Capítulo III
- ¿Pero no comprendes que no es mi mundo?- dijo Ángel por lo bajo.
Ángel había conseguido sosegarse después de ver varios satélites adornando el cielo. La impresión había sido devastadora para él, pero Linaila le había conseguido tranquilizar.
Habían comenzado a hablar de ello hacía sólo unos minutos mientras que Francis dormía plácidamente apoyado en una roca.
- Sí, lo sé. Pero pensaba que vosotros también lo sabíais.- dijo ella dubitativa.
- Yo no lo sabía.- sentenció Ángel enfadado.
En realidad lo había sospechado desde que encontraron la saeta, pero se había negado a creerlo argumentando que era imposible.
- Ni se te ocurra tomarla conmigo.- dijo Linaila levantando un dedo acusador.- Y te aviso de antemano que no tengo idea de cómo podéis regresar a vuestro hogar.
Ángel cerró los ojos intentando tranquilizar los nervios y respiró hondo.
- Supongo que por lo que me has contado, aquí la gente va con espadas y esas cosas, ¿verdad?- Linaila asintió.- ¿Y no tenéis ni electricidad, ni agua corriente ni nada parecido?
Linaila no pudo más que negar con la cabeza porque ni siquiera había oído hablar de esas cosas.
A Ángel se le venía el mundo encima. Se moría por un plato con comida caliente, una ducha y cualquier otra cosa que no podía conseguir en ese momento.
Linaila no dijo nada hasta que Ángel no hubo asimilado todo aquello, y eso no ocurrió hasta después de varios minutos en silencio. Le contó que aquel mundo se llamaba Nema y que se encontraban en el continente de Inta, más específicamente en el territorio del reino de Inmarion.
Ángel había pasado a un estado de resignación, lo cual le ayudaba mucho ante las adversidades.
- ¿De qué querías hablar?- preguntó queriendo cambiar de tema.
- Sólo quería contaros algo antes de llegar a mi... hogar.- dijo Linaila algo incómoda.
- De acuerdo. Dilo.- dijo Ángel evitando mirar hacia arriba. Le turbaba el ver varias lunas en el cielo.
- Bueno, ¿por dónde empiezo?- dijo para sí.- Mi padre tiene un alto cargo en la ciudad a la que vamos.- Linaila parecía no decidirse.- Bueno, y como él tiene ese cargo, yo tengo otro, más bien es un título.- rectificó.
Ángel esperó pacientemente a que Linaila se armara de valor para soltar lo que le estaba comiendo por dentro.
- Bueno, pues en resumen, yo...soy... una princesa.- dijo sonrojada.
Ángel no se inmutó.
Linaila se sintió un poco decepcionada ante su pasividad.
- ¿Me has escuchado?- preguntó algo molesta.
- Sí.- dijo Ángel apoyando la cara en una mano.- No sé qué pasa por eso, a menos que quieras que te haga reverencias o algo así. Cosa que no pienso hacer, te aviso.
Linaila no salía de su asombro. A Ángel parecía darle exactamente igual su título, cosa que la alegró y molestó a la vez porque merecía algo de respeto.
Nadie le había hablado de aquel modo. Mucho menos si sabían que era hija del rey. Pero a Ángel no le había impresionado e incluso había agregado que no pensaba mostrar respeto por ello.
-¿Estabas preocupada porque nos enteráramos de eso?- preguntó Ángel.
- Sí... es que... no sé qué decir.
- No era tan grave. Por eso te perseguían aquellos cabrones, ¿no?
- No exactamente... Pretendían que no le entregara un mensaje a mi padre y además castigarle por oponer resistencia.
-¿Qué mensaje era ése?
- Fui como representante de mi reino para pedir ayuda a un reino vecino. Y yo traía las respuestas del rey.
- ¿Qué te dijo?
- Que no podían ayudarnos.- dijo Linaila hundida.- Que ellos también estaban sufriendo ataques y no podían prescindir de nada.
- Hablas como si fuera una guerra.- comentó Ángel inquieto.
- Es una guerra.- dijo Linaila sombría.- Una guerra que nos amenaza seriamente.
Ángel palideció; aquello superaba a lo que él pensaba.
Para él la situación acaba de complicarse aún más. Ya no sólo era que estuvieran en un mundo extraño, sino que encima había una guerra.
Linaila le contó cómo Shasta, un rey cuyo reino quedaba en la otra punta del continente Inta, había enloquecido declarando la guerra al mundo entero. Éste había hecho tratos con orcos y otras criaturas prometiéndoles botines y terrenos.
La última gran guerra había sido hacía más de quinientos años. La guerra de los gigantes la llamaron, pues estos habían sido los generadores del conflicto inicial. Querían expandir su imperio y a ellos se unieron aliados que tenían a su vez enemigos. Aquello acabó en una guerra mundial en toda regla. Después de esa hecatombe para cada pueblo o raza, había habido una paz fructífera para todos a excepción de unas razas que habían sido marginadas, como la de los orcos, que fueron masacrados hasta que huyeron a la isla de Escalcea donde han logrado sobrevivir a pesar de los continuos ataques que han sufrido.
Esa paz había sido provechosa para todos incluso para el reino de Shasta, pero éste, sin motivo aparente, dio a conocer sus ansias de conquistas y también había demostrado que haría cuanto fuera para conseguir su objetivo.
- No me imaginaba que las cosas pudieran estar tan mal.- dijo Ángel deprimido.
- Pues lo están. Y peor que se pondrán cuando el ejército de Shasta llegue a nuestra frontera.
