No se puede razonar con idiotas
La jornada fue muy dura para aquellos dos humanos, ya que Rheland no podía seguir la marcha de sus tres compañeros por el peso que trasportaba mientras que Cratylus permanecía taciturno y sin ganas de conversar, lo que provocaba aún más malestar a su amigo. Nerena y Maedith, bastante animadas, comentaban las distintas ciudades que podían visitar en sus viajes; en poco menos de dos horas tenían tantos objetivos en mente que hubieran tardado un año entero sólo yendo de un sitio a otro sin parar.
Los soles dejaron caer todo su calor sobre ellos sin que ninguna brisa de aire aligerara el bochorno que les rodeaba.
- Venga, Rheland, no te pares.- dijo Cratylus con desgana.
- Ya va, ya va.- dijo el interpelado jadeando.
Grandes gotas de sudor caían por su frente y sus axilas parecían haber derribado el dique de un río, pues su camisa estaba empapada.
- Qué calor…- comentó pasándose la mano por la frente.
- Lo sé. Pero ya está atardeciendo. Una hora a lo sumo y pararemos.- le animó su amigo.
- ¿Estas chicas no se cansan?- preguntó el humano viendo cómo las dos elfas seguían caminando aumentando la distancia entre ellos.
- Supongo que están más acostumbradas que nosotros a caminar.- explicó su amigo.- Venga. Sigamos y así llegaremos antes para descansar.
- Quiero morirme.- susurró el joven con la cabeza gacha y arrastrando los pies.
Cratylus le dio un par de palmadas en el hombro y echó a andar siguiendo el ritmo de las jóvenes que no parecían percatarse de los problemas del humano para mantener el ritmo de la jornada.
- Tenemos que hacernos con un par de caballos.- dijo Rheland pensativo junto a su compañero.
- Sí… Espera, ¿sabemos si existen aquí?- preguntó Cratylus.
- Oh, bueno… Creo que sí, leí algo al respecto pero no estoy muy seguro de la traducción. Pero de lo que estoy seguro es que tienen animales para ir montados. Si son o no caballos, no lo sé. Pero tenemos que conseguirnos un par de esos “indefinidos” en cuanto podamos.- comentó gesticulando las comillas con las manos.
- ¿Cuánto podrán costar?
- No tengo la menor idea. Lo averiguaremos cuando lleguemos al primer poblado. ¿Qué distancia había?
- Primero hemos de salir del bosque por este camino. Luego según el mapa y lo que he podido entender, un par de días de camino. En kilómetros no se expresártelo. Calcula unos cien o así desde el bosque.
- ¡¿Cien kilómetros con esto a mi espalda?! Mátame ya.- replicó con la moral hundiéndose en un abismo.
- ¡Chicos, ya hemos llegado!- gritó Maedith a lo lejos.
-¡Aleluya!- exclamó Rheland sonriendo por primera vez ese día.- Ya era hora, por Dios.
Con unas energías salidas de las profundidades de su cansancio apretó el ritmo dando largas zancadas adelantando a su amigo, que se le quedó mirando anonadado no comprendiendo cómo de no poder andar, había pasado a correr como un gamo.
-Montaremos el campamento aquí.- dijo Nerena cuando llegaron al claro que se situaba a escasos metros del camino.
Los dos chavales cayeron sentados al suelo y se deshicieron de sus mochilas revelando dos sudorosas espaldas empapadas.
- A ver... necesitamos madera para el fuego, y ver cuánta comida tenemos para poder racionarla con sensatez. Vosotros dos podéis mirar en los alrededores a ver si hay animales cerca o algún cubil de algo de lo que queramos alejarnos.
- ¿No decías que conocías este claro?- preguntó Maedith, extrañada.
- Sí, pero la última vez qué estuve aquí fue hace una década.- explicó la elfa.- Quién sabe lo que se ha podido instalar aquí en ese tiempo.
- No puedo moverme...- dijo Rheland con voz lastimosa.
- Ya voy yo, tú echa un sueñecito.- dijo Cratylus levantándose.
