Los Relatos

Las obras se actualizarán a discreción de sus respectivos autores, aunque se intentará mantener el plazo de un capítulo cada dos semanas.
Comenzaremos con unas historias que ya poseemos, pero más adelante, aceptaremos solicitudes de participación para publicar obras de nuevos autores.

lunes, 9 de mayo de 2011

WTF - Capítulo 6

Leer antes WTF - Capítulo 5




- Tendremos que decírselo, ¿no crees?- preguntó Rheland preocupado.
- Sí, supongo que sí. Pero va a ser complicado.- replicó su amigo intentando ponerse cómodo.
- Deberíamos aprovechar la fiesta antes de hacerlo.- dijo Rheland apartando el cuello de la cinta de cuero para coger aire.
- Dios, para un maldito día de fiesta, que sólo hay cuatro al año, aún así nos intentan despertar tempranito.
- Menos mal que fuimos previsores.- replicó Rheland sonriente moviendo la mano, que estaba poniéndose pálida por la falta de riego sanguíneo.
- Sí… he dormido a gusto un par de horas pero esto empieza a ser incómodo.
- Bueno, mejor que darse con la boca en el suelo.
- Eso por supuesto.- afirmó su compañero asintiendo como bien podía inmovilizado por tiras de cuero.
Este escena hubiera sido bastante normal en condiciones normales; dos personas, cada una en su cama a ambos lados del cuarto charlando tranquilamente antes de levantarse. El hecho de que las camas estuviesen totalmente verticales sobre el suelo y los dos jóvenes se hubieran amarrado a ellas a base de docenas de correas que envolvían la cama y sus cuerpos ayudaba a crear cierta sensación de desconcierto.
Tengo que recordar que mi primo ayudaba a estas jóvenes promesas a levantarse a las horas adecuadas encantando sus camas para que les expulsasen de su tranquilo reposo a modo de catapulta. Los amigos, no queriendo despertarse de manera tan abrupta uno de los pocos días de fiesta que tiene mi gente, habían optado por curarse en salud atándose a las camas, pues no sabían si el hechizo discernía entre días festivos y laborables, cosa que en absoluto hacía. La cosa había salido bien y habían logrado no despertarse a tan temprana hora, el problema es que el cambio de posición ahora les impedía desatarse, quedando los nudos fuera de su alcance. 
A las dos horas Handeriel fue corriendo a su cuarto, preocupado porque acababa de recordar lo del hechizo en sus camas, quedándose poco menos que atónito al ver cómo Rheland había recurrido a su tonadilla particular y Cratylus parecía intentar perder infructuosamente la consciencia golpeando la cabeza contra un colchón mullido.
- Ochocientos elefantes, se balanceaban sobre la…
Cratylus como un tambor golpeaba la cama acompañando involuntariamente el ritmo de la canción con la boca desencajada y los ojos vueltos hacia el cráneo.
Handeriel fue en su rescate olvidándose por completo de Rheland que seguía cantando ajeno a cuanto le rodeaba, enajenado en su propio sistema de defensa contra el aburrimiento.
Cratylus estaba lejos, muy lejos, corriendo en una llanura donde ochocientos… no, ochocientos un elefantes le perseguían cubiertos de telas de araña mientras una extraña melodía sonaba a su alrededor cual siniestra banda sonora de película de terror.
Unas fuertes sacudidas lograron traerle de vuelta al mundo de los vivos… y cuerdos, ya que había estado muy cerca de perder la cordura entre elefantes y telas.
- Hola señor elefante.- dijo el joven todavía ido dirigiéndose al elfo que le miraba con espanto.
- ¡¿Qué te han hecho?!- exclamó mirando a Rheland.- ¡¿Qué clase de magia es ésta?!
- Sólo una cancioncilla infinita. Jamás termina cuando se inicia.
Handeriel se llevó a Cratylus lejos de Rheland, que retomó la canción, mientras intentaba despertar al joven. Le dio con la palma ligeramente en la cara unos golpecitos temiendo agravar el estado del joven que seguía intentando mirar al interior de su cráneo.
- ¿…Qué…? Elefantes… Un momento.- dijo alzando la cabeza mirando a su alrededor.- Ya está, ¡soy libre!
El joven se incorporó de un salto y abrazó al elfo con alegría.
- ¡Jamás, jamás volveré a quedarme atado cerca de él! ¡Jamás!
- Por favor, desatadme a mí también… ya hay demasiado elefantes.- se quejó Rheland.
- ¡Deja de cantar!- rugió Cratylus.
- No puedo… ellos me obligan.
Cratylus le miró extrañado pensando que el propio Rheland había sido afectado por su propia tortura.
- ¿Le desatamos?- preguntó Handeriel.
- Será lo mejor, o acabaremos viendo elefantes por doquier.



Un par de horas más tarde, y ya recuperados casi totalmente de la excursión matutina a los más recónditos abismos de la psique humana, sentados los cuatro habitantes de la casa en la misma habitación Handeriel les explicaba brevemente en qué consistía la festividad de aquel día, que no era ni más ni menos que el paso de lo que aquí se conoce como primavera a verano. Hay otros nombres por los que llamamos a las estaciones en mi mundo, pero sinceramente, me da igual cómo se llamen.
- …Y por eso salimos a la calle a celebrarlo, y todos los magos vagan por ahí soltando trucos de pirotecnia, luces y colores con sus nombres.- terminó Handeriel.
- Oh, suena casi como un Carnaval.- murmuró sorprendido Cratylus.- Será interesante verlo.
- ¡Ah! Antes de que se me olvide, también a partir de esta Fiesta y hasta la siguiente cambiamos de vestimenta debido al calor para adaptarnos mejor a la temperatura.- añadió el elfo.- Os he dejado vuestras nuevas ropas en la habitación. ¿Por qué no vais y las probáis? Os esperaremos fuera.