Ángel tuvo deseos de salir corriendo como si tuviera al ejército detrás de él. Quería alejarse de allí cuanto le permitieran sus piernas.
Linaila se bajó de la roca dispuesta a intentar conciliar el sueño. Se sentó de nuevo junto a la roca y cerró los ojos intentando no pensar en su padre.
Ángel en cambio estaba totalmente desvelado. La visión de aquellas lunas y las noticias sobre la guerra le habían asustado demasiado para que ahora pudiera descansar con normalidad.
Las horas fueron pasando a ritmo de caracol hasta que el amanecer apareció por el horizonte.
Ángel despertó a todos con unas ojeras dignas de participar en un concurso.
- Vaya cara que tienes.- comentó Francis mientras se desentumecía.
Ninguno habló demasiado mientras retomaban el camino, Francis estaba extrañado por el silencio de Ángel y Linaila estaba perdida en sus cavilaciones.
Mientras el sol ascendía, ellos salieron del bosque por fin para encontrarse con unas interminables praderas de hierba verde.
- A partir de aquí son veinte kilómetros hasta llegar a mi hogar.- dijo Linaila.
Francis cayó de culo en el suelo cansado de caminar y hambriento como nunca había estado.
- Necesito comer algo.- dijo lastimoso.
- Cállate y sigue caminando.- le espetó Ángel.
Estaba de bastante mal humor. La noche había sido una pesadilla y el hambre tampoco es que mejorara su humor.
- Mejor descansamos ahora, aún quedan varias horas para caminar así que descansaremos donde podamos resguardarnos.- dijo Linaila en tono autoritario.
Ángel estuvo a punto de replicarle pero él también estaba cansado, así que se tragó lo que fuera a decir y obedeció.
Se sentaron en el límite del bosque mirando a las amplias praderas que estaban totalmente descubiertas a excepción de algunos bosquecillos salpicados por doquier.
El día se estaba cubriendo de un manto gris oscuro y en el horizonte se comenzaron a oír las primeras señales de la tormenta.
- Será mejor que nos pongamos enseguida en marcha si queremos avanzar algo hoy.- dijo Ángel levantándose.
- Espera un poco.- dijo Francis cansado.- Aún estoy muerto.
- Tú puedes quedarte a esperar la tormenta. Yo voy a intentar llegar a un sitió más seguro.
Acto seguido sin mediar palabra comenzó a caminar siguiendo el camino bajo la estupefacta mirada de Linaila.
- ¿Por qué está así?- preguntó extrañada.
- ¿Eso? No es nada. Simplemente hace lo que le viene en gana sin meter a nadie en el asunto.- dijo Francis sin darle importancia.- Cree que es mejor avanzar y no pide la aprobación del resto. Deja que ellos hagan lo que quieran, que él hará lo que le apetezca.
- La verdad, no lo comprendo.
- No sé cómo explicarlo. Bueno quizás se podría decir que es muy independiente y que depender del resto para lo que sea no le gusta. Creo que piensa que se basta él solito para todo.- dijo levantándose y quitándose piedrecillas de los pies.
Comenzaron a caminar detrás de él aunque estaba ya a una buena distancia.
- No te preocupes por ello.- dijo Francis sonriente.- Es muy buena persona.
- Eso ya lo sé, o ya lo suponía por que fue él que me rescato sin saber siquiera que ocurría.
- Tampoco le eches muchas flores por eso. Seguramente pensaba que podrías salir airoso de aquello.- dijo haciendo un ademán quitándole importancia.- Aunque a mí me parece que no ha salido airoso en absoluto.
Intentaron mantener el ritmo de Ángel pero este daba zancadas que no tardaban en sacarles ventaja a ellos dos.
El cielo se oscurecía mientras avanzaban y sin previo aviso descargó toda su fuerza sobre ellos como si ése fuera su objetivo.
Los tres se resguardaron en una pequeña arboleda calados hasta los huesos. Francis no había tardado en comenzar a estornudar y a tiritar.
El viento empezó a soplar con fuerza hasta convertirse en todo un vendaval que lograba llevarse varias ramas de los árboles.
Francis se cubría tras un gran roble intentando evitar el viento helado. Ángel se quitó su sudadera y se la dio para intentar mitigar el frío.
La pequeña arboleda les daba bastante cobertura contra la tormenta que aumentaba de fuerza a cada segundo.
Los rayos y truenos se sucedían sin control y la lluvia caía como agujas heladas sobre sus cabezas.
- Me estoy congelando.- dijo Francis tosiendo.
- Como sigas así vas a coger una hipotermia.- dijo Ángel preocupado.- ¿Sabrías hacer un fuego?- le preguntó a Linaila.
- La madera está demasiado mojada para que prenda. No puedo hacer nada.- dijo tirando una rama empapada a un lado.
Pasaron cinco minutos antes de que Francis comenzara a toser violentamente.
- Está ardiendo.- dijo Linaila palpándole la frente.
- Mierda.- dijo Ángel enfadado.- Si sólo tuviéramos un fuego…
Como si el cielo hubiera oído su petición, un rayo impactó en una rama que cayó envuelta en llamas en medio del claro.
Ángel se encontraba a menos de un metro de donde había caído y su cara pálida como la de un muerto miró al fuego que se extendía sobre la rama.
- Buen truco.- dijo Francis tosiendo.- Creo que estoy delirando.
No lo decía por la rama, sino porque creía haber visto aparecer el rayo en algún punto entre los árboles y no del cielo como tenía que ser.