- Tampoco te alejes mucho. Sólo los alrededores.- avisó Nerena.
- No pretendía alejarme.-dijo Cratylus, suspirando, ajustando la espada a la cadera.
Abandonó el claro mirando por entre los árboles buscando signos de que algún animal rondara por allí, ya fueran huellas o un agujero en el suelo que revelara su escondite, pero el bosque parecía intacto en lo que respectaba a los alrededores inmediatos del claro.
- Todo limpio.- dijo Cratylus volviendo con el resto.- No parece que haya animales cerca, creo que podemos cenar tranquilos.
Su explicación cayó en saco roto ya que Rheland estaba roncando sonoramente en el suelo apoyado sobre su mochila mientras que Nerena y Maedith estaban intentando encender el fuego sin mucho éxito.
- ¿Por qué diablos esto no enciende?- preguntó Nerena exasperada.
Cratylus se sentó junto Rheland mirando con pasividad cómo Nerena intentaba encender el perdenal usando la yesca de manera brusca con tremendos golpes.
- Eh...- intentó decir.
- No te preocupes, que en un momento estará.- le cortó Nerena sin darle tiempo a decir nada.
El joven miró al cielo un instante viendo cómo la luz iba desapareciendo poco a poco, miró de nuevo el afanoso trabajo de las jóvenes y comenzó a rebuscar en su mochila algo de comer.
Agarró un pastelito y lo engulló en dos bocados calmando el hambre que sentía.
- Maedith.- llamó.
- Dime.- respondió la joven, solícita.
- ¿Cómo montamos las guardias?- le preguntó.
- Oh... no estoy muy segura de saber a qué te refieres.- replicó.
- No podemos dormir a pierna suelta quedándonos sin vigilancia. Tendremos que turnarnos para vigilar mientras el resto duerme.
- Supongo que tienes razón.
- Vosotras dos quedaos con los dos primeros turnos y nosotros nos encargamos de los dos últimos.- sugirió tragando otro pastelito.- Voy a dormir, que me hace falta.
- ¿Vas a dormir con la ropa puesta?- preguntó Nerena, impactada.
- Hombre, pues claro. ¿Acaso quieres que me desnude ante vosotras? Además, si tenemos que levantarnos en mitad de la noche por lo que sea, mejor no perder el tiempo en vestirse. Vosotras haced lo que os plazca. Como si queréis dormir desnudas en el suelo. Tampoco habría mucha diferencia.
- ¿Qué insinúas?- inquirió Nerena, molesta.
- Insinúo que vuestra ropa me encanta. La imaginación no tiene por qué intervenir al miraros.- dijo Cratylus con una sonrisa de oreja a oreja.- Si estuviera en vuestro lugar, mañana aparecería con una ropa más adecuada para el camino, o quienes se nos crucen querrán lanzarse sobre vosotras.
El joven desenrolló una manta y la extendió por el suelo mientras las dos elfas se miraban la una a la otra con las palabras del humano girando en su cabeza. Maedith comenzó a ponerse colorada hasta conseguir un tono muy llamativo mientras que Nerana le dio la espalda a Cratylus como si eso consiguiera evitar su vergüenza.
- Yo os he avisado. Personalmente no me desagrada vuestra ropa. - finalizó Cratylus tumbándose boca-abajo en la manta.
Dispuso la espada junto a su cabeza al alcance de la mano con tan sólo estirar un poco el brazo e intentó relajarse para conciliar el sueño lo antes posible. Le sorprendió la facilidad con la que consiguió empezar a dormirse, achacándolo muy merecidamente al cansancio acumulado de aquel día.
Las dos elfas se quedaron en silencio interrumpido por las respiraciones de los dos humanos que habían sucumbido en unos minutos al sueño.
- ¿Qué... hacemos?- preguntó Maedith cuyo color no variaba.
- ¿Qué otra cosa podemos hacer?- replicó Nerena, enfadada.- No me apetece que me estén desnudando con la mirada a todas horas.
