así es.
- Ah, bueno, eso lo expli…
El joven se quedó paralizado mirándole.
- ¿Por qué no me hablaste antes en mi idioma, cabrón? -preguntó malhumorado y sorprendido.
- Porque antes no había tenido tiempo de desarrollar este hechizo que me permite comunicarme contigo. Tú crees que hablo en tu idioma pero sigo hablando en el mío, solo que el concepto de mis palabras llega a ti y tu mente lo traduce y el proceso a la inversa funciona conmigo.- explicó.
- Ah…- dijo asintiendo.
- Lo has comprendido, bien.
- No, no, ni palabra, pero me da igual. Lo que tú digas, te creo.- se explicó el joven.- Cosa de magia, ¿no?
- Sí.
- Ah… vale. Mejor.- dijo el joven asintiendo.
Más de una vez me sorprendieron con su capacidad para asimilar ciertas noticias como que la magia existía, algo que no disponían en su mundo, como si se tratase de algo normal, como que el sol calienta.
- Bien, he de suponer que estás familiarizado con la magia.
- Oh, no, pero mi amigo sí que sabe. Se conoce casi todos los hechizos de todas las ramas e incluso ha elaborado algunos propios. Una vez el muy burro destruyó una ciudad entera con un hechizo.- añadió Rheland.
Los momentos siguientes son difíciles de describir, ya que Rheland había omitido sin darse cuenta que aquella anécdota estaba envuelta en el ámbito de un juego ficticio, un dato que el elfo hubiera agradecido pues su cara pasó de la simple preocupación al terror indescriptible en un instante.
Sus ojos resplandecieron con un color rojizo de ansiedad antes de salir corriendo por la puerta como un vendaval con Rheland siguiéndole inexplicablemente, atado aún a la silla, la cual flotaba unos centímetros por encima del suelo.


Cratylus, que se entretenía haciendo una pajarita con el papel no concibió, ni siquiera algo parecido, que los ruidos que se comenzaron a escuchar en la casa eran por su culpa, bueno, algo parecido a su culpa, pero mucha de Rheland.
La puerta se abrió violentamente haciendo casi saltar por los aires los goznes. Maedith y Cratylus miraron sobresaltados al anciano elfo que se encontraba en el umbral con una cara mezcla de terror y furia mirando en hito en hito a Maedith y a él.
Cratylus siguió su mirada viendo a la joven y luego al anciano, malinterpretando la situación. Claro que su información en ese momento era escasa.
- ¡No hemos hecho nada, lo juro! ¡No la he tocado!- exclamó alzando los brazos poniendo cara de inocente.
Su siguiente expresión pasó a la sorpresa, luego un momento de dolor y después un grito ahogado cuando su cuerpo se elevó del suelo y salió disparado por la ventana atravesándola y cayendo sobre una especie de toldo que amortiguó el golpe contra el suelo.
- ¿Te he dicho que no la he tocado? Pues te lo digo ahora. Ah,  es verdad, que no lo entienden.- comentó mirando al cielo medio enredado en el toldo mientras otros elfos miraban el extraño fenómeno de lluvia de humanos.
El anciano salió de la casa hecho un basilisco y Cratylus le miró desde el suelo sin querer moverse ya que le dolía todo el cuerpo.
- ¿Por qué? A ti no te pegué, podemos ser amigos.- dijo suplicante.
Cratylus reparó en el detalle de ver a su amigo en una silla flotante detrás del anciano siguiéndole.
- Ese golpe me ha debido afectar.- comentó.
- Hola, tío, ¿has visto mi silla? Mola un huevo.- dijo Rheland divertido.- Por cierto, explícame cómo has podido dar ese salto.
- ¡No he sido yo, imbécil!
Maedith salió de la casa y se interpuso en el camino del anciano que parecía dispuesto a abrir a Cratylus en canal. A mordiscos.
- Joder.- dijo el joven magullado incorporándose ante la mirada de varios elfos de alrededor.- ¿Qué? ¿No habíais visto a nadie caer de una ventana? ¡Intentadlo vosotros ahora!- increpó al público que le rodeaba.
El dialogo entre los dos elfos aumentó de volumen mientras cada uno parecía defender un punto de vista determinado.