Linaila, que estaba igual de sorprendida que Ángel, reaccionó y empezó a echar las ramas más secas que había por allí para avivar el fuego.
- ¿Cómo lo has hecho?- preguntó cuando el fuego cogió más fuerza.
- Yo no he hecho nada.- dijo Ángel alarmado.- Ha tenido que ser una casualidad.
Se había dado un susto de muerte y no quería estar debajo cuando otra rama cayera sobre ellos.
Avivaron el fuego cuanto pudieron hasta que el pequeño claro se lleno con una atmósfera opresiva. Las ramas, muy tupidas, proporcionaban un techo bastante efectivo contra la lluvia. El problema era el viento que se llevaba el calor en cuanto decidía entrar en la arboleda.
- Tranquilos.- dijo Francis viendo los denodados esfuerzos por parte de Linaila y Ángel de mantener el fuego.- Ya estoy mucho mejor.
Ambos se sentaron junto al fuego agotados por tanto ajetreo y vieron cómo el cielo se aclaraba y dejaba ver el sol por algunos huecos entre las nubes.
- Parece que esto se acaba.- dijo Ángel aliviado.
La lluvia fue parando poco a poco y el viento se volvió una suave brisa que mecía las ramas lentamente.
Linaila apartó un momento a Ángel del claro vigilando la duermevela de Francis.
- Pararemos esta noche aquí. No está en condiciones de continuar con esa fiebre.- dijo con un tono que no dejaba lugar a la réplica.
Ángel no dijo nada al respecto. Se sentó junto al fuego y lo mantuvo vivo durante toda la tarde.
Linaila buscaba en los alrededores algo que utilizar como manta hasta que se decantó por unas ramas de un árbol cuyas hojas eran anchas y gruesas. Cogió un par de ramas y las colocó sobre Francis intentando que mantuviera el calor.
Francis sudaba a mares y parecía estar delirando. Hablaba en sueños y se removía cada dos segundos.
Comenzó a anochecer cuando quisieron darse cuenta de qué hora era.
- Está muy mal.- comentó Linaila.
- Se pondrá bien.- dijo Ángel con seguridad.
- ¿Por qué?- preguntó ella.
- Porque sabe que si se le ocurre morirse le doy una paliza.- dijo intentando sonreír.
Linaila sonrió ante aquello pero pronto se le pasó el humor.
- Esta vez haré yo la guardia.- dijo Linaila.- Y tú intenta dormir. Con esas ojeras pareces tan enfermo como él.- comentó sonriente.
Ángel se tumbó en el suelo húmedo y se durmió antes de que Linaila siquiera se hubiera levantado.
- Maldita sea.- dijo una voz en las sombras.- Ese chico podría tener más aguante. Menos mal que dentro de nada no tendré que preocuparme más por él.
Se adentró en el claro donde el fuego aún alumbraba débilmente su alrededor. La chica no había podido aguantar toda la noche y se había quedado dormida recostada contra un árbol y Ángel no se dio cuenta de que alguien caminaba junto a él acercándose a Francis. El hombre le acercó el borde de un pequeño frasco a los labios y Francis bebió su contenido sin darse cuenta entre delirios de la fiebre.
- Madre mía. Sólo acabo de empezar con todo esto y ya estoy cansado.- dijo desanimado.
Se levantó presuroso y salió del claro tan rápido como había entrado.
- ¡Eh! Dormilones.- dijo una voz alegre cerca de Ángel.
Ángel se despertó aturdido y miró con los ojos entrecerrados a un alegre Francis que literalmente estaba dando saltos de alegría.
Ángel, después de sonreír con una sonrisa cansada, volvió a acomodarse en el suelo y continuó durmiendo.
- Serás... levanta de una vez, vago.- dijo dándole golpecitos en la espalda.
Linaila se despertó sobresaltada y miró sorprendida cómo Francis intentaba mover del suelo a Ángel. Estaba totalmente recuperado, algo imposible según sus conocimientos.
- Métete el dedo por donde te quepa, pesado.- dijo Ángel molesto.
- Levántate, estoy deseando conseguir algo de ropa.- dijo Francis sonriente.
- ¿Por qué? A lo mejor lo pones de moda. Como los romanos o algo así.
- Deja de bromear y vámonos.- dijo tirándole del brazo.
- Oh Dios, está bien.- dijo levantándose del suelo.
Se sacudió el polvo y la tierra de la ropa mientras que Linaila miraba al horizonte fuera de la arboleda.
- Creo que sólo estamos a unas tres horas o poco más de la ciudad.- comentó.- Creo que podemos llegar sin problemas antes del medio día. En marcha.- ordenó.
- Tiene carácter.- le dijo Francis por lo bajo a Ángel mientras comenzaban a andar tras ella.- Creo que me estoy enamorando.- dijo sonriente.
- Tú te enamoras de cualquier cosa que sea medio guapa.- dijo Ángel cansado.
- Reconocerás que es muy guapa, no medio guapa.
- Yo sólo te digo que sería mejor que pensaras en eso cuando pudieras taparte del todo.- dijo Ángel señalando hacia abajo.
Francis se ató con fuerza la bata cubriéndose cuanto podía mientras sus mofletes se ponían rojos como tomates.
Recorrieron el camino sin notar más el cansancio por el hambre que tenían. Linaila al parecer lo soportaba mejor, pero Ángel y Francis se morían por cualquier cosa comestible.
Sus estómagos parecían tener una conversación con tanto sonido que emitían.
Al poco rato dejaron de estar concentrados en sus estómagos cuando vieron en el horizonte una ciudad.
