Espadas rotas y gente volando
Después de un par de días dentro de una miseria depresiva causada por el incesante sonido de sus sueños despedazándose como el cristal, para luego caer a un oscuro pozo y ser pisoteados con malicia, ambos compañeros terminaron por recobrar la vitalidad antaño suya. Siendo optimistas, aunque no fuese lo que querían, al menos iban a aprender algo. Posiblemente era momento de ensanchar miras e intentar darle una oportunidad a aquello que hacía solo unos días menospreciaban.
No tuvieron problemas para encontrar tiempo para el adiestramiento, ya que a sus benefactores les parecía una excelente idea que aprendiesen algo útil. Así que en su trabajo pasaron a tener un turno de sólo medio día, para así poder entrenar por la mañana y trabajar por la tarde. Lo malo era que el término “por la mañana” para nosotros los elfos, engloba el tiempo desde que la luna desaparece hasta la hora de comer. Empieza a la hora que en este mundo se la conoce como “cinco de la mañana”.
- ¡Pero por el amor de buda!- increpó Cratylus al techo.- ¡Si todavía no hay ni un maldito rayo de sol!
Se encontraba en el suelo tirado boca arriba. El cómo había llegado a esa situación, similar a la de Rheland, tenía una sencilla explicación; como a los dos les costaba bastante levantarse a esas horas, Handeriel decidió echarles una mano y hechizó sus camas para que a la hora exacta a la que debían levantarse, éstas se levantaban hasta la total verticalidad, echando a los jóvenes con bastante poca amabilidad. La idea era buena, pero no era muy apreciada por los humanos.
Prácticamente sumidos aún en la inconsciencia, se vistieron y desayunaron lo mejor que pudieron. Aún con el cielo oscurecido salieron de la casa y caminaron, guiándose por los pequeños farolillos que iluminaban la calle para encontrar sus respectivos destinos. En un cruce del camino se separaron, sin emitir más ruidos que unos gruñidos de despedida, sólo entendibles por ellos, conocedores de la intención de esos gruñidos, que a lo largo del tiempo he conseguido descifrar como “hasta luego”.
Rheland arrastró sus pies hasta la entrada del edificio que albergaba la sede de la escuela de magia. La escuela era un edificio estrambótico incluso para los estándares de la ciudad, lo cual consiste en un edificio que desafía toda lógica arquitectónica y de buen gusto. Se desdoblaba, curvaba, convergía nuevamente para así alzarse poco a poco en algo realmente desconcertante. Rheland agradeció que fuese de noche por el único motivo de no tener que ver los vivos y variopintos colores que deslumbraban a cualquiera lo suficientemente insensato como para mirar.
Entró por la puerta, normal y de madera, adentrándose en la planta baja del edificio. La escuela se separaba en dos zonas extensas; una era la zona superior, almacén de componentes, archivos y dormitorios, y la inferior, bajo tierra, y que albergaba todas las aulas, laboratorios y habitáculos de prácticas experimentales.
Rheland era un estudiante diferente al resto, ya que casi todos eran internos y dormían y vivían allí, cosa que él no hacía. Y además él no asistía a las clases, porque el erudito que les fue presentado en casa de Handeriel era el que se iba a encargar de adiestrarle personalmente, y de forma privada, así que normalmente se lo llevaba a algún aula desierta para enseñarle durante horas y horas, algunas interminables y otras sólo insufribles, toda la teoría mágica de forma intensiva, pues llevaba unos siete años de retraso.
- Pero… a ver si me aclaro.- comentó el estudiante.- La magia, ¿sale de fuera de uno mismo? O sea, ¿que estoy usando algo que no es mío?- preguntó confundido.
- Ya hemos repasado este concepto cuatro veces, ¿tanto te cuesta aprenderlo?- suspiró Beliontar, que así se llamaba el mago.- La magia proviene del exterior, de tu entorno, del mundo. Es la energía que hace que todo exista y viva, y esa energía es lo que utilizamos para lo que se conoce como magia, que no es otra cosa que moldear esa energía con nuestra propia voluntad.- recitó de memoria.- Y como tantas veces te he dicho, cuanto mayor control ejercemos sobre esta energía, menor poder tendrá el hechizo en cuestión, ya que todo se concentrará en algo muy específico, y además, requerirá mucha voluntad por tu parte. Inversamente, cuanto menor control, más poder, lo cual es poco recomendable, y por eso a los estudiantes jóvenes no se les permite hacer magia hasta que no hayan aprendido a controlarla, porque es muy fácil que se les vaya de las manos, y las manos con el hechizo.
