Los Relatos

Las obras se actualizarán a discreción de sus respectivos autores, aunque se intentará mantener el plazo de un capítulo cada dos semanas.
Comenzaremos con unas historias que ya poseemos, pero más adelante, aceptaremos solicitudes de participación para publicar obras de nuevos autores.

sábado, 23 de abril de 2011

WTF - Capítulo 5

Leer antes WTF - Capítulo 4

Espadas rotas y gente volando


Después de un par de días dentro de una miseria depresiva causada por el incesante sonido de sus sueños despedazándose como el cristal, para luego caer a un oscuro pozo y ser pisoteados con malicia, ambos compañeros terminaron por recobrar la vitalidad antaño suya. Siendo optimistas, aunque no fuese lo que querían, al menos iban a aprender algo. Posiblemente era momento de ensanchar miras e intentar darle una oportunidad a aquello que hacía solo unos días menospreciaban.
No tuvieron problemas para encontrar tiempo para el adiestramiento, ya que a sus benefactores les parecía una excelente idea que aprendiesen algo útil. Así que en su trabajo pasaron a tener un turno de sólo medio día, para así poder entrenar por la mañana y trabajar por la tarde. Lo malo era que el término “por la mañana” para nosotros los elfos, engloba el tiempo desde que la luna desaparece hasta la hora de comer. Empieza a la hora que en este mundo se la conoce como “cinco de la mañana”.
- ¡Pero por el amor de buda!- increpó Cratylus al techo.- ¡Si todavía no hay ni un maldito rayo de sol!
Se encontraba en el suelo tirado boca arriba. El cómo había llegado a esa situación, similar a la de Rheland, tenía una sencilla explicación; como a los dos les costaba bastante levantarse a esas horas, Handeriel decidió echarles una mano y hechizó sus camas para que a la hora exacta a la que debían levantarse, éstas se levantaban hasta la total verticalidad, echando a los jóvenes con bastante poca amabilidad. La idea era buena, pero no era muy apreciada por los humanos.
Prácticamente sumidos aún en la inconsciencia, se vistieron y desayunaron lo mejor que pudieron. Aún con el cielo oscurecido salieron de la casa y caminaron, guiándose por los pequeños farolillos que iluminaban la calle para encontrar sus respectivos destinos. En un cruce del camino se separaron, sin emitir más ruidos que unos gruñidos de despedida, sólo entendibles por ellos, conocedores de la intención de esos gruñidos, que a lo largo del tiempo he conseguido descifrar como “hasta luego”.
Rheland arrastró sus pies hasta la entrada del edificio que albergaba la sede de la escuela de magia. La escuela era un edificio estrambótico incluso para los estándares de la ciudad, lo cual consiste en un edificio que desafía toda lógica arquitectónica y de buen gusto. Se desdoblaba, curvaba, convergía nuevamente para así alzarse poco a poco en algo realmente desconcertante. Rheland agradeció que fuese de noche por el único motivo de no tener que ver los vivos y variopintos colores que deslumbraban a cualquiera lo suficientemente insensato como para mirar.
Entró por la puerta, normal y de madera, adentrándose en la planta baja del edificio. La escuela se separaba en dos zonas extensas; una era la zona superior, almacén de componentes, archivos y dormitorios, y la inferior, bajo tierra, y que albergaba todas las aulas, laboratorios y habitáculos de prácticas experimentales.
Rheland era un estudiante diferente al resto, ya que casi todos eran internos y dormían y vivían allí, cosa que él no hacía. Y además él no asistía a las clases, porque el erudito que les fue presentado en casa de Handeriel era el que se iba a encargar de adiestrarle personalmente, y de forma privada, así que normalmente se lo llevaba a algún aula desierta para enseñarle durante horas y horas, algunas interminables y otras sólo insufribles, toda la teoría mágica de forma intensiva, pues llevaba unos siete años de retraso.
- Pero… a ver si me aclaro.- comentó el estudiante.- La magia, ¿sale de fuera de uno mismo? O sea, ¿que estoy usando algo que no es mío?- preguntó confundido.
- Ya hemos repasado este concepto cuatro veces, ¿tanto te cuesta aprenderlo?- suspiró Beliontar, que así se llamaba el mago.- La magia proviene del exterior, de tu entorno, del mundo. Es la energía que hace que todo exista y viva, y esa energía es lo que utilizamos para lo que se conoce como magia, que no es otra cosa que moldear esa energía con nuestra propia voluntad.- recitó de memoria.- Y como tantas veces te he dicho, cuanto mayor control ejercemos sobre esta energía, menor poder tendrá el hechizo en cuestión, ya que todo se concentrará en algo muy específico, y además, requerirá mucha voluntad por tu parte. Inversamente, cuanto menor control, más poder, lo cual es poco recomendable, y por eso a los estudiantes jóvenes no se les permite hacer magia hasta que no hayan aprendido a controlarla, porque es muy fácil que se les vaya de las manos, y las manos con el hechizo.
- Vale… Creo que lo voy cogiendo.- respondió Rheland frotándose la sien.- O sea, que cuanto más poder quiera para un hechizo, menos control sobre él, ¿no?
- Básicamente sí, pero no pienses de esa manera, es peligroso.
Ese aviso era muy tardío, en mi opinión, ya que el joven humano tenía una estrafalaria idea que no dejaría de rondar su mente en las semanas siguientes.