- Odio tener que esperar.- dijo acomodándose en una rama.
Sólo le quedaba dormir durante un par de días hasta que la fiesta comenzara. Una ardilla se paró frente a él comiendo una pequeña nuez.
- ¿Y tú qué miras?
Le pareció ver que la ardilla se encogía de hombros. Su actual estado le estaba afectando más de lo que creía.
- La verdad, no me está gustando ocupar tu lugar. ¿Sabes?
- ¿Eso de ahí es un castillo?- preguntó Francis sorprendido.- Además está junto al mar.
A medida que se acercaban a la ciudad captaban más detalles sobre ésta. En medio de la ciudad había un muro interior que protegía un gran castillo de altas y múltiples torres. Fuera de este muro se edificaba la ciudad que se había construido a su alrededor. Y protegiendo ésta se erguía otro gran muro que delimitaba la ciudad. Había un foso lleno de agua rodeando toda la muralla. Esa agua provenía de un río que alimentaba los campos y había sido desviado para que cruzara cerca de la ciudad y la abasteciera.
Las casas eran de madera y de piedra de calidad y las calles estaban pavimentadas en su totalidad.
La ciudad había prosperado mucho en los últimos veinte años gracias al puerto que construyeron para empezar la creación de una flota en sus astilleros.
Medía dos kilómetros de diámetro sin contar con los muelles, que estaban bajo ella en sus cuevas subterráneas en los acantilados.
- Es más grande de lo que esperaba.- dijo Ángel, que más bien se esperaba un pueblucho perdido de la mano de Dios.
Nada más lejos de la verdad. La ciudad rebosaba de vida y de ajetreo e incluso estando lejos como lo estaban podían oír las voces de la gente llevadas por la brisa.
- Viene alguien.- dijo Francis señalando el portón alzándose.
De la muralla exterior salieron un grupo de caballeros enfundados en sus armaduras plateadas a todo correr.
- ¡Cogedles!- gritó el más adelantado.
- Creo que no les hemos caído bien.- dijo Ángel corriendo en dirección contraria.
Francis siguió su ejemplo.
- ¡No! ¡Alto!- ordenó Linaila pero la ignoraron.
Los caballos pasaron veloces a su lado y se acercaron a los dos jóvenes.
Francis sintió un dolor punzante detrás de la cabeza cuando uno de los caballeros le propinó una patada que lo dejó en el suelo inconsciente.
Ángel giró derrapando en el suelo arenoso y corrió hacia su amigo.
Esquivó la maza que llevaba el caballero que iba a por él y siguió corriendo tan agachado como podía para evitar cualquier contacto con los caballeros.
Cogió a Francis por los hombros y antes de que pudiera dar un paso estaba rodeado por los seis caballeros.
Les miró con toda la rabia que podía sentir y no se movió sabiendo que cualquier cosa era inútil.
Uno que estaba detrás de él le golpeó con la empuñadura de la espada y Ángel perdió el conocimiento hundiéndose en la negrura.
- Uf.- dijo una voz a lo lejos con una mueca de dolor.- Eso ha tenido que doler.
Linaila se acercó a los caballeros enfadada hasta más no poder y después de una pequeña discusión con el capitán recogieron los maltrechos cuerpos de Ángel y Francis y los subieron a los caballos.
- Creo que me he pasado al decirles que los captores de la princesa se acercaban al castillo. Qué se le va hacer.- dijo encogiéndose de hombros.- Ahora, a remojarse el gaznate.- comentó alegre.
A Ángel le dolía la cabeza cuando despertó en la celda. Cuando intentó incorporarse del catre una oleada de dolor le volvió a tumbar. La habitación daba vueltas hasta que poco a poco fue parando la sensación de mareo y pudo pensar con claridad.
- Malditos caballeros.- murmuró incorporándose con la mano en la nuca.
Miró en derredor extrañado y aturdido y se quedó sentado mientras su cabeza no paraba de decirle que se quedara tumbado, pero era demasiado cabezota para dejarse vencer por un mareo.
La celda sólo tenía una pequeña ventana en forma de media luna en lo alto de la pared del fondo. Las paredes eran de dura piedra gris oscuro llenas de moho y suciedad. Por la ventana no entraba luz alguna, pero sí se oían pasos y bullicio. La puerta era de sólida madera con un pequeño agujero enrejado por donde miraban los guardias.
A Ángel le molestó el penetrante olor a orín que despedía el cuarto, pero tuvo que aguantarse las ganas de vomitar, pues no tenía nada con que hacerlo.
Se acercó a la puerta con paso tambaleante y de pronto ésta se abrió de par en par pasando a un centímetro de la nariz de Ángel.
Un caballero tras ella sujetaba el pomo serio como un cadáver.
Ángel se palpó la nariz, extrañado. Aún estaba ahí.
El caballero le miró de arriba abajo y se guardó lo que fuera a decir. Un segundo después se hacía a un lado pidiéndole a Ángel que le acompañara.
Ángel aún no había despegado su mano de la nuca acariciándola intentando mitigar el malestar.
Otro caballero se les unió con una antorcha y ambos escoltaron o vigilaron a Ángel mientras ascendían por unas amplias escaleras de caracol. Las paredes estaban vacías dejando ver los bloques de piedra de color claro.
Ángel se preguntaba qué le pasaría ahora, la cabeza ya le dolía bastante para que encima le dieran otro golpe.
Le condujeron por los amplios pasillos decorados con alfombras azul oscuro repletos de cuadros y de unas extrañas antorchas.