- ¿De qué estarán hablando?- se preguntó Cratylus con su amigo flotante a su lado.
- Pues él está comentando… algo sobre sangre… tú en una picota… algo de reventar… uh, eso debe doler.
- ¿El qué?
- No quieres saberlo.- dijo Rheland negando con la cabeza.
- Espera… ¿Cómo sabes eso?
- Ah, eso es una larga historia. Bueno, en realidad no, es cosa de magia.- explicó llanamente.
- ¿Magia?
- Sí.
- Ah, eso ya explica lo de la habitación. Y lo de yo volando sin avión.
- Sí, bastante.
Ambos se quedaron mirando a los dos elfos que continuaban discutiendo.
- ¿Sabes que he logrado que la chica me entienda un poco?
- ¿Ah, sí? ¿Cómo?
- Dibujando y señalando. El problema es que sólo entendió que me gustan los espaguetis.- explicó.
- ¿Qué? ¿Qué cojones has hecho para que entienda eso?- preguntó Rheland sorprendido.
- No estoy seguro. Un dibujo se mezcló con otro y ya sabes que no se me da nada bien dibujar.- dijo Cratylus pensativo.- Además, no creo que sepan qué son los espaguetis. Ella ha intentado decirme que intentará preparar algo parecido cuando tengamos que comer.
- Ah, vale. Ya estaba harto de frutos secos de mierda.- comentó aprobando la idea.
La discusión se detuvo un instante y el anciano se dirigió hacia Rheland con paso decidido.
- Creo que me tienes que explicar unas cuantas cosas.- le dijo.
- Ya… con todo esto he perdido el hilo de la conversación.- respondió Rheland con inocencia.
El anciano sólo tuvo que hacer un gesto para que la recordara.


- A ver… lo que dije… no era exactamente real. Era un juego, algo ficticio. Saliste corriendo antes de que pudiese explicarlo. Ahora, por favor, ¡¿podrías bajarme del techo?!- dijo el joven estirado en toda su amplitud en el techo del salón.
Cratylus, sentado en uno de los mullidos sillones, con Maedith a su lado, entre él y el anciano que aún continuaba mirándole con suspicacia, bebía a sorbos un té servido en unos finos vasos de porcelana. Ni qué decir tiene que no comprendía la mitad de la conversación pero las respuestas de Rheland le daban una idea bastante aproximada.
- Entonces me engañaste.
- No… teóricamente conocemos todo eso, pero no tiene aplicación práctica.- se explicó.
Maedith golpeó la rodilla del anciano que exclamó sorprendido para ver como ella señalaba a Cratylus con gesto serio.
El elfo suspiró cansado y sacó un trozo de pergamino de su túnica que comenzó a leer para que luego desapareciera del mismo modo que el anterior.
- Te pido disculpas por haberte tirado por la ventana.- dijo una vez finalizado.
Cratylus enarcó las cejas extrañado durante un breve instante antes de responder:
- Bueno, tranquilo, comprendo que la situación era un tanto violenta. Yo a solas con tu nieta en un cuarto cerrado.- dijo el joven sonriente.
- Hija, si no te importa, y en ese pequeño detalle no había pensado todavía.- dijo mirándole a través de dos rendijas que eran sus ojos.
- Bueno, ¿cuándo bajas a mi amigo?- preguntó cambiando bruscamente de tema.
- No te preocupes, se está cómodo una vez te acostumbras.- dijo algo ofendido porque se hubiesen olvidado de él.
El elfo hizo un gesto y Rheland cayó a plomo en el suelo en toda su envergadura.
- Eso ha tenido que doler.- comentó Cratylus sin hacerle mucho caso ya que por su culpa había tenido que caer de más altura.
- Bien. Permitid que me presente, me llamo Handeriel, ésta es mi hija Maedith, y ésta es mi casa en la ciudad de Ala-sagar. Ahora me gustaría saber quiénes sois y qué hacéis aquí.- dijo ya más calmado.
- ¿Puedo explicarlo yo?- pidió Rheland ya sentándose en un sillón manoseándose la mandíbula.