Movidos por la curiosidad, los chicos fueron de vuelta a sus aposentos para encontrar sobre sus camas, ya horizontales, unas ropas dobladas cuidadosamente. Se acercaron y las cogieron, examinándolas meticulosamente.
-Pues a mí me parece igual…- dijo Rheland poco sorprendido.
-No, fíjate, son bastante más cortas, creo que nos llegarán a la rodilla más o menos.- comprobó Cratylus.
-Oh, dios, espero que no haya muchas corrientes de aire, no quiero que me detengan por exhibicionista…
Se pusieron aquellos ropajes, notando que eran bastante más finos y ligeros que sus anteriores vestiduras, y una vez lo hubieron hecho salieron a la calle, notando el frescor recorrer hasta el más escondido rincón de su cuerpo. No obstante, en esos momentos ellos no lo notaban, pues su atención había sido llamada poderosamente hacia otros menesteres una vez salieron al exterior y se encontraron con Maedith y su padre, y todos los demás habitantes de la ciudad.
Comprendiendo su reacción, he de decir que pese a ser costumbre en mi mundo las vestiduras de las mujeres de mi pueblo pueden resultar bastante llamativas, no por la calidad o colores de los tejidos, sino más bien, por la dificultad de apreciar éstos debido a la escasez.
Los elfos llevaban ropas parecidas a las suyas mientras que las mujeres llevaban sencillas telas alrededor de los senos y en la cintura faldas ligeras y semitransparentes las cuales no dejaban de atraer la atención de dos muchachos cuyos ojos querían independizarse del hogar que eran sus cabezas para recorrer mundo tras aquellas faldas.
- ¡Qué calor hace!- comentó Rheland con afecto acariciándose el cuello sacudido por escalofríos.
- Sí, es cierto. La estación comienza con fuerza.- replicó Handeriel creyendo entender lo que trataba de decir el joven.
Cratylus no dijo nada al respecto ya que estaba demasiado distraído observando a Maedith y a otras elfas que por allí pasaban. La hija de Handeriel vestía los mismos colores que solía llevar siendo esta vez de un verde claro y la seda se mecía primorosamente sobre sus bien torneadas piernas.
- Una ducha. Necesito urgentemente una ducha fría.- dijo Cratylus respirando profundamente echando mano de todo su autocontrol.
- En vuestro mundo debe hacer menos calor que aquí. No os preocupéis, la fiesta incluye una visita a un lago cercano donde los jóvenes se bañan mientras la cena va preparándose para la noche.- explicó Handeriel.
- Me vendrá bien.- dijo Cratylus apartando la mirada intentando que Maedith con su mirada interrogante no adivinara sus pensamientos.


La ciudad al completo estaba sobresaturada con diversos y vistosos adornos florales. Si anteriormente dije que mi ciudad natal era un espectáculo visual extremadamente llamativo, el resultado de tanto adorno veraniego era poco menos que visible desde muchos kilómetros de lejanía. Afortunadamente, los dos humanos se habían adaptado considerablemente a la dureza visual de Ala-Sagar, legendaria en todo el continente. Todo peregrino que pasaba por ella, necesitaba varios meses para recuperarse de la impresión, especialmente sus retinas.
Ambos fueron conducidos por el gentío a la Plaza Mayor, lugar donde una pequeña multitud estaba congregada y la festividad daba comienzo en casi todas las formas posibles, como por ejemplo eran ingentes cantidades de comida y bebida gratuita para cualquiera que tuviese aún algo que llenar. Además, la algarabía y el disfrute daban pie a múltiples muestras de diversión tales como bailes y malabares, gritos de ebria felicidad e intentos fracasados de flirteo descarado, y de hecho, normalmente los perpetradores acababan sin cara.
Libres de toda vergüenza, pues eran ya dos más de la ciudad, se acercaron a una de las mesas dispuestas para tal ocasión. Aún desconfiados del contenido alimenticio de tales, ya que desplegaba un vasto colorido y una variedad de formas silvestres y animales de dudosa, para los jóvenes, procedencia, observaron con cautela. Así pues, se decantaron por probar las bebidas, que al menos les resultaban más agradables y sin sospechosos grumos a la vista.
- Oye.- llamó Rheland a un elfo cercano a ellos.- ¿De qué están hechas estas bebidas?- preguntó mientras se servía una copa de madera llena del líquido cuestionado.
- Oh, están muy bien, y son muy refrescantes.- respondió con una sonrisa muestra de ser bastante experto en esas bebidas.- Están hechas a partir de varias hierbas y setas hervidas y maceradas.
Nada más pronunciar la palabra “setas”, el puño de Cratylus salió disparado en dirección a la jarra de Rheland, que salió despedida de entre sus manos, volando a una buena distancia. El agredido miró de nuevo su mano donde momentos antes había estado su bebida, pero ahora no.
-¡¿A qué ha venido eso?!- inquirió bastante molesto.
Cratylus le dirigió una mirada cargada de intención y significado.
-Setas.- fue lo único que dijo.
Al principio el joven se quedó con cara extrañada, sin haber comprendido lo que su amigo intentaba decirle. Hasta que cayó en la cuenta.
-Oh.- abrió mucho los ojos.- ¡Oh! Entiendo…
A partir de ese momento, escogieron sus bebidas de una forma más cuidadosa y selectiva, no fuera a ser que ambos repitieran un error que nunca había ocurrido.