Ángel no tardó en perder el sentido de la orientación, pues todos los pasillos se parecían y le resultaba imposible saber dónde había girado o cuántas veces lo habían hecho.
Los pasillos eran oscuros sólo iluminados por una luz pálida que emanaba de las antorchas cuyo combustible Ángel no lograba identificar.
Cuando estuvo perdido del todo los guardias se pararon junto a una puerta de madera.
- Pasa adentro.- ordenó uno de los soldados.
Ángel giró el picaporte y se introdujo en el cuarto. La puerta se cerró a su espalda con un sonoro golpe.
- Por fin has llegado.- dijo un hombre sentado sobre un sillón.
El cuarto era espacioso con una gran alfombra de color azul con los bordes dorados, una pequeña ventana en la otra punta del cuarto cerrada y con las cortinas echadas impedía que entrara cualquier sonido del exterior, así que el cuarto permanecía en silencio. Había varios cuadros y tapices gigantescos que cubrían las paredes, en dos de ellos aparecían dragones y batallas. Pero lo que más atrajo la atención de Ángel era lo que iluminaba y caldeaba el cuarto. En el centro había un pequeño atril de piedra y sobre él, flotando, una esfera que despedía llamas plateadas como si se estuviera consumiendo. Sobre ella había un tubo de piedra que servía de respiradero. La esfera era plateada y con la superficie como si fuera metal fundido y vuelto a solidificar sin molde alguno.
- Veo que eres igual que tu amigo.- comentó el hombre levantándose y acercándose a la luz.
- ¿Mi amigo?- repitió Ángel sin dejar de mirar a la fascinante bola llameante.
- Siento que mis guardias hubieran actuado de aquella manera, pero estaban también muy preocupados por mi hija. Lo siento de veras.
Ángel lo comprendió de golpe. Su hija, Linaila, por lo tanto él era el rey. Miró al hombre sobresaltado, casi asustado. Nunca antes había estado frente a un rey.
Namort era alto y de constitución fuerte. Su pelo negro estaba salpicado por algunas hebras grises al igual que su barba recortada. Le sacaba media cabeza a Ángel que ya de por sí era bastante alto y era mucho más ancho de hombros que él.
Llevaba puesto un traje azul oscuro con una camisa blanca que se dejaba entrever en el pecho. A su espalda colgaba una capa negra sujeta por dos broches de plata en sus hombros.
De su cuello colgaba un pequeño medallón en el que se veía una espada tras un libro.
Namort observaba a Ángel con una mezcla de simpatía y curiosidad y éste parecía haberse quedado congelado de la impresión. Sus ojos también eran rojos como los de su hija.
- ¿Acaso eres mudo, chico?- preguntó el rey.
Ángel no sabía qué contestar ni qué hacer, pues no sabía cómo se suponía que debía actuar ante él.
- Yo... no...- intento decir.
- Así que sabes hablar.- dijo satisfecho.
- Sí, suelo poder hacerlo.- dijo dubitativo.
- No estés nervioso. No te voy a hacer nada.- dijo Namort riendo. Le dio una fuerte palmada en la espalda intentando que se relajara.- Tampoco es que me tengas que contar mucho. Mi hija ya me ha hablado de vosotros dos. Tú eres Ángel, ¿no?
- Sí, pero ¿qué le ha contado su hija?- preguntó desconcertado.
- Poca cosa en realidad.- dijo el rey encogiéndose de hombros.- Me dijo que fuisteis los que la ayudasteis a escapar de sus captores y que la habéis acompañado hasta aquí. ¿De dónde venís? Tu ropa resulta extraña, sin ofender.- agregó.
- ¿Cómo explicarlo?- dijo para sí.- No sé de dónde vengo ni dónde estoy.- dijo sin mucha convicción aunque en parte era verdad.
- Vaya, no sabes dónde vives.
- Oh, sí sé donde vivo.- dijo Ángel intentando explicarse.- El problema es que no sé cómo de estar allí, he parado aquí.
Namort le miró extrañado y luego sonrió con simpatía.
- No sé bien qué intentas decirme, pero si está en mi mano ayudaros lo haré en gratitud a la ayuda que nos habéis prestado.- dijo poniendo sus manos en los hombros de Ángel.
- Gracias, señor.- dijo Ángel nervioso.
- No me llames señor, hombre. Me llamo Namort. Y deja de una vez las formalidades.- dijo haciendo un ademán con la mano.
- De... de acuerdo.- dijo Ángel extrañado.
- Veo que continúas nervioso.- dijo comprensivo.- Te llevaré con mi hija, ella podrá darte cuanto necesites. Y por cierto, puedes permanecer en el castillo cuanto quieras hasta que encuentres el modo de volver a tu hogar, a menos que tengas un plan mejor.
Ángel no supo qué decir. Estaba boquiabierto ante la actitud del rey y de cómo se comportaba con él.
El rey le condujo por los intrincados pasillos sin quitar la mano de su hombro. Después de unos minutos caminando el rey se paró delante de una puerta.
El rey y Ángel entraron en el cuarto y vieron cómo Francis se daba un atracón con todo lo que sus manos lograban alcanzar. Por fin se había librado de la bata y lucía unas botas negras con unos pantalones verdes y una chaqueta a juego. Frente a él, en la mesa repleta de comida, estaba Linaila mirando por la ventana distraída. Llevaba unos pantalones marrón claro con una camisa de manga larga de color crema.
El cuarto parecía un salón de descaso de un hotel con varios sillones repartidos por el lugar sobre una alfombra mullida. Las paredes tenían algunos cuadros no muy grandes y un solo tapiz a la derecha de la ventana. En todos lados se podía ver el color azul oscuro y el dorado que al parecer eran los colores del escudo de armas de la familia real.