- Vale… Creo que lo voy cogiendo.- respondió Rheland frotándose la sien.- O sea, que cuanto más poder quiera para un hechizo, menos control sobre él, ¿no?
- Básicamente sí, pero no pienses de esa manera, es peligroso.
Ese aviso era muy tardío, en mi opinión, ya que el joven humano tenía una estrafalaria idea que no dejaría de rondar su mente en las semanas siguientes.
El primer día de Cratylus resultó bastante atípico, tanto para él como para sus compañeros de instrucción. El capitán de la guardia que le había sido presentado el día anterior tenía una extraña mirada de curiosidad dirigida al joven que le devolvía una parecida, ya que no sabía qué pretendía encontrar en su rostro con una observación tan exhaustiva.
Cratylus estaba al final de una hilera de elfos, algunos más fornidos que otros, por lo que dedujo que algunos eran nuevos como él y otros simplemente estaban entrenándose para mantener sus habilidades.
El joven aún no dominaba demasiado el idioma, pero aquello no resultó un problema ya que las órdenes eran tan parcas, directas y explícitas que no dejaban lugar a la interpretación.
En un principio les hicieron correr aproximadamente durante una hora sin parar ni un momento, lo que casi le obligó a arrancarse los pulmones del pecho debido a que no tenía suficiente aguante al correr para aquel ejercicio.
Resollando por el esfuerzo miró al resto de sus compañeros de fatigas; los nuevos estaban en el mismo estado que él mientras que los otros no parecían afectados. Cratylus miró a estos últimos con sincero respeto por la hazaña.
- Tú, Wylurith, acércate.- dijo el capitán.
El muchacho miró a los otros de la hilera y se dio por aludido a la llamada. Se acercó con las manos en los bolsillos y bastante relajado pese a la dificultad para respirar.
- ¿Qué pasa?- preguntó el joven.
- ¡No hables si no se te pregunta!- replicó el elfo con fuerza.
- ¿Por qué?- preguntó inocentemente.
Acto seguido el puño del soldado le cruzó la cara con el revés.
- ¡Silencio!- agregó a su acción.- ¡¿Es que no te han enseñado res…?!
Su conversación se interrumpió abruptamente por el pie de Cratylus estrellándose contra el pecho del elfo lanzándolo de espaldas.
- ¡Me cago en todo, ¿a qué viene darme una ostia?!- exigió el joven acercándose a grandes pasos hacia el elfo caído.
El resto salió en defensa del capitán sujetando a Cratylus que cedió en su intento de continuar la pelea.
Uno de los elfos mas fornidos se acercó al caído y le ayudó a levantarse.
- Señor, si me lo permite, le aconsejaría que no levantara la mano contra el humano. No se lo toma nada bien.- dijo el elfo con respeto al cual se le notaba que su nariz había sufrido algún tipo de accidente, reiteradas veces.
Banung y su hija observaban la escena desde un lateral del campo de entrenamiento con caras de satisfacción y sorpresa respectivamente.
- ¿Pero qué hace?- preguntó Nerena.
- Ese capitán tendrá más cuidado la próxima vez.- dijo el herrero con orgullo.
El susodicho capitán miró al humano entre una mueca de sorpresa y respeto, respeto sobre todo porque al parecer podía partirle la cara si quisiera y las consecuencias no parecían importarle.
- De acuerdo, volved a la formación.- ordenó frotándose el pecho.
Los elfos se dispusieron en línea de nuevo y Cratylus observó con seria amenaza al capitán que tenía a su lado. Si tuviera que traducir esa mirada creo que diría algo así: “Como vuelvas a hacerlo te arrepentirás”. Y el elfo supo ver el mensaje tácito.
- Tú, trae dos espadas de entrenamiento y dos escudos.- dijo el elfo señalando a otro.
Después Cratylus y uno de los elfos más entrenados tenían las espadas y los escudos en las manos, todos de madera.
- Quiero ver lo que sabes hacer.- le dijo el capitán al humano.