Maedith rebuscó en su petate algo de ropa más cotidiana mientras Nerena comenzaba a quitarse la que llevaba encima. Se detuvo cuando iba a retirar la parte superior y lanzó una mirada a Cratylus, que permanecía quieto sobre su manta.
- ¡Ista leron!- le gritó huyendo tras un árbol.
Maedith estaba pasmada ante su actitud, cuando vio cómo Cratylus se sentaba sobre la manta rascándose la cabeza pensativamente.
- ¿Cómo me ha descubierto?- dijo, intrigado.
De lo qué no se había dado cuenta el humano es que había dejado de respirar cuando Nerena se había empezado a quitar la ropa y él observaba desde una rendija de los ojos.
En mi opinión, fue un error de novato, aunque tampoco debo criticarle mucho, pues tengo mucha más experiencia que él. Todos cometemos errores al principio... Me estoy desviando de nuevo. ¿Por dónde iba? Ah, sí.
La noche fue bastante dura para los cuatro jóvenes aventureros. El fuego no se encendió, por lo que Nerena y Maedith tuvieron que hacer sus guardias a oscuras, lo cual provocó que las dos se hicieran mutua compañía en ambas guardias y durmieran un tercio menos de lo que deberían haber hecho. El primero de los humanos en ser llamado para la guardia fue Cratylus, que tuvo que ingeniárselas para encender el fuego a oscuras. Eso le llevó la mitad de su turno. Rheland se despertó en las últimas horas de la noche gracias a la luz de la hoguera que alimentaba Cratylus con pequeñas ramitas. Aquejado por un hambre voraz comenzó a comer compulsivamente todos los dulces y bollos que traían en sus mochilas. Pasada una hora después de la comilona, y cuando Cratylus ya se había ido a dormir, el joven Rheland comprendió que comer tantos dulces a deshora y en tal cantidad, el estómago humano no lo aguanta.
El amanecer le sorprendió con una llamada a la naturaleza que le mantuvo en cuclillas durante más de una hora. Durante los últimos veinte minutos de la dolorosa agonía de Rheland, unos gritos apenas identificables como humanos comenzaron a resonar entre los árboles, sobresaltando a los durmientes, que despertaron alertados.
-¡¿Qué es eso?!- preguntó Nerena asustada.-¡Dijiste que no había nada en los alrededores!- señaló incriminatoriamente a Cratylus.
-Eh, que yo miré todo.- se defendió el acusado.- A lo mejor algo ha venido mientras dormíamos.- echó mano a la espada.- Por cierto, ¿dónde está Rheland?
Los tres miraron nerviosos a su alrededor sin encontrar a su compañero, temiéndose lo peor. Los gritos cesaron un instante en el que todo el bosque se quedó expectante para volver a sonar con mayor brutalidad, como gruñidos de un animal salvaje y violento.
-¡Rheland!- se atrevió a gritar Cratylus, en busca de su compañero.
No obtuvo respuesta, pero ninguno se atrevía a moverse de su situación. Finalmente los ruidos cesaron completamente, y tras unos instantes de tensa espera con los nervios a flor de piel, un Rheland visiblemente agotado, ojeroso y pálido emergió de entre los árboles, despeinado y tambaleándose al caminar, cubierto por abundante sudor.
-Vaya... nochecita...- farfulló para sí mismo sin aliento.
-¿Qué ha ocurrido?- inquirió Maedith aún alarmada.
-Eh...
El joven se sorprendió de ver a sus amigos tan sobresaltados, y su mente se puso a trabajar rápidamente para dar con una disculpa plausible.
-¡Un oso! Un oso enorme.- los ojos de las elfas de abrieron de par en par, y los de Cratylus con escepticismo.
-¿Y ese olor?- dijo Cratylus frunciendo el gesto.
-Pues... tuve que matarlo. Era muy violento.
-¿No empezaría a pudrirse pasado un buen tiempo?- preguntó Nerena.
Rheland entrecerró los ojos molesto, mirándola dolido.