- ¿Quieres que te lancen por la ventana? Mejor lo explico yo.- replicó Cratylus.
El joven no tardó mucho en explicar su situación, porque la verdad, no había mucho que contar, pero las cosas que implicaban eran difíciles de creer.
- ¿Así que me estáis dando a entender que venís de otro mundo, que no sabéis cómo habéis llegado, que aparecisteis en mitad del bosque y os acercasteis a la ciudad por pura casualidad?- preguntó el elfo al cabo de unos minutos.
- Es un buen resumen, sí.- dijo Rheland.
- Otros mundos… me suena de algo…
Los jóvenes se le quedaron mirando hasta que el elfo se levantó de sopetón con la mano en la cabeza.
- ¡Adabendir!- exclamó.
- Tu padre.- replicó Rheland automáticamente.
- No, mi primo.- rectificó Handeriel.- Estaba investigando asuntos relacionados con viajes mágicos a largas distancias, muy largas y me comentó una teoría sobre otros mundos.- explicó.- Salió hace unos días, más o menos sobre la fecha en la que habéis llegado, para realizar sus experimentos adentrado en el bosque para no molestar en la ciudad.
Mi primo no sabía que me daba igual molestar, sólo quería que ellos no me molestasen, pero bueno, se lo perdono. Siempre intentó ver mi mejor lado.
Se silenció durante unos largos segundos cuando de pronto soltó una exclamación ahogada.
- Creo… que por culpa de mi primo habéis acabado aquí, y que él ha acabado allí.- dijo suspirando.
- Ah, así que no está aquí para que podamos partirle la cara.- comentó Cratylus a Rheland.
-Estas familias de magos…- dijo éste a su vez negando con la cabeza.- ¿Por qué siempre tiene que haber uno que meta las narices en las dimensiones que no debe, toqueteando el tiempo y el espacio?
-Si es que es verdad, nunca falla.
Handeriel les miraba a ambos hablar con expresión dudosa, sin saber qué conocimientos poseían. Algunas veces parecían saber de lo que hablaban. Ambos se volvieron a mirarle.
- Bueno, ¿y qué hacemos?- preguntó Cratylus al elfo.- ¿Nos puedes mandar de vuelta? ¿Tú u otro primo loco?
El anciano se frotó las manos nerviosamente.
- Veréis… me temo que eso va a resultar bastante…difícil.- dijo algo avergonzado.- Solamente mi primo investigaba esas cosas, y para colmo, él jamás tomaba notas ni apuntaba nada, todo lo hacía de cabeza.
- ¿Qué insinúas con eso?- preguntó Rheland temiéndose lo peor.
- Pues… que os va a resultar imposible regresar a vuestro mundo, me temo. A menos que mi primo pueda regresar.
- ¿Y cuándo es eso?- inquirió Cratylus con tono cortante.
- Es imposible de saber.- contestó.- Si es que es capaz de regresar, puede ser en un par de días, algunas semanas, años tal vez…
-…- ambos muchachos se quedaron sin palabras, sintiendo cómo sus esperanzas, que ya estaban menguadas desde el inicio del problema, eran arrojadas al cráter de un volcán para luego ser enterradas y devoradas por los gusanos.
Maedith les miró apenada comprendiendo su situación y sin decirles, pues no quería hundirles más aún, que conociendo a su querido tío, sabía que lo más probable es que jamás regresase.
No comprendo muy bien el concepto de cabeza loca que tiene mi familia de mí; lo único que ocurre es que no me gusta quedarme mucho tiempo en el mismo sitio, ni que todo siga igual. Además, este nuevo mundo, parecía interesante.
Mirando el elfo a los dos amigos hundidos en las más profundas simas de la desesperación, y sintiendo algo de culpabilidad y compasión, tomó una decisión.
- Vamos a hacer una cosa, podéis quedaros en esta casa todo lo que necesitéis.- propuso.- Tal vez mi primo regrese un día de estos, y me sentiría culpable si os quedaseis desamparados por el mundo sin conocer siquiera el idioma, después de que todo haya sido culpa de Adabendir. ¿Qué os parece?
Sin muchos ánimos, los dos muchachos respondieron al unísono:
- Lo que tú digas…


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