Pasaron las horas sumidos en aquel excelente ambiente de jovial festividad, bebiendo en cantidad, y una vez las bebidas hicieron su efecto en ellos, incluso se atrevieron a comer algo de lo que les ofrecían. Maedith fue en su busca preocupada por no haberles visto en bastante tiempo. He de puntualizar que su preocupación no era tanto por los humanos, sino más bien por el resto de habitantes y por la propia ciudad. Les encontró en lo que se conoce como el umbral que separa el mundo exterior de aquel rincón misterioso en cualquier fiesta conocido como “debajo de la mesa”. Sin saber muy bien cómo, se habían agenciado un tonel de considerable tamaño sin tapa, en el que desde su posición mitad sentados, mitad tumbados, rellenaban sus jarras en el mismo, ajenos al resto de la población ocultos como estaban. La elfa pudo apreciar que los chicos se habían empapado del espíritu festivo de aquel momento, como se les notaba en la cara y en los incomprensibles cánticos que éstos entonaban en su idioma original, a pleno pulmón.
-¡Hombre, felicidades! – gritaron ambos a coro nada más verla llegar, levantando el mantel para poder mirarles a la cara.
-¿Felicidades por qué?- preguntó ésta extrañada.
-¡Por estar tan buena!- respondieron a dúo, estallando en carcajadas una vez lo hubieron dicho.
Maedith no comprendió demasiado bien el contenido de la frase, habiéndola pronunciado con un fuerte acento y pobre vocalización.
La joven, sin desanimarse por su estado, tiró de sus pies, que eran la única  parte visible fuera de la mesa y logró sacarles de ahí.
- Acompañadme, que vamos a ir al lago.- dijo la joven.
Los dos chicos ni se plantearon si era buena idea o deberían estar más sobrios para bañarse, simplemente dijeron algo ininteligible y consideraron buena idea refrescarse.
Con pasos tambaleantes siguieron a su guía cuyas faldas se elevaban de vez en cuando y Cratylus y Rheland vigilaban a qué altura lo hacía.
Salieron de la ciudad y a poca distancia, con el camino marcado por adornos en las ramas de los árboles, llegaron a un pequeño lago rodeado por el bosque donde el agua permanecía mansa sólo agitada por los que ya disfrutaban del baño.
- ¡A la piscina!- gritó Cratylus a modo de grito de guerra.
Maedith no tuvo tiempo de detenerles cuando ambos se lanzaron a todo correr sin quitarse la ropa y saltaron haciendo una extraña acrobacia abrazándose las rodillas y así que el impacto del agua salpicara más a su alrededor.
La chica sonrió ante su actuación pero rápidamente pasó a la preocupación cuando comprobó que los chicos no salían a la superficie.
Cuando ya pensaba lanzarse tras ellos vio asomar las dos cabezas, pero sólo la mitad superior con los ojos buscando un objetivo. Maedith advirtió la presencia de Nerena remojándose las piernas en el borde del lago para que el cambio de temperatura no la pillase desprevenida. Las faldas habían sido sustituidas por una pieza única que cubría la cintura.
Su atención volvió a los dos chicos viendo cómo aquellas cabezas acechantes avanzaban sigilosamente sobre la superficie. No comprendió qué ocurría hasta que de pronto los dos muchachos surgieron del agua con un rugido arrancándole un grito de pavor a Nerena para luego agarrarla de los brazos y lanzarla, sin delicadeza alguna, al interior del lago.
Nerena se hundió en las aguas para luego salir con el rostro calcáreo por la temperatura del lago. Los siguientes momentos fueron muy confusos para Maedith ya que ambos humanos se reían a carcajadas de la elfa y ésta en cambio se lanzó sobre ellos como una fiera salvaje hundiendo sus cabezas bajo el agua, sin aparente intención de soltarlos en un futuro próximo.
- Nerena… que se van ahogar…- dijo Maedith intentando imponer paz.
- Lo sé.- replicó la joven con rotundidad.
De pronto la elfa dio un brinco en el agua muy sobresaltada y se hundió cuanto pudo hasta la cabeza.
- ¡Ista leron!- gritó a pleno pulmón.
Maedith se sobresaltó sobremanera y comprendió lo que ocurría cuando Cratylus emergió del agua con la pieza de tela de Nerena en la mano agitándola como si se tratase de un trofeo de guerra.
-¡Victoria!
- ¡Hemos vencido a la malvada bruja del oeste!- dijo Rheland surgiendo del agua.
Nerena, roja tanto de ira como vergüenza, no tenía fuerzas para seguir gritándoles preocupada como estaba en estar lo mayormente sumergida en el agua posible.
- Chicos…- dijo Maedith quitándose la falda descubriendo una pieza parecida a la  de Nerena.- Os habéis pasado.
- Bueno…- dijo Cratylus dándoselo.
- Te arrancaré los ojos.- dijo Nerena quitándole la pieza de tela de la mano.
- Y como no te calles, yo lo poco que te queda encima.- replicó Cratylus con tranquilidad dado que el alcohol le daba un estado próximo a la paz espiritual.
- ¡No serías capaz!
Por toda respuesta el humano flexionó los dedos haciendo sonar los nudillos y comenzó a avanzar hacia ella.
- Vale, vale te creo.- dijo apresuradamente y apartándose de él.
Maedith se introdujo en el lago poniéndose junto a ellos.
- Haya paz, por favor.- dijo viendo que Cratylus y Nerena podían iniciar una pelea en cualquier instante.- Oye, ¿y Rheland?
Un movimiento algo alejado de ellos, seguido de un gritito histérico, atrajo su atención. Instantes más tarde una leve ondulación les hizo volverse para ver surgir a Rheland cerca de ellos con un fardo en la mano que agitaba vigorosamente.
- ¡Tengo siete!- gritó.



Después de un buen rato tras un largo baño en agua fría y una larga carrera perseguidos por varias mujeres furiosas, la sobriedad hizo acto de presencia, largo tiempo olvidada.
Rheland y Cratylus descansaban bajo un árbol viendo el lago y cómo la gente se bañaba animadamente.
- Estoy reventado.- dijo Cratylus resoplando.
- Ya te digo.- confirmó Rheland asintiendo efusivamente.- Se acercan problemas por estribor.