-¡No me he pasado toda la maldita noche luchando contra un jodido oso para que ahora me estéis haciendo un interrogatorio completo!- hizo una pausa dramática para que sus palabras tuviesen más peso.- No quieras saber lo que le he hecho al oso.- finalizó, con sus ojos siendo apenas dos rendijas.
Desde detrás de las dos chicas, Cratylus hizo un gesto como de una cremallera pasando a lo largo de sus labios. Evidentemente él no se había creído el engaño, ya que muy a su pesar, tras pasar tantos años con su amigo, ya había llegado a reconocer ese olor. Posiblemente se debiese a las bebidas gaseosas que tanto abundan en este mundo, y a las cariñosas dedicatorias que se hacían entre ellos.
Solucionada ya la crisis, aún quedaban un par de horas de descanso, así que aprovecharon para dormir un poco más mientras el mataosos seguía con su guardia.
Mis dos congéneres amanecieron con ropas más acordes al camino, tal y como les había aconsejado Cratylus, llevando unos pantalones de tela fina ajustada y unas camisas holgadas para que el calor no se acumulase.
- ¿Qué ha pasado con vuestra ropa?- preguntó Rheland dándose cuenta del cambio.
Nerena le echó una mirada furibunda a Cratylus que estaba ocupado metiendo las cosas en su mochila mientras que Maedith se daba la vuelta poniéndose colorada una vez más.
- Vale... no digáis nada.- dijo el joven, ajeno a todo lo que había pasado el día anterior.
- Pongámonos en marcha.- dijo Nerena dando por zanjado el tema.
Transcurridas unas cuantas horas, con los soles ya en su cénit, aún seguían caminando en el interior del bosque. Esta vez sin embargo, eran las dos elfas las que estaban rezagadas respecto a los dos jóvenes humanos. Pese a la agitada noche, los chicos estaban prácticamente recuperados por completo, con la vitalidad propia de los especímenes como ellos, mientras que sus dos acompañantes, pese a poseer una resistencia algo mayor a la de los otros y haber comenzado el viaje llenas de energía, sus viajes nunca habían sido más largos que los que se pudiesen hacer en un día, y además, nunca durmiendo a la intemperie. Francamente, mi sobrina y su amiga estaban hechas unas señoritas de ciudad.
Durante la caminata los dos jóvenes seguían platicando sobre el camino y la falta de gente en el mismo. Las elfas les explicaron que la ciudad de Ala-sagar no era muy visitada y prácticamente habían permanecido aislados durante una centuria sin apenas noticias del exterior. Ambos humanos eran incapaces de asimilar una desconexión tan total con el mundo exterior mientras que para mis congéneres era algo bastante habitual.
Para mí sería algo también muy normal, hasta que he empezado a descubrir los placeres de esto que llamáis Internet. Lo que no me explico es vuestro interés compulsivo en ver a humanas desnudas. Cada uno con sus gustos...
Rheland seguía buscando la forma de librarse de su taparrabos... Maldita sea, que eso no es ahora. Menudo trauma tengo. A ver... El bosque iba llegando a su fin y la marcha de las dos elfas se fue reduciendo drásticamente hasta quedarse paradas por completo en el linde septentrional del bosque.
Cratylus y Rheland estiraron los brazos a los lados sintiéndose menos agobiados viendo un espacio abierto de varios kilómetros de llanuras con la hierba alta y pocos arboles desperdigados por doquier. Rheland salió corriendo en amplios círculos por el simple hecho de poder hacerlo sin tropezar con ningún tronco ni arbusto, soltando una risilla nerviosa de vez en cuando.
Cratylus sonrió divertido al ver su reacción y él cogió aire profundamente sintiéndose más libre. Se volvió sonriente hacia las elfas, que permanecían estáticas en el límite del bosque.
- ¿Qué os pasa?- preguntó, extrañado.
- Nada, nada.- replicó Nerena nerviosa.
Maedith y amiga estaban tremendamente angustiadas, pues era la primera vez en toda su larga vida que iban a abandonar la protección del bosque sintiéndose desnudas ante el mundo exterior que de pronto parecía inmenso y salvaje.