Cratylus miró la espada de madera no sabiendo muy bien qué tenía que hacer con ella; si usarla de garrote o intentar pinchar a su adversario.
- ¡Empezad!
Al joven le sorprendió la velocidad con la que el elfo se acercó y comenzó a descargar golpes sobre él mientras que Cratylus trataba de interponer el escudo entre él y el elfo. La espada en la mano derecha permanecía baja ya que el joven ni se acordaba de que tenía una.
Retrocedió varios pasos por el violento ataque logrando librarse de los golpes en su mayoría mientras su mente intentaba sobreponerse a la sorpresa.
- ¡¿Pero qué cojones pasa aquí?!- dijo en su idioma.- ¡Para un momento, joder, para, te digo! ¡Que te pares!
El joven alzó el escudo haciendo un arco frente a él con la intención de apartar la espada de su contrincante, pero lo que consiguió fue impactar de lleno en la cara del elfo que le atacaba con tanta saña, retumbando el sonido del golpe en todo el campo y derribándolo en el acto.
Cratylus, jadeante, miró al elfo en el suelo y le pinchó un poco con la espada para ver si reaccionaba.
- Eh… Creo que se ha caído.- dijo el humano mirando al capitán.
- Le has golpeado.- rectificó éste.
- Eh, él me estaba atacando.- se defendió el joven.- Ha sido en defensa propia.
El capitán se acercó con lentitud y miró al elfo en el suelo, comprobó que seguía con vida, solo que con un chichón considerable en la frente, se levantó y miró al joven.
- Solo un apunte; el escudo es para defender, la espada para atacar.
- Ya, me lo figuraba, pero él está en el suelo.- señaló Cratylus.
A lo lejos se podían escuchar las carcajadas de Banung, que aplaudía la acción del muchacho en el combate.
- Bien, ahora intenta atacar tú.- dijo el capitán señalando a otro contrincante.- Pero… con calma, sólo para probar.
- Con la espada, supongo.- replicó el muchacho.
- Por supuesto.- contestó asintiendo.
Cratylus se acercó a grandes pasos hacia el elfo que a cada paso sus ojos iban saliéndosele de las órbitas al ver cómo el joven alzaba la espada por encima de su cabeza y descargaba un tremendo golpe sobre el escudo, lo que obligó al elfo a hincar las rodillas en el suelo. Al primero le siguió otro y luego otro más hasta que elfo estaba prácticamente tumbado en el suelo acurrucándose detrás del escudo.
- ¡Piedad, por favor, piedad!- suplicó el elfo.
- ¡Ya vale, ya puedes parar!- gritó el capitán por encima del estruendo del entrechocar de la madera y las astillas volando por doquier.
Cratylus se detuvo y miró al elfo que temblaba tras el escudo.
- Ups, creo que me he dejado llevar.- dijo a modo de disculpa.
El elfo dejó caer al escudo con lentitud y descubrió un brazo amoratado y rojizo el cual se acariciaba con una mueca de lastima y dolor.
Banung se acercó con una sonrisa de oreja a oreja seguido de su hija que miraba al humano con una mueca de aprensión y pavor.
- ¿Qué haces aquí, herrero?- preguntó el capitán extrañado.
- Oh, disfruto del espectáculo de ver vuestros culos arrastrados por el suelo. Y me pareció buen momento para tomar medidas.
- ¿Medidas?
- Cascos y armaduras, creo que os harán falta.
A partir del día siguiente no se entrenaba sin una armadura acolchada a excepción de Cratylus, que lo encontraba incómodo y restringía sus movimientos.
Aquella noche estaban ambos humanos sentados, o más bien derrumbados, en la mesa para cenar. Sus respectivos entrenamientos habían dejado mella en ellos y los había dejado exhaustos. Por si fuese poco, tras entrenar y comer rápidamente tuvieron que acudir a sus respectivos puestos de trabajo, donde sus jefes parecían no darle importancia a las anteriores actividades de los jóvenes y no pensaban dejarles bajar el ritmo de trabajo.
- ¡Pero tú no has tenido que pelearte con gente!- protestó Cratylus.- ¿Cómo vas a estar tan cansado?