En tres sitios repartidos de la estancia estaban los extraños atriles donde flotaban las esferas llameantes iluminado y caldeando el lugar.
- Te traigo un pretendiente.- dijo Namort sonriente.
Linaila le miró sorprendida con los ojos como platos al igual que Francis, que paró de comer durante casi un segundo entero.
Ángel se había quedado sin palabras.
- Es una broma.- dijo riendo.- Ay chiquilla, como si no conocieras a tu padre.- dijo saliendo por la puerta cerrándola tras él.
Pasaron unos segundos en los que lo único que se oyó fue a Francis tragar todo cuanto se metía en la boca.
- ¿Quieres sentarte?- preguntó Linaila aturdida ofreciéndole una silla a Ángel.
Ángel se sentó en silencio y miró la comida con avidez.
- Puedes comer cuanto quieras.- dijo Linaila sonriente.- Debes estar hambriento.
Ángel no tuvo tiempo ni de pestañear pues su mano ya se movía por encima de la mesa dispuesta a cazar algo sabroso, aunque para él cualquier cosa en ese momento era un manjar.
Los dos jóvenes comieron hasta hartarse y quedarse totalmente satisfechos. La mesa había estado a rebosar de comida y ahora sólo quedaban migajas. Linaila aún estaba sorprendida por cuánto comían aquellos chicos.
- Espero que os haya gustado.- dijo Linaila mirando por la ventana.
- ¿Qué ocurre?- preguntó Ángel echado en la silla, empachado como estaba.
- Nada, nada.- dijo arrancada de sus ensoñaciones.- Sólo pensaba.
Miraba la ciudad con tristeza, con nostalgia, intentando grabarla en su mente para recordar lo bella que era.
Ángel observaba sus gestos y cómo sus ojos se cerraban intentando reprimir el dolor que sufría. Francis aun seguía con un chuletón.
- ¿Piensas en Shasta y en su guerra?- preguntó Ángel con seriedad.
Francis dejó de comer, aquello era nuevo para él.
- ¿Tan transparente soy?- preguntó Linaila intentando sonreír.
- No, pero en pocas cosas puedes pensar cuando una guerra se acerca a ti.
- ¡¿Una guerra?!- repitió Francis asustado.- ¡¿Cómo que una guerra?!
- Luego te lo cuento.- dijo Ángel sin apartar la mirada de Linaila.
Linaila apartó la mirada con los ojos húmedos y miró por la ventana intentando ver más allá de la ciudad, hacia el oscuro horizonte.
- ¿Os apetecería que os enseñara la ciudad?- preguntó esquivando el tema.
Ángel sonrió comprensivo y asintió.
- ¿Qué es eso de una guerra?- preguntó Francis nervioso.
- Luego.- fue la escueta respuesta de Ángel.
Estaban frente a la puerta que daba a la ciudad y tras ellos el castillo de Namort. Ángel lo miraba sobrecogido. Al pie de su base el castillo parecía gigantesco, tan alto como un rascacielos según los cómputos de Ángel.
Linaila estaba perdida en sus pensamientos y había rehuido la mirada de Ángel sabiendo que él pensaba lo mismo que ella.
Los soldados abrieron la puerta y la luz penetró en el patio del castillo.
Ángel se quedó sin habla al ver las calles de la ciudad iluminadas por carteles luminosos, con grandes tubos de piedra transparente que irradiaban luz adosados a las paredes y la luz de las tiendas, tabernas y posadas. Linaila encabezaba la marcha seguida por Francis, que no estaba menos sorprendido que Ángel viendo toda la luz y el ajetreo de aquella ciudad.
- ¿Pero cómo funciona esto?- le preguntó Francis a Ángel.
Éste negó con la cabeza con la boca abierta. Estaba tan confundido como él. El chico pensaba que en esa ciudad ni siquiera se había descubierto la pólvora, pero no era que supieran eso sino mucho más.
La ciudad funcionaba con una red energética basada en el Batre, según les contó Linaila mientras pasaban a través de las calles. El batre era el nombre común que se le daba a la piedra de plata, nombre que se le había dado por su parecido a la plata autentica en los primeros estratos encontrados. Esas piedras se utilizaban como fuente de energía para cualquier mecanismo que se necesitara.
- ¿Y por qué lo llamáis Batre?- preguntó Francis sentado en una mesa de una taberna.
Los tres esperaban las bebidas dentro de ésta mientras que la gente saludaba amigablemente a Linaila.
- No sé por qué, pero… ¿Y por qué no?- preguntó ella a su vez.
Francis no supo qué contestar.
Linaila les continuó contando que la ciudad había prosperado mucho ya que el batre era muy rico en esa zona y que ellos lo extraían para su venta y para su propio consumo. Los barcos que estaban construyendo eran impulsados por el batre y eran tan rápidos como uno normal, solo que no dependían del tiempo para avanzar.
- Somos los únicos que construimos estos barcos.- dijo Linaila orgullosa.- A Sonamón, el consejero de mi padre, fue al que se le ocurrió el sistema de propulsión que llevan. Con este nuevo sistema podríamos tener la mejor flota de navíos del mundo, nos convertiríamos en la flota comerciante y de guerra más preparada y por lo tanto la más eficaz y valiosa.
Linaila sonreía orgullosa del trabajo de su pueblo. La expectativa de convertirse en uno de los reinos más poderosos del continente de Inta era sobrecogedora y excitante para ella.