Cratylus miró a su derecha viendo acercarse a Maedith y a Nerena.
- Propongo táctica de decir sí a todo.- propuso Cratylus.
- La secundo.
Nerena, visiblemente enfadada empezó a insultarles largo y tendido recriminándoles sus actos en el lago no sólo con ella sino con también las otras siete afectadas mientras los dos humanos asentían sumisamente a cada una de sus afirmaciones sin decir palabra.
Cuando hubo terminado de gritar, los muchachos continuaron asintiendo durante un par de segundos más hasta que se dieron cuenta de que por fin había terminado de hablar.
Nerena no sabía qué hacer para intentar hacerles ver que lo que habían hecho estaba mal. De hecho, no sabía qué hacer para que la escucharan, a menos que les dejara de nuevo su pieza de baño.
- Sois horribles.- dijo dándose por vencida.- ¡Ojalá os fuerais de la ciudad y no tuviese que veros nunca más!
El silencio se adueño del grupo donde los dos humanos cruzaron la mirada. Cratylus le hizo un gesto con la cabeza a Rheland pero éste negó con un movimiento dando a entender que prefería que lo hiciera él.
- Bueno… ahora que sacas el tema… ¡Enhorabuena, deseo concedido!- dijo el joven sonriendo divertido.
- Dijimos que sería con sutileza.- replicó Rheland, molesto.
- No entiendo.- dijo Nerena con Maedith junto a ella.
- Que nos vamos. Mañana o el siguiente.
- ¿Adónde?- preguntó Maedith extrañada.
- A ver mundo. No tenemos un destino específico.- explicó Rheland.
- Pero… es muy repentino.- dijo Maedith impactada.
Cratylus se levantó sonriendo afablemente.
- Lo sabemos pero como sigamos así nos costaría aún más marcharnos.- dijo calmosamente.- Habéis sido muy amables con dos extranjeros que estaban perdidos y sin posibilidades de sobrevivir. Creemos que es hora de que empecemos a cuidarnos nosotros solos.
Rheland se levantó por su parte, para añadir algo a lo dicho por su compañero.
- Al fin y al cabo nuestro destino era marcharnos, tarde o temprano, a nuestro mundo, de ser posible.- comentó con una media sonrisa apenada.- Pero… no es que regresemos, simplemente saldremos a ver un poco de mundo. Lo necesitamos, y quién sabe, quizá encontremos algo útil para volver a casa. Porque sinceramente… tu tío no vuelve.- finalizó, mirando a Maedith.
Las dos elfas se quedaron mudas, sorprendidas totalmente por aquella inesperada revelación.
- Lo que estamos intentando decir, es gracias.- continuó Cratylus.- No hay palabras para agradecer todo lo que habéis hecho por nosotros. Nos habéis acogido, nos habéis enseñado el idioma, las costumbres, y una infinidad de cosas más que seguramente nos serán de mucha utilidad. Estamos en deuda con vosotros. Y precisamente por eso queremos marcharnos, para hacer algo por nuestra cuenta y no seguir abusando de vuestra hospitalidad.
-¡Pero no es ninguna molestia!- respondió Maedith, negándose a aceptar la decisión de los chicos.
-No insistas más, por favor.- pidió Rheland.- Es una decisión que ya hemos tomado, y nos ha costado bastante. Entiéndelo, es algo que tenemos que hacer.
De pronto, Nerena intervino, sobresaltándoles a todos por la vehemencia con la que lo hizo.
-¡¿Ya está, os vais?! ¡¿Así sin más?!- exclamó incrédula.
-Hombre, no del todo.- dijo Cratylus.- Teníamos pensado despedirnos de algunas personas más. Tu padre, el de Maedith, Reniel, y unos pocos más. Pero sí, no queremos una despedida emotiva ni pública, pocos lo sabrán, y nos iremos antes de que se puedan dar cuenta.
Todos se quedaron en silencio unos momentos antes de que Rheland hablase.
-Y bueno, ahora que lo sabéis, os pediríamos que no se lo contaseis a nadie. Cuanta menos gente lo sepa, mejor.- pidió éste.- Y ahora nos vamos a ir a preparar el equipaje, o lo poco de él que tenemos, y a mirar un par de mapas y libros para emprender el viaje.
Los dos humanos dieron la espalda a las dos chicas, y comenzaron el lento regreso hasta la que había sido su casa durante esos días, pero por poco tiempo más. Maedith y Nerena se quedaron allí plantadas, sin saber qué decir o hacer, mientras veían las espaldas de los jóvenes alejarse lentamente.
Maedith rompió aquel tenso silencio.
-Hay que decírselo a tu padre.- le dijo a Nerena.



- Tampoco es mucho lo que llevamos.- comentó Cratylus viendo su petate ya casi listo.
- ¿No ibas a pasar por la herrería?- le preguntó Rheland metiendo sus pertenencias a presión en el petate.
- Sí, sí, me despediré y le compraré a Banung alguna espada que tenga por ahí con lo que haya ganado.
- ¿Cuánto es?
- Ni idea. Handeriel nos dirá.
Mi primo muy amablemente se había ofrecido a guardarles el dinero, en lugar seguro, de sus trabajos ya que ellos no tenían gastos de momento. Eso me recuerda que él tiene mi dinero. Espero que no se lo gaste en mi ausencia.
Los dos jóvenes descendieron las escaleras encontrando a Handeriel rebuscando entre unos papeles en el salón.
- ¿Qué hacéis aquí, chicos? ¿Cómo es que no estáis en la celebración?- preguntó alzando la vista de sus papeles.
- Queríamos hablar contigo.- dijo Rheland con seriedad, algo muy raro en él.
El elfo se extrañó de su tono y tomó asiento esperando que se explicaran. Ambos se posicionaron frente a él preparados para exponer todo lo que les habían dicho a las chicas cuando un sonoro grito se extendió por la calle, grave, intenso y vibrante.