- Horas y horas de teoría, y tú sabes cuánto lo odio.- argumentó Rheland.- Y luego nos pusimos a practicar algo de manipulación de energía, a pequeña escala. Y te aviso, cansa de cojones.
- Oh, ¿ya has empezado a aprender manipulación de energía?- inquirió Handeriel sorprendido.- Normalmente se empieza bastante más tarde.
- Sí, bueno, el profesor dice que es tontería ver la teoría sin ponerla en práctica, así que hemos empezado así de buenas.
- ¿Y ya has aprendido a hacer algo?- preguntó Cratylus escéptico.
- Sí, aunque es poca cosa, ¡mira!- dijo sonriente su amigo.
Rheland acercó su dedo índice al brazo de Cratylus, pareciendo que iba a tocarle, pero se detuvo a escasos centímetros de él. Entonces de la yema de su dedo brotó una diminuta descarga eléctrica que hizo que su amigo pegase un bote en su asiento, sorprendido y ligeramente molesto.
- ¡Ah, joder!- exclamó Cratylus.- ¡Tío, para, ya, quieto!- continuó mientras Rheland, con una sonrisa seguía soltándole pequeños chispazos.
Éste paró, con lágrimas en los ojos y sin poder respirar debido a la incontrolable risa que se había apoderado de él. Handeriel y Maedith les miraban con una cara entre el estupor y la indiferencia causada por la costumbre de verles a diario.
- ¿Y tú qué tal?- cambió Rheland de tema.
- Pues… creo que les he caído mal a los compañeros.- comentó preocupado su amigo.
- ¿Y eso?- preguntó extrañado el joven.- Si tú sueles ser simpático.
- Pues no sé, pero cuando el instructor nos pidió ponernos por parejas, nadie se quería poner conmigo. Terminé entrenando con un muñeco de instrucción.- añadió.
- Oh, vaya, ¿pero aprendiste algo?
- Sí, que es mejor no golpearles muy fuerte. No aguantan nada.- contestó Cratylus.
Esa misma tarde, el cuerpo del orden de la ciudad encargó una nueva remesa de muñecos de entrenamiento. Se habían quedado con muy pocos de ellos intactos. Los de repuesto, principalmente.
El entrenamiento había mejorado notablemente con el paso de las dos semanas siguientes. Supervisado por el instructor, y con muñecos al principio, con algo de armadura, y grandes dosis de paciencia al final, Cratylus experimentó una mejora en su forma de combatir, pudiendo medir la fuerza de sus golpes hasta cierto punto, ya que el trabajo de herrero le había proporcionado una masa muscular considerable a la que aún no estaba acostumbrado del todo. Ya conocía y podía efectuar ataques diversos, no consistiendo únicamente en impactos sin control ni medida, cosa que agradecieron sus compañeros, y esto le permitía participar en combates de mayor interés técnico, y así el público que empezaba a acudir a los entrenamientos podía apreciar los combates en su mayoría. Por supuesto, esto no significaba que Cratylus dejase de ejercer una fuerza tal vez excesiva en algunos de sus golpes, básicamente porque el capitán aún no había logrado convencer al joven de que no atacase con el escudo.
El público congregado consistía en elfos desocupados, y Banung y Nerena. El herrero por su parte montaba apuestas en los combates acerca de quién acabaría más magullado de entre los oponentes del humano.
Tras dosis insufribles de contenido teórico, aderezado con teoría, con unas gotitas de conocimientos teóricos, servido sobre una base de lecciones teóricas, Rheland terminó por comprender de un modo bastante general los conocimientos básicos de la magia, y también por estar a punto de arrancarse los ojos a través de los oídos.
Las clases prácticas fueron bastante escasas al principio, y las había de dos tipos; en las que no ocurría nada de nada, o en las que un pupitre o una silla reventaban misteriosamente. Por suerte el joven humano logró algo de destreza en la manipulación de energía y ya podía realizar algunas de las más básicas operaciones sin mayores contratiempos que algunas descargas estáticas, a las que parecía estar aficionado.
Ahora se encontraba en una clase práctica, sentado a una mesa, con Beliontar de pie al otro extremo y una pluma entre los dos.
- Recuerda, una pluma pesa muy poco, así que lo que más importa ahora no es la potencia, sino la forma.- explicaba el mago.- Debes concentrarte en la estructura, y moldear la energía para que levante la pluma. Vamos, inténtalo.