El primer día de Cratylus resultó bastante atípico, tanto para él como para sus compañeros de instrucción. El capitán de la guardia que le había sido presentado el día anterior tenía una extraña mirada de curiosidad dirigida al joven que le devolvía una parecida, ya que no sabía qué pretendía encontrar en su rostro con una observación tan exhaustiva.
Cratylus estaba al final de una hilera de elfos, algunos más fornidos que otros, por lo que dedujo que algunos eran nuevos como él y otros simplemente estaban entrenándose para mantener sus habilidades.
El joven aún no dominaba demasiado el idioma, pero aquello no resultó un problema ya que las órdenes eran tan parcas, directas y explícitas que no dejaban lugar a la interpretación.
En un principio les hicieron correr aproximadamente durante una hora sin parar ni un momento, lo que casi le obligó a arrancarse los pulmones del pecho debido a que no tenía suficiente aguante al correr para aquel ejercicio.
Resollando por el esfuerzo miró al resto de sus compañeros de fatigas; los nuevos estaban en el mismo estado que él mientras que los otros no parecían afectados. Cratylus miró a estos últimos con sincero respeto por la hazaña.
- Tú, Wylurith, acércate.- dijo el capitán.
El muchacho miró a los otros de la hilera y se dio por aludido a la llamada. Se acercó con las manos en los bolsillos y bastante relajado pese a la dificultad para respirar.
- ¿Qué pasa?- preguntó el joven.
- ¡No hables si no se te pregunta!- replicó el elfo con fuerza.
- ¿Por qué?- preguntó inocentemente.
Acto seguido el puño del soldado le cruzó la cara con el revés.
- ¡Silencio!- agregó a su acción.- ¡¿Es que no te han enseñado res…?!
Su conversación se interrumpió abruptamente por el pie de Cratylus estrellándose contra el pecho del elfo lanzándolo de espaldas.
- ¡Me cago en todo, ¿a qué viene darme una ostia?!- exigió el joven acercándose a grandes pasos hacia el elfo caído.
El resto salió en defensa del capitán sujetando a Cratylus que cedió en su intento de continuar la pelea.
Uno de los elfos mas fornidos se acercó al caído y le ayudó a levantarse.
- Señor, si me lo permite, le aconsejaría que no levantara la mano contra el humano. No se lo toma nada bien.- dijo el elfo con respeto al cual se le notaba que su nariz había sufrido algún tipo de accidente, reiteradas veces.
Banung y su hija observaban la escena desde un lateral del campo de entrenamiento con caras de satisfacción y sorpresa respectivamente.
- ¿Pero qué hace?- preguntó Nerena.
- Ese capitán tendrá más cuidado la próxima vez.- dijo el herrero con orgullo.
El susodicho capitán miró al humano entre una mueca de sorpresa y respeto, respeto sobre todo porque al parecer podía partirle la cara si quisiera y las consecuencias no parecían importarle.
- De acuerdo, volved a la formación.- ordenó frotándose el pecho.
Los elfos se dispusieron en línea de nuevo y Cratylus observó con seria amenaza al capitán que tenía a su lado. Si tuviera que traducir esa mirada creo que diría algo así: “Como vuelvas a hacerlo te arrepentirás”. Y el elfo supo ver el mensaje tácito.
- Tú, trae dos espadas de entrenamiento y dos escudos.- dijo el elfo señalando a otro.
Después Cratylus y uno de los elfos más entrenados tenían las espadas y los escudos en las manos, todos de madera.
- Quiero ver lo que sabes hacer.- le dijo el capitán al humano.
Cratylus miró la espada de madera no sabiendo muy bien qué tenía que hacer con ella; si usarla de garrote o intentar pinchar a su adversario.
- ¡Empezad!
Al joven le sorprendió la velocidad con la que el elfo se acercó y comenzó a descargar golpes sobre él mientras que Cratylus trataba de interponer el escudo entre él y el elfo. La espada en la mano derecha permanecía baja ya que el joven ni se acordaba de que tenía una.
Retrocedió varios pasos por el violento ataque logrando librarse de los golpes en su mayoría mientras su mente intentaba sobreponerse a la sorpresa.
- ¡¿Pero qué cojones pasa aquí?!- dijo en su idioma.- ¡Para un momento, joder, para, te digo! ¡Que te pares!
El joven alzó el escudo haciendo un arco frente a él con la intención de apartar la espada de su contrincante, pero lo que consiguió fue impactar de lleno en la cara del elfo que le atacaba con tanta saña, retumbando el sonido del golpe en todo el campo y derribándolo en el acto.
Cratylus, jadeante, miró al elfo en el suelo y le pinchó un poco con la espada para ver si reaccionaba.
- Eh… Creo que se ha caído.- dijo el humano mirando al capitán.
- Le has golpeado.- rectificó éste.
- Eh, él me estaba atacando.- se defendió el joven.- Ha sido en defensa propia.
El capitán se acercó con lentitud y miró al elfo en el suelo, comprobó que seguía con vida, solo que con un chichón considerable en la frente, se levantó y miró al joven.
- Solo un apunte; el escudo es para defender, la espada para atacar.
- Ya, me lo figuraba, pero él está en el suelo.- señaló Cratylus.
A lo lejos se podían escuchar las carcajadas de Banung, que aplaudía la acción del muchacho en el combate.
- Bien, ahora intenta atacar tú.- dijo el capitán señalando a otro contrincante.- Pero… con calma, sólo para probar.
- Con la espada, supongo.- replicó el muchacho.
- Por supuesto.- contestó asintiendo.
Cratylus se acercó a grandes pasos hacia el elfo que a cada paso sus ojos iban saliéndosele de las órbitas al ver cómo el joven alzaba la espada por encima de su cabeza y descargaba un tremendo golpe sobre el escudo, lo que obligó al elfo a hincar las rodillas en el suelo. Al primero le siguió otro y luego otro más hasta que elfo estaba prácticamente tumbado en el suelo acurrucándose detrás del escudo.
- ¡Piedad, por favor, piedad!- suplicó el elfo.
- ¡Ya vale, ya puedes parar!- gritó el capitán por encima del estruendo del entrechocar de la madera y las astillas volando por doquier.
Cratylus se detuvo y miró al elfo que temblaba tras el escudo.
- Ups, creo que me he dejado llevar.- dijo a modo de disculpa.
El elfo dejó caer al escudo con lentitud y descubrió un brazo amoratado y rojizo el cual se acariciaba con una mueca de lastima y dolor.
Banung se acercó con una sonrisa de oreja a oreja seguido de su hija que miraba al humano con una mueca de aprensión y pavor.
- ¿Qué haces aquí, herrero?- preguntó el capitán extrañado.
- Oh, disfruto del espectáculo de ver vuestros culos arrastrados por el suelo. Y me pareció buen momento para tomar medidas.
- ¿Medidas?
- Cascos y armaduras, creo que os harán falta.
A partir del día siguiente no se entrenaba sin una armadura acolchada a excepción de Cratylus, que lo encontraba incómodo y restringía sus movimientos.