La puerta de la casa prácticamente estalló abriéndose de un portazo cuando Banung entró en la casa. A grandes pasos se acercó a ellos y agarró a Cratylus de la ropa.
- ¡¿Es cierto lo que me ha dicho mi hija?!- preguntó rojo de ira.
Handeriel se levantó, ya no sólo por la enérgica entrada de Banung en su casa sino por la repentina acusación que se gestaba frente a él.
- Cratylus… no le habrás hecho nada a Nerena, ¿verdad?- preguntó el elfo preocupado.
- No que yo sepa.- dijo el acusado encogiéndose de hombros sin saber qué hacer.
Banung le miró directamente y de pronto varios lagrimones cayeron por sus mejillas.
- ¡¿Cómo puedes hacerme esto?!- dijo desconsolado.
A excepción de Banung y su gran depresión, el resto de presentes en la casa se quedaron realmente pasmados con su cambio de actitud.
- ¿Cómo puedes marcharte así? Sin avisar siquiera.- dijo el desconsolado herrero.
- ¿Marcharte? ¿Quieres dejar la herrería?- preguntó Handeriel extrañado.
- Es lo que veníamos a decirte…
- ¡Se van de la ciudad! ¡Diles algo!- cortó Banung dirigiéndose al elfo.
- No entiendo nada.- declaró Handeriel, confundido.
- Hemos decidido que queremos ver más mundo.- dijo Rheland.
- Tú encárgate de explicárselo a Handeriel, yo me ocupo de Banung.- dijo Cratylus.
Rheland se marchó con el elfo a un lado del salón comenzando su exposición y los agradecimientos mientras Cratylus se llevaba a Banung fuera.
- Tienes que comprenderlo, Banung. No podemos estar eternamente aquí. Además, ya nos habéis ayudado mucho. Ya es una gran deuda que tenemos con vosotros, no la hagamos más grande.
- Pero… pero… si ya tenía las medidas para tu primer martillo. Y te iba a ceder un yunque para ti, para que empezases a forjar tú.- dijo con voz quebrada.- ¿Es que te he enseñado mal? ¿He hecho algo malo?
- No es por ti, es por mí.- dijo el joven quedándose parado un momento.- No puedo creer que haya dicho eso. Bueno, lo que trato de decir es que me has enseñado mucho pero queremos ver algo más de mundo. No teníamos planeado establecernos aquí. Quién sabe, quizás más adelante volvamos ya habiéndonos hartado de viajar. La ciudad no se va a mover del sitio.
El herrero se pasó el antebrazo por la moqueada nariz sorbiendo con fuerza.
- Bueno… de acuerdo. Es sólo un viaje.- dijo mirando al suelo.- Cuánto has crecido.- agregó dándole unas palmadas en el hombro.
Cratylus no quiso corregirle pues parecía que había logrado animarle un poco.
- Además, así te llevaras mejor con tu hija. Ya sabes que mi presencia la enervaba demasiado.- dijo el joven riendo levemente.
- No creas. Está rabiosa ahora mismo. Antes de que fuera a preguntar a los del mercado por vuestra ida ella estaba dando patadas a un cubo de la herrería…
- Espera, espera, espera. ¿Qué le preguntaste a los del mercado?- preguntó el joven parándose en seco.
- Cuando mi hija y Maedith me contaron lo que pasaba fui corriendo al mercado preguntando por vosotros, les conté el por qué porque estaba muy agitado. Luego pasé por el cuartel, y luego la biblioteca, hasta que ya me decidí por venir aquí para ver si os alcanzaba.- explicó el herrero.
- Dios mío. Toda la ciudad lo sabe.- dijo el muchacho hundiendo el rostro en las manos.
Banung no comprendió su depresión, sobre todo porque él mismo aún no había superado la suya propia perdiendo a su prometedor aprendiz.
- ¿No puedo hacer nada para que te quedes?- preguntó el herrero suplicante.
- No. Queremos irnos a ver que más cosas puede ofrecernos este mundo. Además, cabe la posibilidad de que hallemos algo o a alguien que nos ayude. Ya sabes, en eso de volver a nuestro propio mundo. Ya llevamos varios meses aquí y hemos sacado mucho de nuestra estancia aquí, pero nada cercano a ese objetivo.
El herrero se recompuso y asintió con firmeza.
- Si ese es vuestro deseo, que nadie os detenga en vuestro empeño.- dijo solemne.- Pero no olvidéis que aquí tenéis amigos.
- Por supuesto.- dijo Cratylus dándole unas palmadas en la espalda.- Siempre que tengamos oportunidad nos dejaremos caer por aquí. A propósito, quería comentarte una cosa cuando me acercara a la forja…
- ¿La forja? ¡La forja! ¡Ahora mismo vuelvo!- exclamó para después salir corriendo a toda velocidad.
Cratylus se quedó de pie mirando su carrera con un dedo extendido, a punto de pedirle algo a Banung, pero el herrero había sido más rápido que su boca. Suspiró largamente y se internó en la casa de mi primo pensando que luego le visitaría como tenía previsto.
Handeriel estaba sentado en el sillón con gesto de sorpresa marcado a fuego en la cara después de la larga explicación de Rheland.
- ¿Qué tal ha ido?- preguntó Cratylus, extrañado.
- Aún no ha dicho nada.- contestó Rheland sentado en otro sillón.
Cratylus se sentó junto a él en el largo sillón y esperaron que Handeriel recobrase las fuerzas para hablar.
- ¿Y… y pensáis lanzaros al mundo sin tener nada planeado?- preguntó al cabo de unos minutos.
Mi primo a veces resulta un poco corto de luces. Esa pregunta resultaba muy obvia, por lo menos para mí.