El muchacho puso cara de concentración mientras intentaba entender lo que le estaba diciendo el profesor de magia. Se arremangó, hizo crujir las vértebras de su cuello y se concentró en la energía de su alrededor. El instructor vio cómo la pluma, en lugar de ascender parecía hacerse más pequeña cada vez.
- No, mal, no tienes que hacerla más pequeña, eso lo hicimos la semana pasada, tienes que…- se interrumpió viendo que el aprendiz le miraba con cara de sorpresa.- ¿Qué ocurre?
Entonces cayó en la cuenta de que el aula parecía ser más baja, y de que no notaba el suelo bajo sus pies. Bajó la vista y se dio cuenta de que él era quien estaba flotando en medio del aire, con ojos como platos.
- ¡Bájame!- exclamó sobresaltado Beliontar viendo cómo el techo se acercaba a un ritmo lento pero preocupante.
- ¡Aún no me has enseñado a bajar las cosas, sólo a subirlas!- comentó confuso el joven.
- ¡Sólo para, deja de concentrarte!- dijo rápidamente el mago.
- ¿Seguro? ¿Así sin más?- preguntó no muy convencido.
- ¡Sí, sí!
- Pues vale…
Acto seguido Beliontar cayó con todo su peso hacia el suelo, y el aterrizaje no fue todo lo suave que éste hubiera deseado, teniendo en cuenta el suelo de piedra, básicamente. El maestro se incorporó despacio y dolorido.
- Vale, creo que tenemos que trabajar un poco con la localización, creo que la teoría no te ha quedado muy clara, habrá que repasarlo otra vez.
Un agónico grito se escuchó fuera de la escuela.
- Bien, escuchadme, hoy pondremos a prueba vuestra compenetración como grupo en una unidad de ataque. ¡Todos dependéis de todos! ¡Las órdenes se llevan a rajatabla pues en un combate no hay tiempo para considerarlas! ¡Aunque parezcan absurdas o que no llevan a ninguna parte, tienen un objetivo! ¡Y por último, las pretensiones personales no importan, sois una unidad y os comportareis como tal!- dijo el capitán de la guardia casi gritando a los cadetes.
Cratylus miró a sus compañeros que estaban tan firmes que sólo hubieran conseguido un efecto parecido con un palo metido por el culo y sus caras rebosaban orgullo y nerviosismo. Él no le veía la gracia a tener que salir para conseguir una especie de trofeo para demostrar que podían actuar como un equipo, pero todos parecían estar de acuerdo y él, aunque le pesara en ese momento, era parte del equipo.
Se había designado a Rendil como líder del equipo y quien les dirigiría en el ataque.
El joven estaba henchido de orgullo, algo que no comprendía Cratylus. Si al joven le hubieran dicho que iban a participar en una gran batalla, pues vale, pero iban a atacar una madriguera de sapos. ¿Cómo se puede estar orgulloso de eso?
Los mogos eran una especie de anfibio cuya sangre resultaba muy pegajosa, se agrupaban en grandes cantidades y podían, si atacaban en tropel, inmovilizar a toda una tropa sin demasiado esfuerzo.
Estaban armados con espadas cortas y escudos y unos petos de cuero ligero ya que deberían poder moverse con rapidez y con libertad.
- Andando.- dijo Rendil con autoridad.
Cratylus resopló y siguió la marcha con dejadez. Él quería un dragón de enemigo, no un mísero sapo gordo y asqueroso.
Salieron de la ciudad a los pocos minutos y la marcha se convirtió en una carrera por el bosque en la que el joven comprendió la diferencia entre él y los elfos cuando ellos lograban correr a la misma velocidad que él pero sin hacer apenas ruido mientras que él hacía mucho ruido con sus pisadas.
Cratylus tampoco les sacaba dos cuerpos a sus compañeros, pero desde luego era fácilmente diferenciable en la lejanía ya que de hombro a hombro era elfo y medio, dejando claro que los elfos son bastante delgados por naturaleza.
Debo decir, respecto a los cánones humanos, que Cratylus había conseguido una buena musculatura sin que ésta tampoco resultase muy llamativa entre otros de su especie, pero entre elfos resaltaba, no cabía duda.