- Estoy a un paso de alejarme más de lo que nunca he estado de mi hogar.- dijo Medith, temblorosa.
- No sabemos lo que nos podremos encontrar más allá de nuestra tierra. Recuerda las palabras de Adabendir; “Hay muchas cosas por allá”.
Me alegra ver que lo recordaban.
- Venga, vamos, tenemos una misión por cumplir. Hay que llevar el anillo a Mordor y cumplir nuestro destino para con la Tierra Media.- dijo Cratylus sonriente.
- ¿Qué?- replicaron las dos a la vez.
- Nada, nada, cosas mías.- dijo el humano intentando aguantarse la risa.- Además, ni que fuera a tragaros la tierra por salir del bosque.- se burló.
Nerena le miró furibunda y avanzó hacia él para al instante siguiente desaparecer de su vista.
- ¡¿Qué diablos?!- dijo Cratylus.
Miró ante él y de pronto había un foso de dos metros de profundidad con una confusa y mal aterrizada Nerena en su interior.
- ¡Dijiste que no se nos tragaría la tierra! ¡Has mentido!- dijo Maedith histérica.
- Eh, eh, esto de donde yo vengo no es normal.
Doy fe.
- ¡Ups!- se escuchó a lo lejos.- ¡Se me ha caído un dado! ¡No ha pasado nada, ¿verdad?!- gritó Rheland a su espalda.
- Ahí está vuestra explicación.- dijo Cratylus con la mano en la frente.
- No, no y no. No salgo.- dijo Maedith.
Quien sí salió de su agujero particular, fue una Nerena con la furia homicida llenando todos los rasgos de su cara. Comenzó a avanzar furibunda hacia el causante de su humillante accidente con aviesas intenciones, pero se detuvo de nuevo al darse cuenta de que estaba a punto de abandonar el bosque, y optó por la violencia verbal.
-¡Como te agarre haré que no puedas volver a caminar en siete años!
Valiente y arrojadamente, o quizá ignorando el peligro, Rheland se acercó al grupo.
-¿Pero qué os pasa? ¡Vamos!
-Es que les da miedo salir.- explicó su amigo.
-Eso tiene fácil solución.- dijo Rheland sonriendo maliciosa y ampliamente. Alzó la mano lentamente con la palma hacia arriba, y pudieron ver reposando sobre ella un pequeño objeto geométrico de color azul.- ¿Saldrán, o no saldrán? Comprobémoslo.- hablaba al aire, como para nadie en particular.
Al instante siguiente, tres pares de manos sujetaron su brazo manteniéndolo completamente inmovilizado.
-¡Anda! ¡Si habéis salido!- comentó entre carcajadas Rheland.- ¿Véis como no eran tan difícil?
Los ojos de las dos chicas se abrieron de par en par, temerosas y al mismo tiempo dolidas por haber picado en una artimaña como ésa.
He de admitir que fue un método bastante más sutil que el que yo probablemente hubiese usado, pero como magos cualificados, debemos respetarnos en nuestos ámbitos profesionales.
Cuanto más se alejaban del bosque, menos árboles encontraban a su paso y más extensa parecía aquella llanura herbosa. El terror inicial de Maedith y Nerena se había disipado parcialmente, sustituído ahora por una perenne muestra de alerta y nerviosa vigilancia de todos sus alrededores, como si esperasen que cualquier monstruo antropófago y horrendo apareciese de entre la hierba alta. Por su parte, los dos humanos continuaban la marcha casi despreocupadamente, especialmente por el hecho de que podían ver a una considerable distancia.
-¿Cuándo vamos a descansar?- preguntó Nerena agotada.
-Pues... ahora mismo, si queréis.- Cratylus se encogió de hombros.- De todas formas no parece que vayáis a poder seguir...