Aquella noche estaban ambos humanos sentados, o más bien derrumbados, en la mesa para cenar. Sus respectivos entrenamientos habían dejado mella en ellos y los había dejado exhaustos. Por si fuese poco, tras entrenar y comer rápidamente tuvieron que acudir a sus respectivos puestos de trabajo, donde sus jefes parecían no darle importancia a las anteriores actividades de los jóvenes y no pensaban dejarles bajar el ritmo de trabajo.
- ¡Pero tú no has tenido que pelearte con gente!- protestó Cratylus.- ¿Cómo vas a estar tan cansado?
- Horas y horas de teoría, y tú sabes cuánto lo odio.- argumentó Rheland.- Y luego nos pusimos a practicar algo de manipulación de energía, a pequeña escala. Y te aviso, cansa de cojones.
- Oh, ¿ya has empezado a aprender manipulación de energía?- inquirió Handeriel sorprendido.- Normalmente se empieza bastante más tarde.
- Sí, bueno, el profesor dice que es tontería ver la teoría sin ponerla en práctica, así que hemos empezado así de buenas.
- ¿Y ya has aprendido a hacer algo?- preguntó Cratylus escéptico.
- Sí, aunque es poca cosa, ¡mira!- dijo sonriente su amigo.
Rheland acercó su dedo índice al brazo de Cratylus, pareciendo que iba a tocarle, pero se detuvo a escasos centímetros de él. Entonces de la yema de su dedo brotó una diminuta descarga eléctrica que hizo que su amigo pegase un bote en su asiento, sorprendido y ligeramente molesto.
- ¡Ah, joder!- exclamó Cratylus.- ¡Tío, para, ya, quieto!- continuó mientras Rheland, con una sonrisa seguía soltándole pequeños chispazos.
Éste paró, con lágrimas en los ojos y sin poder respirar debido a la incontrolable risa que se había apoderado de él. Handeriel y Maedith les miraban con una cara entre el estupor y la indiferencia causada por la costumbre de verles a diario.
- ¿Y tú qué tal?- cambió Rheland de tema.
- Pues… creo que les he caído mal a los compañeros.- comentó preocupado su amigo.
- ¿Y eso?- preguntó extrañado el joven.- Si tú sueles ser simpático.
- Pues no sé, pero cuando el instructor nos pidió ponernos por parejas, nadie se quería poner conmigo. Terminé entrenando con un muñeco de instrucción.- añadió.
- Oh, vaya, ¿pero aprendiste algo?
- Sí, que es mejor no golpearles muy fuerte. No aguantan nada.- contestó Cratylus.
Esa misma tarde, el cuerpo del orden de la ciudad encargó una nueva remesa de muñecos de entrenamiento. Se habían quedado con muy pocos de ellos intactos. Los de repuesto, principalmente.