No tuvieron en cuenta el ruido que hacía, ya que contaban con que el joven no era capaz de pisar con la elegancia y delicadeza que posee mi gente.
Media hora después de haber salido de la ciudad Rendil dio el alto con un gesto y todos se agacharon automáticamente. El líder les llevó por entre los arboles hasta que vieron a los lejos un pequeño claro frente a una cueva en la ladera de la montaña más cercana a Ala-sagar. Frente a la boca de la cueva había varios mogos saltando apaciblemente en el claro.
Cratylus torció más el gesto al comprobar que, sí, eran sapos gordos de un color púrpura. Con la moral hundida siguió a tres de sus compañeros que se dirigieron al flanco derecho del claro.
Caminando más lentamente podía reducir bastante el ruido que hacía y a los pocos segundos todos estaban dispuestos formando un semicírculo rodeando el claro.
Rendil hizo unos gestos que todos comprendieron y se prepararon para atacar. Al instante siguiente entró seguido por todos en el claro dando muerte a los pocos sapos que allí se encontraban.
Su sangre, del mismo color que su piel, salpicaba por doquier manchando las espadas y botas de los “valientes” soldados élficos. El humano miró al sapo que le devolvía una mirada vidriosa a sus pies. El joven miró su espada y suspiró para luego soltar una patada al mogo mandándolo al bosque.
Todos los sapos yacían muertos a excepción del que estaba inconsciente en los arbustos y fue cuando escucharon el ruido que provenía de la cueva. El croar de cientos de mogos.
Todos retomaron la formación formando una cuña frente a la cueva esperando la embestida de la horda anfibia.
- Matadlos rápido e iremos avanzando poco a poco. Si alguien no puede moverse le ayudarán los que estén a sus lados.- dijo Rendil con seguridad.
Cratylus, con una mueca de desdén miró a su derecha encontrándose al final de la fila, por lo que si se quedaba atrapado, sólo tendría a un compañero para ayudarle.
Los sapos no tardaron en hacer su aparición saliendo a docenas de la cueva con su incesante croar y escupiendo una pasta tan pegajosa como su sangre.
- ¡Mantened la posición!- gritó el líder del grupo comenzando a cortar a destajo todo anfibio que estaba a su alcance.
El humano no se encontraba de humor para ir cortando a los sapos por lo que se contentaba con darles patadas dejándolos noqueados y a los que lograban saltar a suficiente altura los mandaba volando al bosque de un golpe de escudo.
Pasó un largo minuto de carnicería anfibia cuando de pronto las oleadas aumentaron de número.
- ¡Nazgûl!- gritó el capitán con fuerza mientras los sapos saltaban sobre él escupiendo y cegándole.
- ¿Cómo dices?- preguntó Cratylus extrañado.
- Retroceder.- informó su compañero cubierto por la sangre de los mogos.- Es una jerga del ejército.
- Ah, por un momento me asusté.- dijo el joven terriblemente aliviado, aun no sé por qué.
Comenzaron a retroceder paso a paso, pero ya muchos de la unidad estaban pegados al suelo y la afluencia de sapos empezaba a derribar a algunos, lo cual provocaba que se quedaran pegados al suelo.
Al minuto siguiente solo quedaban en pie Cratylus y tres elfos más.
- Eh… creo que la hemos cagado.- dijo el humano viéndose rodeado de sapos por todas partes.
- ¡Así no terminaremos nunca!- dijo uno de los elfos.
El joven cogió uno de los escudos del suelo soltando su espada en el proceso.
- ¿Qué haces?- inquirió otro elfo deshaciéndose de un mogo que se le había subido al hombro.
- Yo abro camino, vosotros me seguís, cogemos lo que tenemos que coger de la cueva y salimos.- dijo el joven sonriendo.
- ¿Y el resto?- preguntó señalando a los caídos que intentaban por todos los medios levantarse.
- Pueden aguantar un minuto así.- replicó.
El joven, formando una cuña con los dos escudos triangulares comenzó a avanzar a todo correr al interior de la cueva mientras los mogos salían volando tras su avance y los tres elfos defendían sus flancos para que no se quedara atorado por la viscosidad.
Desaparecieron en el interior y al minuto siguiente salieron de la misma forma, volando mogos por todas partes y los tres elfos con varios cristales pequeños que sólo se encontraban en el interior de la montaña.