- Sí, no queremos poner un rumbo definido.- contestó Rheland.- Adonde los caminos nos lleven.
- Pero es muy precipitado.- dijo intentando mantenerse sereno.- Aún os queda mucho para valeros por vosotros solos.
- Tu hija dijo algo parecido.- comentó Cratylus.
- ¿Y no pensáis replanteároslo?
- Debemos averiguar un modo de regresar a casa.- sentenció Rheland.- Y aquí no está la posible solución a ese problema.
Tras estas palabras se instaló un incómodo silencio en el salón durante un largo minuto mientras Handeriel meditaba. De improviso la puerta volvió a abrirse, esta vez más suavemente.
Maedith se internó en el salón con la respiración agitada.
- Bien, estáis aquí.- dijo mirando a los dos humanos.- ¿Me permitiríais acompañaros en vuestro viaje?
De nuevo se instaló el silencio pero éste venia dado por la sorpresa que embargaba a todos los que se encontraban en el salón.
El primero que tuvo que decir algo en contra fue mi primo, obviamente.
- ¡No! ¡No puedes acompañarles!- estalló.
- Padre, quiero ir.- replicó Maedith.
- ¿Por qué?- preguntó Cratylus sorprendido de su deseo.
- Ahora os lo explico.- dijo dirigiéndoles una breve mirada.
- He dicho que no.
- Padre, sabes perfectamente que estaba planeando viajar en un futuro próximo. Quiero conocer nuevos lugares y a nuevas gentes. Así no tendré que viajar sola. Piénsalo. Es una buena oportunidad de hacer lo que quería con menos riesgos. Los caminos son peligrosos para todos, pero menos en grupo.- dijo con sensatez.
- Yo… pensaba acompañarte en tus viajes.- replicó su padre en un susurro.
- ¿Y llevarme de la mano como cuando era niña? No. Esto quiero hacerlo sin tu ayuda.- replicó Maedith con determinación.
Handeriel se levantó del sillón con los dedos entrelazados. Mi primo no sabía qué hacer; de pronto todos los jóvenes de la casa estaban decidiendo independizarse, y ninguno había tenido la cortesía de consultarle primero. No comprendía de dónde sacaban aquella determinación para lanzarse al camino sin siquiera mirar por dónde se está pisando.
Pasaron unos largos minutos en los que Handeriel meditaba profundamente las consecuencias de cualquier acción u orden que pudiera dar él mismo. Todas las posibilidades terminaban en desastre respecto a la relación con su hija, ya que si se oponía de cualquier manera, ella se empeñaría más aún en hacer el viaje. La mejor opción, creía él, era dejarla hacer lo que quisiera y que cuando tuviera algún contratiempo y se cansara de la aventura, volviera a la ciudad.
Sí, a veces es corto de luces.
- De acuerdo. Si eso es lo que quieres, hazlo. Pero te pido que tengas cuidado y que si ocurre algo, vuelvas de inmediato.- dijo rompiendo el silencio.
- Lo haré. No me pondré en peligro gratuitamente.- dijo ella sonriendo. Se volvió y miró a los dos jóvenes.- ¿Vosotros tenéis algo en contra de que viaje con vosotros?
- No, en absoluto. Sólo es que me sorprende que quieras ir con nosotros.- dijo Cratylus impactado por los sucesos.
A los pocos segundos una algarabía sonaba en las calles, aún más ruidosa que la propia celebración que aún se gestaba en la ciudad. Los que se encontraban en la casa acabaron por distinguir el ruido como el que era producido por mucha gente caminando en su dirección.

Básicamente toda la población de la ciudad de Ala-Sagar había acudido allí al mismo tiempo para poder tener la ocasión de despedir a sus temporales y extravagantes vecinos, que tantas emociones y sorpresas les habían dado durante su estancia, la cual parecía que iba a llegar a su fin bruscamente. Amigos, conocidos, o incluso gente que únicamente había oído hablar de los dos jóvenes se habían congregado allí con la esperanza de poder despedirse de ellos y desearles buena suerte en sus viajes. Los dos humanos aceptaron tales muestras de cariño con evidente irritación. Dentro de la casa se sentían ligeramente a salvo por el momento, pero la cantidad de gente reunida afuera aumentaba por momentos, y Handeriel se vio obligado, con claros gestos de disgusto, a abrir la puerta a la turba.
-¡¿Por qué ha tenido que venir toda la maldita ciudad?!- preguntó al aire Cratylus exasperado.
    Ellos habían querido evitar todo aquello precisamente, pero una vez más sus planes no habían resultado salir como esperaban, sino todo lo contrario, y ahora muchos de los habitantes, algo afectados habitualmente con estos temas, aguardaban a darles el adiós con lágrimas en los ojos y el tronar de multitud de pañuelos para la nariz.
- ¿Podríamos escaparnos por la puerta trasera?- preguntó Rheland saludando por vigésima o quizá trigésima vez a uno de los ciudadanos.
- Ya he mirado, está bloqueada.- respondió su compañero.
Ambos maldijeron en su idioma, fervorosamente. Mis congéneres tomaron aquellas expresiones como muestra de su gratitud y aumentaron en intensidad su griterío.
De entre todo el tumulto se podía ir apreciando una voz que se elevaba por encima del resto, cada vez más fuerte y acercándose a la casa. Mientras tanto, varios elfos caían al suelo o salían disparados unos pocos metros para despejar el avance del propietario de aquellos enérgicos gritos. Supongo que para cualquier persona lo suficientemente avispada, sería evidente que aquella persona era Banung, pero lo aclaro para aquellos de los menos favorecidos mentalmente.
El herrero llegó a la altura de los dos chicos, y pudieron ver que estaba cargado con varios fardos de cuero y bastante pesados al parecer. Dejó los sacos en el suelo con gran estrépito y los abrió desatando los cordones de la boca para empezar a sacar de su interior montones de artilugios metálicos que Cratylus tardó en reconocer como algún que otro martillo de herrero, un yunque, una espada y numerosas piezas de armadura que forzadamente y sin consultar previamente al joven comenzó a colocárselas por todo el cuerpo.