En un principio el reino tenía pocas exportaciones ya que eran ganaderos y agricultores en su mayoría, pero al descubrir que aquellos acantilados eran muy ricos en batre se convirtieron en mineros y ahora, con los astilleros, en una flota mercante. Exportaban la piedra de plata llenando sus arcas de dinero y los pueblos del reino de Inmarion producían todos los alimentos que la comarca necesitaba.
- ¿Pero a nadie más se le ha ocurrido ese tipo de propulsión?- preguntó Ángel.
- El problema no era que nadie se le ocurriera. Hay modelos parecidos por lo que sé, pero lo que ocurría era que no se encontraban piedras de batre tan grandes como eran necesarias. Otro problema del batre es que se vuelve más inestable cuanto más grande es y Sonamón descubrió el modo de contener la roca sin que ésta sufriera daños que pudieran ocasionar una posible explosión.
Había distintos tipos de batre, como les explicó Linaila, y algunos se repelen entre ellos, como el batre negro, de modo que el sistema coge la energía de la piedra de plata encargada de eso mientras que el batre negro colocado alrededor de la roca lo mantiene estable presionándolo en todas direcciones.
- Es todo muy complicado.- dijo Francis rascándose la cabeza.
Ángel estaba muy sorprendido ante todo lo que acababa de descubrir. La posada estaba a medio llenar así que todo el mundo estaba sentado alrededor de las mesas mientras que el tabernero y la camarera, su hija, repartían las bebidas y las comidas entre los clientes.
Ángel y Francis no pidieron nada de comer ya que estaban empachados desde hacía un rato. Tomaron unos vasos de cerámica llenos de un líquido anaranjado que no sabía a nada que hubieran degustado antes.
- Pruébalo.- le pidió Linaila a Ángel.
Ángel miró con desconfianza el vaso y sin tampoco planteárselo mucho lo agarró y le dio un largo trago. Se percató enseguida de que había sido un error, no sólo porque Linaila había intentado detenerle, sino porque en su boca parecía haber estallado una bomba. La lengua le ardía y se había quedado sin voz.
- Hay que tomarlo a sorbos.- dijo Linaila intentando reprimir la risa.
Francis le dio palmadas en la espalda para que se le pasara el susto.
La gente de alrededor les miraba divertidos pero no dijeron nada. Respetaban demasiado a su princesa para ofender a sus amigos.
- Este pequeño vaso lleva suficiente especia de Sandhire para dejarte en el suelo si no lo tomas con cuidado.- dijo Linaila moviendo el vaso entre sus dedos.
- Eso se avisa.- dijo Ángel con afonía.
- Lo he intentado, pero pensé que lo probarías antes de tragarte todo el vaso.- se defendió.
Ángel se palmeaba el pecho en busca de aire. Le había dejado sin resuello.
- Bueno. ¿Queréis ir a otro sitio?- preguntó Linaila alegre. Estaba consiguiendo quitarse los problemas de la cabeza.
- Tú mandas.- dijo Francis dejándolo a su elección.
Salieron de la taberna y Linaila les condujo por las calles anchas de aquella ciudad. Las calles tenían muchos carteles luminosos que especificaban el oficio del lugar. Todos miraban con respeto e incluso con alegría a Linaila y no pocas personas la pararon para demostrar su alegría al saber que se encontraba bien. La ciudad parecía no estar bajo el temor de una guerra abierta por la aparente normalidad con la que actuaban sus ciudadanos.
Linaila les llevó a una armería en la calle principal de la ciudad. Aquella calle conectaba en línea recta la puerta de la ciudad con la puerta del castillo.
Descendieron unos escalones y entraron en una amplia estancia sin ventanas y con las paredes repletas de todo tipo de armas y armaduras. Por el techo atravesaban dos tubos por los que discurría la brillante energía del batre iluminando el lugar con blanca luz.
- ¿Pero qué es esto?- preguntó Francis mirando en derredor sorprendido.
- Esto, como tú lo llamas, es mi armería.- dijo un hombre tras un mostrador de madera al final de la tienda.
Era un hombre alto y delgado. Tan alto que debía agacharse para pasar por algunas zonas de su tienda. Llevaba una camisa blanca sudada con pantalones oscuros. Su cara tenía manchas de hollín y bajo ellas una sonrisa amarillenta ocultada por una barba blanca. Su cabeza estaba totalmente descubierta y llena de arrugas. El hombre tenía los ojos azul oscuro vivaces e inteligentes que no pararon de evaluar a sus visitantes.
- Buenas noches, Din.- saludó Linaila sonriente.
- Mi pequeña niña.- dijo abrazándola.- ¿Cómo se te ocurre darme un susto así?- le reprendió.
- Lo siento.
- Tenías que haberme avisado de que te ibas a ir. Te hubiera dado mi mejor espada. E incluso te hubiera acompañado.
- Creo que tus días de batallar ya han pasado.- dijo Linaila tirándole de la barba.
El hombre rió con ganas y se fue cojeando detrás del mostrador.
- ¿Que te trae a mi humilde establecimiento?- preguntó sonriente.
- Quería que me aconsejaras un regalo para mis amigos. Son mis salvadores.- especificó.
Din les miró de arriba abajo y quedó un poco decepcionado, pues no le parecían nada fuera de lo común.
- No sé. Parece que no hubieran cogido una espada en la vida.- criticó.
Ángel aparto la mirada, porque cualquiera al verle hubiera sabido que eso era muy cierto.