- ¡Bien, ahora vosotros os vais llevando a los que logre despegar del suelo!- dijo Cratylus con fuerza.
Haciendo un barrido con el escudo apartó a los mogos que saltaban hacia él y cogió la mano de uno de los caídos. De un tirón logró ponerle en pie, salvo por el hecho de que el elfo llevada pegados a la espalda varios trozos íntegros de hierba.
Se lo llevaron fuera del claro y Cratylus se concentró en alcanzar a otro apartando a la marabunta de anfibios que le rodeaba. El proceso se fue repitiendo hasta que todos lograron salir de la zona de “pegajoso” peligro.
Resollando por el esfuerzo, el humano saltó sobre el último grupo de mogos y se internó en el bosque reuniéndose con el resto de la unidad.
Rheland estaba terriblemente nervioso mientras aguardaba en la pequeña sala a que llegase su turno. Había llegado el día del examen de magia, para comprobar si había aprendido lo suficiente, y era apto para aprender magia a mayor escala por su cuenta. Handeriel le dijo que el examen le cualificaría para el uso de la magia de forma oficial. Y él se llevaba muy pero que muy mal con los exámenes.
- Bueno, al menos no es teórico.- comentó para sí mismo tratando de animarse.
La prueba que tenía que pasar delante de magos expertos consistía en realizar un hechizo o acto de magia desarrollado por él mismo y sin ningún tipo de guía. La prueba tenía finalidades varias, como medir el potencial mágico del examinado, su orientación hacia algún tipo determinado de magia, su capacidad de controlar la magia pese a estar nerviosos y su creatividad.
Aunque yo formé parte del jurado durante un par de años, me busqué un sustituto en cuanto pude, pues basta decir que la mayoría, si no la totalidad, de alumnos se decantan por una impresionante y nada interesante muestra de fuegos artificiales, pirotecnia y luces varias. Cuando ves cientos de veces a gente escribir sus nombres con bengalas flotantes, cualquier persona puede perder el amor por su trabajo.
- ¡Rheland!- llamó una voz desde el otro lado de la puerta.- Por favor, pase al aula.
Tragando saliva con un nudo en la garganta se puso en pie y se encaminó sin prisa alguna a la puerta, pensando casualmente en vacas, mataderos y cosas por el estilo sin relación alguna.
La puerta se abrió lentamente con un crujido prolongado cuando el joven se plantó ante ella. Este efecto pretendía asombrar a los nuevos estudiantes, los cuales creían sin excepción que era una puerta mágica. ¿Es que por existir magia dejan de existir las poleas?
- Ah sí… Rheland el humano…- escuchó decir distraído a uno de los doce elfos sentados a una mesa sencilla alargada.- Estamos expectantes por ver lo que eres capaz de hacer. Beliontar nos ha hablado bien de ti, espero que no nos decepciones.
En una esquina apartada uno de los elfos presentes estaba acurrucado mientras otros dos le trataban de consolar mientras murmuraba cosas incoherentes para el humano, tales como “bengalas, no, por caridad, bengalas no”. Reincido en que tales exhibiciones lumínicas pueden llegar a trastornar a cualquier persona, por muy cuerda que esté.
Con las manos sudorosas, el chico desató una pequeña bolsa de tela que tenía en el cinturón de su túnica y la abrió. Mientras tanto los examinadores miraban con extrañeza los movimientos de aquel desconcertante estudiante de magia, con algo de interés. Vieron cómo sacaba algo del interior de la bolsita y lo sujetaba con fuerza entre sus dedos y se quedó un momento dubitativo.
- Eh…Procede.- dijo el elfo de antes intrigado.
Rheland movió ligeramente la mano y de golpe la abrió, cayendo algo de pequeñas dimensiones al suelo, rebotaba, rodaba un poco y finalmente se detenía. Todos en la sala estaban conteniendo el aliento, pues estaban expectantes, aunque parecía que nada había ocurrido.
- ¿Qué has hecho?- le preguntaron.
- He tirado un dado al que le he introducido poder mágico de forma permanente.- explicó éste con una sonrisa.
- ¿Qué es un dado?