Como toda respuesta, ellas se sentaron casi desmoronándose a un lado del camino, jadeando para intentar recobrar el aliento. Los jóvenes humanos se acercaron a las dos y se sentaron enfrente. Cratylus sacó del interior de su bolsa un arrugado mapa y lo desplegó delante de todos ellos.
-¿Cuánto nos queda?- preguntó Rheland a su concentrado compañero.
-¿Para qué?
-Para llegar a alguna parte.
-Pues...- echó un vistazo rápido al mapa.- Diría que estamos por aquí, así que... en medio día, o un día, llegaremos a un cruce de caminos, y allí ya veremos qué dirección tomamos.
-Oh, bien.
Sigue aún sorprendiéndome la capacidad que tenían los dos para viajar sin rumbo fijo y decidirse en el último momento de la ruta.
Tras una frugal comida, compuesta por algo de embutido y carne seca, e intentando racionar el agua de sus cantimploras, cada vez más escasa, continuaron su camino, llegando al atardecer finalmente al cruce. Atribuyo la imprecisión al medir las distancias en el mapa de Cratylus a que no sabía el tamaño total de nuestro mundo, y no tenía con qué comparar. También a que los días duran más allí.
-Vale, pues ya hemos llegado, ahora tenemos que ver por dónde...- comenzó a hablar Cratylus, pero fue interrumpido por Nerena, que no se detuvo e hizo intención de continuar por uno de los ramales de la intersección.- ¿Adónde vas?
-Por aquí.- dijo ella simplemente.- Es el camino más rápido hacia Finrod.
-Ah. ¿Y?
-Que es allí adonde vamos.- explicó como si se lo dijese a un niño pequeño.
-¿En qué momento se ha decidido eso?- preguntó Rheland extrañado.- Porque creo que me lo he perdido.
-He decidido que es el mejor camino.- respondió la elfa poniéndose con los brazos en jarras.- Así que iremos por aquí.
Rheland se acercó con pasos laterales despacio a Cratylus, y le susurró al oido.
-Eh...tío. Creo que se piensa que tenemos que obedecerla.
Su amigo le miró con la ceja levantada en acto de escepticismo.
-¿Qué? No creo, te lo estarás imaginando.
-Bueno, podemos comprobarlo fácilmente.
Alzó la mirada y la fijó en la elfa, que les miraba expectante y curiosa.
-Ehm... Nerena, ¿por casualidad no estarás creyéndote que te estamos siguiendo a ti en este viaje?- dijo rascándose detrás de la oreja.- Por dejar las cosas claras, digo.
-Pues claro que sí, soy la que más sabe del mundo exterior de los cuatro, y la que más capacitada está para guiaros.
Los dos humanos se miraron en silencio unos instantes antes de estallar en sonoras carcajadas.
-Pues tenías razón.- comentó Cratylus secándose las lágrimas de los ojos producidas por la risa.
-¡¿Pero por qué os reís?!- preguntó indignada.
Rheland se interpuso entre los dos bandos, con los brazos extendidos mientras Maedith se mantenía al margen con una expresión de “ya se va a liar”.
-Vamos a solucionar esto como personas civilizadas.- hablaba pausadamente, como intentando hacerse entender por personas con dificultades cognitivas.- Nerena, no te estamos siguiendo, ni estamos siguiendo a nadie. A grandes rasgos, vamos por donde nos viene en gana en este viaje, así que nadie decide por su cuenta por dónde vamos.
-¡Pero nosotras queremos visitar esa ciudad!
-Primero tenemos que ver si ese camino nos conviene. Es muy importante.- miró a Cratylus.
-Procede.- dijo éste.
Rheland sacó un dado de su bolsa de color blanco y lo mostró como un prestidigitador, sujetándolo entre sus dedos índice y corazón.
-Esto es un dado de decisiones. No tiene más poderes que unos pocos conjuros de adivinación y predicción que le metí, pero sirve para saber si una decisión es buena o no según su resultado.- explicaba todo aquello como un profesional que sabe que de todas formas su público no va a entender absolutamente nada, pero al menos quiere quedar bien con ellos.- Tiene veinte caras, y según el valor que salga sabremos si es aconsejable o no. Ahora veamos,- alzó las manos y se arremangó con gesto dramático.- ¿nos conviene ese camino?