- Deja que elijan.- dijo Din encogiéndose de hombros.- Por cierto, ayer tu hermana pasó por aquí. Quería unas nuevas hombreras, las suyas parecía que las hubiera pisado un gigante.
- Mi hermana...- repitió Linaila perdiendo la sonrisa.
Ángel se fijó en su actitud pero no dijo nada. Linaila continuó hablando en el mostrador con Din mientras que Francis agarraba una maza de la pared.
Aquello era increíble para ambos. Las espadas estaban colgadas de las paredes, plateadas y afiladas, no como en las tiendas que habían visto que estaban romas y tenían muchas de sus piezas hechas de plástico. Aquello era de verdad, espadas forjadas con empuñadura envuelta en tiras de cuero y de distintos tamaños y formas.
Ángel cogió una espada casi con reverencia y la miro embobado.
- Buena elección.- dijo Din sonriente.
A Ángel no le parecía nada fuera de lo común en esa tienda donde todas las espadas se parecían.
Francis sujetó entre sus manos una almádena tan grande como él mismo. Sin poder soportar el peso ésta cayó ruidosamente en el suelo.
Din hundió el rostro entre las manos aguantándose la reprimenda que le fuera a echar al chico. Linaila se sonrojó ante el espectáculo.
Ángel fue a ayudar a Francis que sujetaba la almádena a duras penas y le ayudo a dejarla contra la pared.
- Podrías tener un poco de cuidado alguna vez.- le reprendió Ángel en un susurro.
- Lo siento, se me resbaló.- se excusó.
Linaila intercambió unas cuantas palabras más con Din y esperó pacientemente a que Ángel y Francis decidieran qué querían.
Ángel cogió la espada que en un principio le había gustado y Francis cogió una daga con la empuñadura envuelta en tela roja.
- ¿Cuánto te debo?- preguntó Linaila.
- Oh por favor. Me estás ofendiendo.- dijo el hombre sonriente.- Lo que sea para mi chiquilla.
- Gracias.
Ángel y Francis se despidieron levantando la mano y salieron tras Linaila.
Ángel admiraba la espada dentro de su vaina. Resultaba más ligera de lo que hubiera supuesto.
- Muchas gracias por el regalo.- dijo Ángel sonriente.
- No es nada. El viejo Din siempre me está regalando cosas.- dijo quitándole importancia.
- Parecía tu abuelo.- agregó Francis.
- Quizás sea la persona que más se acerca a él. Desde pequeña se encariñó de mí cuando mi padre nos trajo a su armería una vez.
Les contó cómo ella con sólo cinco años había levantado una maza y luego había caído hacia atrás no pudiendo soportar el peso. Din se rió a carcajadas al igual que su padre. Su hermana era dos años mayor que ella pero demostraba mucha más sensatez al no tocar nada.
Al paso del tiempo Linaila siempre quería ir a ver a Din para que le contara historias y para verle forjar sus armas. Din acabó cogiendo cariño a la niña aunque al principio se resistió a mostrarle afecto, pero ahora era parte de la familia.
- No sé, pero desde que recuerdo, siempre ha estado ahí.- comentó alegre.
Dieron una vuelta mientras Ángel intentaba ajustarse el cinturón para que la espada no le molestara al andar.
Le golpeaba en la pierna cada dos por tres y le estaba molestando.
- Póntelo en la espalda.- le dijo Linaila.
Ángel le miro intrigado. Nunca había visto que las espadas se pusieran en la espalda. Se desabrocho el cinturón de la vaina y se lo puso alrededor del cuerpo por encima del hombro. La espada quedo en diagonal respecto a su espalda y ya no se movía, además, Ángel estaba mucho más acostumbrado a llevar los pesos en la espalda que en la cadera.
Continuaron durante un rato más caminando por la ciudad bajo las luces, las voces y los ruidos de la ciudad. Sin rumbo fijo, sólo caminaban aprovechando el poco tiempo que les quedaba.
Una bola de fuego derribó el muro mientras que Soce corría tanto como sus piernas podían. Su unidad había sido masacrada y sólo él había logrado sobrevivir.
El pueblo estaba en llamas y la gente corría o se escondía. Los cadáveres calcinados se quedaban en el camino mientras que otros gritaban de dolor pues aún seguían vivos. Un hombre a quien una bala de cañón le había arrancado la pierna yacía en el suelo desangrado dejando un charco de sangre en la tierra. Como él, muchos otros por la calle mientras Soce corría. No entendía lo que había pasado. Todo había sido normal hasta hacía una hora cuando había divisado un barco en la penumbra de la noche. El barco nada más ser visto, sin provocación o aviso alguno, había empezado a disparar contra el pequeño poblado portuario situado al sur del continente. De repente, bajo la confusión del momento, habían aparecido más barcos tras el primero y todos disparaban contra el poblado. El poblado no estaba preparado para sobrevivir a algo así y todas las casas desaparecerían hasta sus cimientos.
Soce corrió intentando no mirar los cadáveres y aguantando las nauseas. Corría con el mensaje ensangrentado de su capitán en la mano hacia los establos que ardían por los cuatro costados y en cuanto llegó abrió las puertas y una humareda salió del interior dejándole los ojos llorosos. Tosiendo soltó a los animales y agarró a un caballo en el camino. El caballo era del mensajero y siempre estaba ensillado, así que Soce se subió y empezó a galopar con la muerte a sus espaldas.
Le esperaban varios días de cabalgata y sólo podía pensar en su capitán con la boca sangrante rogándole que corriera a avisar a Inmarion. Aquella noche la recordaría toda su vida.
Las pesadillas no le dejarían olvidarlo.