-Pero… ¡eh! ¡Un momento!- exclamó Cratylus algo sorprendido.- ¿Qué se supone que estás haciendo?
Banung alzó la mirada mientras colocaba unas tiras de cuero para ajustar unas grebas a la pierna del chico.
-Te he traído una armadura, para que no vayas desprotegido.- miró con ojo crítico la colocación de cada una de las piezas, dándose por satisfecho con el resultado.- No te olvides nunca de salir con casco. Es por tu seguridad.- se secó una pequeña lágrima.- Y no te vayas nunca con extraños, ni merodees cuando ya sea de noche.
La cara del humano, ya anteriormente extrañada y sorprendida, iba alcanzando cotas más y más grandes de incredulidad a medida que Banung pronunciaba esas frases, preocupado por la seguridad de su aprendiz. Los ojos de Cratylus no podían cerrarse por debajo de su máxima amplitud, y Rheland estaba a punto de ahogarse entre risas.
-Sí ma… Digo, vale, Banung.- fue lo único que pudo argumentar el joven en esos momentos.
Al cabo de unos pocos minutos en los que el público le había cedido espacio al herrero respetuosamente, ya que parecía bastante enfrascado en su labor, Cratylus estaba resplandeciente, embutido como estaba en una masa de acero pulido sin dejar apenas un resquicio por el que pudiese entrar siquiera aire. El joven había dejado de moverse en su interior, y Rheland estaba preocupado por ello.
- Eh… ¿Estás ahí dentro?- preguntó a la mole acorazada con algo de temor.
No hubo más respuesta que una especie de quejido proveniente del interior, del cual se hacía eco la armadura, resultando en un gemido fantasmagórico y perturbador. Acto seguido Rheland se apartó un par de prudentes pasos.
- Prueba a moverte.- dijo Banung.
Con un fuerte sonido a metal golpeándose y rozándose, la armadura alzó su brazo derecho hasta levantar la mano por encima de su cabeza, para después dejarlo caer como un peso muerto.
- ¡Está vivo!- exclamó Rheland, con un tinte macabro en la voz.


Un rato después durante el cual Cratylus trabajó duramente para quitarse la armadura, emergió sudoroso de entre las placas metálicas, para depositarlas en el suelo muy cuidadosamente. Luego se volvió al herrero, que le observaba con la cara henchida de satisfacción y orgulloso del regalo que le había hecho.
-No es por parecer desconsiderado, pero…- el chico pensaba rápidamente en cómo hacerle entrar en razón a Banung, que seguramente esperaba que se llevase todo aquello en su viaje.- Me voy de viaje, no a una guerra. No creo que vaya a necesitar llevar toda la armadura al completo.- obvió el hecho de que no iba a poder cargar con todo aquel peso.- Lo agradezco mucho, de verdad, pero me parece que con unas pocas piezas bastará. El resto… puedes guardarlo por si alguna vez lo necesito.- interiormente rezaba para que esa ocasión no llegase nunca.
El rostro del elfo pareció entristecerse un poco por la perspectiva de que no pudiese llevar todo su regalo, pero comprendió el punto de vista de su joven aprendiz y decidió no insistir más en el asunto.
Cratylus escogió de entre las piezas de armadura las que creyó que serían más cómodas de llevar y de mayor utilidad, como guardabrazos, guantes, grebas y quijotes ligeros. Desechó el resto tanto por su voluminosidad como peso y ya sintiéndose más ligero agarró la espada y el martillo del suelo colocándose el arma en la cintura y el martillo en el lado contrario de la cadera.
El yunque parecía ser invisible a los ojos del joven que actuaba como si no existiera o le entorpeciera el paso.
- Será mejor que nos marchemos cuanto antes.- susurró Rheland a su amigo.
Cratylus asintió de acuerdo y ambos dedicaron unos instantes a estrechar las manos con Handeriel agradeciéndole de nuevo todo lo que había hecho por ellos. Mi primo les susurró algunos consejos algo más útiles que los de Banung pasándoles también dos bolsas con todo el dinero que habían ganado en aquellos meses.
Los dos humanos salieron de la casa y comenzaron esquivar a toda la población que les salía al paso. Gran cantidad de elfos les dedicaban unos segundos para despedirse y otros portaban algunos presentes de despedida como alimentos para el viaje, ropas y algunos abalorios y adornos de factura élfica los cuales brillaban en múltiples colores a juego con la ciudad.
Cuando sólo les quedaban una decena de metros para salir por las puertas, los dos llevaban sus manos completamente ocupadas por tantos regalos que apenas les dejaban ver por dónde caminaban.
- Demasiado peso.- susurró Cratylus manteniendo el equilibrio de todos los regalos.
- Hay que hacer una criba de todo esto. No podemos llevarnos todo.- dijo Rheland malhumorado. Una pulsera de piedras brillantes con plumitas sujetas al cordel llamó su atención.- Y creo que sé de algo que no me voy a llevar.- sentenció.
Los aplausos y vítores se sucedían en su caminar hasta que lograron pasar los muros y alejarse varias decenas de metros de los mismos dejando la ciudad atrás. Ya sólo unos pocos elfos que no tenían nada mejor que hacer les seguían, y hasta éstos desistieron una vez se hubieron alejado unos cuantos metros más de la muralla.
- No me puedo quitar la sensación de que a lo mejor nos hemos olvidado algo.- murmuró Rheland.
- Eso pasa siempre que sale uno de viaje.- razonó su amigo.- Pero llevamos comida, bebida, armas, ropa, dinero, y un montón de cosas útiles más. Y algunas inútiles…
- Sí, supongo… aunque no sé, algo falta…- se dio unos golpecitos en la sien como tratando de recordar.