Dejó caer el dado al suelo, donde rebotó un par de veces y rodó lentamente hasta detenerse, mientras los humanos contenían la respiración y las elfas se preguntaban cómo diablos podían tomar decisiones así y tomarlas en serio.
La cara superior del icosaedro mostraba un uno. Los dos chicos recularon casi como queriendo apartarse del dado, con un temor reverencial.
-¿Vuelve a probar?-sugirió Cratylus.
El segundo intento dio como resultado exactamente el mismo número.
-¡Ni de coña me voy yo por ese camino!- exclamó Rheland.- ¡Ni muerto, quemado, descuartizado y sepultado!
-¿Pero qué...?- comenzó a preguntar enfadada Nerena.
-Espera.- Cratylus la paró extendiendo su mano para ponerla justo delante de la cara de la enfurecida elfa.- ¿Y el otro camino?
Rheland recogió el dado, reformuló la pregunta delante del otro camino y observó con detenimiento cómo el dado rodaba hasta pararse mostrando la cara sobre la cual había un diecisiete.
El chico miró a su compañero humano y asintió con satisfacción, gesto que el otro le devolvió.
-Decidido, nosotros vamos por aquí.- concluyó Rheland ante el estupor de las dos chicas.
-¡Pero ese camino no lleva a Finrod, y nosotras queremos ir allí!- insistió Nerena.
-Bueno, bien por vosotras. Id.
- ¡Pues muy bien! ¡No se puede razonar con idiotas!- exclamó enfadada iniciando la marcha.
- Espera.- dijo Cratylus calmosamente agarrándola del brazo.
- ¡Sueltame!- gritó dando un latigazo con el brazo.
- Ya sé que no nos llevamos bien, pero en serio no te recomiendo ese camino. No me preguntes por qué, pero esas predicciones suelen acertar.- replicó intentando mantener la conversación en un ámbito normal.
- ¡¿Y crees que voy a hacer caso a una piedra estúpida?!
- Es el destino quien ha hablado.- dio Rheland cual profeta.
Nerena le dio la espalda y comenzó a caminar a toda prisa siguiendo el camino que había escogido.
-Maedith. No vayáis por ahí.- dijo Cratylus intentando convercer a mi sobrina.
- Pero... entonces se marcharía sola. Por lo menos le haré compañía.
Cratylus sacó el mapa a toda prisa y lo observó con detenimiento.
- Creo que los caminos se vuelven a encontrar aquí.- dijo señalando un punto en el mapa.- Hay una ciudad llamada...- dijo acercando el mapa a su cara.- ¿Qué diablos pone aquí?- agregó pasándole el mapa a Rheland.
- Tasartir.- informó su amigo.
- Pues bien, nos encontraremos allí. En una semana más o menos. Estaremos en la taberna, ¿de acuerdo? Si llegáis vosotras antes, esperadnos.- dijo a toda prisa.
- De acuerdo.- dijo memorizando las instrucciones.- Tengo que partir, que me está dejando atrás.
- Espera...- dijo Cratylus dubitativo.- Toma.
Se desató la espada del cinto y se la entregó.
- Creo que os hará más falta que a nosotros.
- ¿Tan seguros estáis de la veracidad de ese objeto?- preguntó en un vano esfuerzo de hacerle cambiar de opinión.
- Jamas nos ha fallado.- dijo solemne.
- Está bien. Espero veros en Tasartir de una pieza, y tened cuidado. Tengo que irme.- dijo a modo de despedida saliendo corriendo tras Nerena.
- Pobrecillas...- dijo Rheland.- ¡Buena suerte!
- La van a necesitar.- dijo Cratylus negando con la cabeza.
Así fue cómo por un motivo aparentemente estúpido, se inició la destrucción de mi mundo. Y además, lo que más me sorprende es que las dejaran marchar a su suerte sin ni un sólo miramiento.