Rheland se calló un momento, ultrajado por la pregunta, y por darse cuenta de que en aquel mundo no conocían los dados. Decidió ser tolerante y explicárselo.
- Es una cosa, que tiene varias caras, y números en cada cara, y que cuando lo lanzas, una de esas caras, que es la que mira hacia arriba, muestra un número, que es al azar.- explicó Rheland tras un suspiro, actuando como si tratase con niños pequeños.
- Ah… ¿Y?
- Pues que como lleva mi magia, según lo que salga hará algo.- explicó condescendiente el chico. Le sorprendía que magos expertos no pudiesen comprender algo tan sencillo como eso. Él se acordaba de aquellas lecciones que le enseñaron que cuanto menos control aplicase, más poderosa sería la magia. Así que pensó; ¿y si no aplicaba ningún control sobre la magia y lo dejaba todo al azar?
- ¿Y qué hace ahora entonces?- insistieron los examinadores.
- No lo sé.- respondió sencillamente.
Todos se quedaron en silencio, sin llegar a comprender del todo lo que les estaba diciendo aquel humano. Viendo sus caras de desconcierto, Rheland trató de hacérselo entender una vez más.
- Hace algo, lo que quiera que sea, al azar. Yo no puedo controlarlo, y ni yo ni nadie puede saber qué pasará.- sonrió satisfecho.
Los ojos de los allí presentes se abrieron de par en par, comprendiendo de pronto lo que había hecho. Francamente, lamento haberme perdido el único examen digno de mención de la escuela. Y aplaudo la iniciativa de aquel joven, que aunque bastante peligrosa, era admirable.
De pronto uno de los elfos más próximos a las ventanas soltó una exclamación de terror y se acercó rápidamente a uno de los supervisores, susurrándole unas palabras al oído y haciendo que ambos se dirigiesen precipitadamente al ventanal.
-¡Oh, por todos los infiernos!- gritó de puro terror.
Todos se acercaron a ver qué era lo que pasaba, y una vez lo vieron, desearon no haber llamado a examinarse a ese chico jamás. Para resumirlo, diré sencillamente que la torre en la que se encontraban todos se había separado del suelo y ascendía a considerable velocidad hacia el cielo.
-¡Anda! Así que era eso.- dijo Rheland con una expresión sorprendida.- Menos mal que usé solo el de diez caras, que tengo otros más fuertes. Cuantas más caras, más posibilidades, ya sabéis.
Los elfos estaban anonadados y asaltados por el miedo, pues no lograban dar con ninguna forma de devolver la torre a su anterior estado inerte.
- ¡Haz algo! ¡Páralo!- le gritó un examinador desesperado a Rheland.
- Ya te lo he dicho, no puedo controlar lo que hace… Pero si quieres puedo tirar otra vez.- propuso con una sonrisa inocente mostrándole el dado que acababa de recoger del suelo.
Sin hacer caso de la cara y la negación de todos en la sala, unánime y coordinada, Rheland volvió a arrojar el dado, el cual todos observaron rodar con un sonido parecido al de la tapa de sus tumbas al cerrarse. Muchos de ellos se habían acurrucado en posición fetal y rezaban a todos los dioses que conociesen y algunos inventados en el proceso.
Cuando el artilugio se detuvo en el marmóreo suelo, a todos les parecía escuchar dentro de sus cabezas una especie de redoble de tambor.
Al instante siguiente, todos se encontraban fuera de la torre, y por suerte en el suelo, donde anteriormente hubiese estado la estructura que albergase la sala de exámenes. Todos los presentes no sabían qué había pasado, pero pensándolo mejor, no querían saberlo. Eran felices de seguir con vida.
- Joder, sí que es suerte.- dijo Rheland totalmente despreocupado.- ¿Qué, he aprobado?
Nadie supo qué responder. Miraron al cielo una vez más para ver como la torre seguía en su vuelo hacia el infinito, y agradecieron de todo corazón el no seguir allí dentro.
Pensándolo detenidamente, lo que ocurrió fue algo para estar orgullosos. Los elfos fuimos los primeros seres de todos los reinos en poner un edificio en órbita. Y al primer pobre ratón oculto en un hueco de la pared como su tripulante, el cual pudo disfrutar de este honor durante unos escasos segundos, antes de que el oxígeno se acabase. Fue un héroe.