Continuaban caminando cuando un grito a sus espaldas les hizo volverse, pudiendo ver entonces a Maedith, que se acercaba corriendo a ellos con cara indignada y a claras vistas sofocada por la carrera.
- Oh, era eso.- dijo Rheland aliviado.
La elfa llegó a su altura y se paró unos momentos a respirar hondamente y recobrar el aliento mientras les continuaba mirando con gesto herido.
- ¿Cómo os habéis podido marchar sin esperarme?- inquirió ofendida.
- Creíamos que nos seguías, y con tanta gente…- mintió Cratylus intentando que ella no llegase a descubrir que se habían olvidado completamente de ella.
Maedith les miró con escepticismo y sin variar su gesto de agravio recibido, pero decidió no hurgar más en el asunto.
-Bueno, ¿os parece buena idea parar un poco para que pueda descansar y… ya de paso podéis mirar qué vais a hacer con todo… eso?- les dijo señalando los bultos que portaban. Parecía algo ansiosa incluso por parar a descansar.
Los chicos se miraron entre sí mientras parecían evaluar la situación en silencio.
-Vale, ya nos hemos alejado lo suficiente y no nos sigue nadie más, así que pararemos.- concedió Cratylus.- Pero no mucho tiempo.
Maedith suspiró aliviada mientras los dos humanos depositaban todo su equipaje en el suelo y se sentaban junto a sus montoncitos de obsequios evaluando qué podrían llevar con ellos y qué no.
- ¿Quién diablos me ha dado esto?- pregunto Rheland impresionado.
En sus manos sostenía una escultura en madera de un oso rugiendo. El joven inmediatamente lo depositó en el montón de objetos inútiles para un viaje. Cratylus imitaba su comportamiento separando los distintos objetos en tres montones, uno que sí, otro que quizás, y otro que absolutamente no se llevaría.
Maedith estaba de pie mirando al camino por el que habían venido sin prestar atención a los jóvenes y su selección.
- Por suerte, hay mucha comida.- dijo Rheland.
- Demasiada.- replicó su amigo.- La mayoría de estas cosas se estropearán en un día máximo.
- Pues para comer hoy y esta noche. Consumimos lo que se vaya a estropear y luego usamos la comida que habíamos cogido nosotros para los siguientes días.
Cratylus asintió convencido por su idea.
- ¿Nos llevamos los adornos?- preguntó Rheland.
- Sí…- respondió no muy convencido.- Los collares y demás son pequeños y ocupan poco. De necesitarlo, podríamos venderlos.
- Pues a la bolsa.
- Esta camisa está bien.- dijo Cratylus mostrando una camisa con un hermoso bordado en la espalda.
- Muy elegante para el camino.
- ¿Por si asistimos a alguna fiesta?
Rheland se encogió de hombros no sabiendo contestarle.
- A la bolsa. ¿Tu quieres algo, Maedith?- preguntó Cratylus.
- No, no, no sería correcto. Son vuestros regalos.- contestó la elfa volviéndose para mirarle.
- ¿Qué te pasa? ¿Te arrepientes de haber venido? Lo digo porque no paras de mirar el camino que lleva a la ciudad.
- En absoluto. Ya oísteis que quería viajar yo también. Es sólo…
- ¡Ya estoy aquí!- se oyó gritar a alguien por el camino.
- Esa voz me suena.- dijo Rheland sorprendido.
- No puede ser verdad.- replicó Cratylus levantándose para mirar al camino con gesto de terror.
Sus sospechas fueron acertadas al ver a Nerena corriendo hacia ellos. Con un hondo suspiro miró al cielo pidiendo clemencia, la cual no le iba a ser concedida.
La elfa llegó respirando trabajosamente cargada con un fardo a sus espaldas y habiendo corrido todo el camino desde la ciudad hasta su posición.
- Justo a tiempo. – dijo Maedith.- Estaba a punto de decirles que querías unirte a nuestro grupo.
Cratylus alzó las manos al cielo con un gesto que sólo  puedo traducir como “¿Por qué me hacéis esto?”.
- Siento la tardanza. He tenido que coger muchas cosas rápidamente y escribirle una nota a mi padre explicándole mi partida.- se disculpó la elfa.
- No pasa nada. Aún estamos preparándonos para partir.- dijo Maedith sonriente.
- A ver…- dijo Cratylus manoseándose el entrecejo mientras Rheland parecía estar muy concentrado en distribuir los objetos entre los montones.- ¿Por qué quieres venir con nosotros? Hoy mismo habías dicho que no querías volver a vernos.
- Alguien tendrá que decir a mi padre que has muerto y así no espere innecesariamente tu regreso.- contestó la joven con una sonrisa maliciosa.
- Así que estás aquí para certificar mi muerte, encantador.- dijo el humano suspirando.
Acto seguido continuó clasificando sus regalos sin decir palabra. Rheland ya casi había terminado y se dedicaba a comer algunas golosinas que había recibido entre los regalos.
- ¿Hasta dónde pensáis caminar hoy?- preguntó Nerena.
- Aún no hemos decidido nada.- contestó su amiga.
- Hay un claro bastante agradable en esta dirección. Pero está a cierta distancia. Podríamos llegar a él si nos damos prisa y andamos con brío para pasar la noche allí.
Rheland miró a su amigo y éste se encogió de hombros por toda respuesta, no estando de humor para charlar.
-Pues bien, pongámonos en movimiento.- dijo Nerena, animada.
Cratylus exhaló el aire largamente y se incorporó imitado por su compañero y ambos dedicaron una última mirada al montón de obsequios que iban a abandonar. No viendo nada de interés en su último vistazo, recogieron sus cosas y siguieron a las jóvenes elfas que lideraban la marcha ya iniciada.

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