El entrenamiento había mejorado notablemente con el paso de las dos semanas siguientes. Supervisado por el instructor, y con muñecos al principio, con algo de armadura, y grandes dosis de paciencia al final, Cratylus experimentó una mejora en su forma de combatir, pudiendo medir la fuerza de sus golpes hasta cierto punto, ya que el trabajo de herrero le había proporcionado una masa muscular considerable a la que aún no estaba acostumbrado del todo. Ya conocía y podía efectuar ataques diversos, no consistiendo únicamente en impactos sin control ni medida, cosa que agradecieron sus compañeros, y esto le permitía participar en combates de mayor interés técnico, y así el público que empezaba a acudir a los entrenamientos podía apreciar los combates en su mayoría. Por supuesto, esto no significaba que Cratylus dejase de ejercer una fuerza tal vez excesiva en algunos de sus golpes, básicamente porque el capitán aún no había logrado convencer al joven de que no atacase con el escudo.
El público congregado consistía en elfos desocupados, y Banung y Nerena. El herrero por su parte montaba apuestas en los combates acerca de quién acabaría más magullado de entre los oponentes del humano.


Tras dosis insufribles de contenido teórico, aderezado con teoría, con unas gotitas de conocimientos teóricos, servido sobre una base de lecciones teóricas, Rheland terminó por comprender de un modo bastante general los conocimientos básicos de la magia, y también por estar a punto de arrancarse los ojos a través de los oídos.
Las clases prácticas fueron bastante escasas al principio, y las había de dos tipos; en las que no ocurría nada de nada, o en las que un pupitre o una silla reventaban misteriosamente. Por suerte el joven humano logró algo de destreza en la manipulación de energía y ya podía realizar algunas de las más básicas operaciones sin mayores contratiempos que algunas descargas estáticas, a las que parecía estar aficionado.
Ahora se encontraba en una clase práctica, sentado a una mesa, con Beliontar de pie al otro extremo y una pluma entre los dos.
- Recuerda, una pluma pesa muy poco, así que lo que más importa ahora no es la potencia, sino la forma.- explicaba el mago.- Debes concentrarte en la estructura, y moldear la energía para que levante la pluma. Vamos, inténtalo.
El muchacho puso cara de concentración mientras intentaba entender lo que le estaba diciendo el profesor de magia. Se arremangó, hizo crujir las vértebras de su cuello y se concentró en la energía de su alrededor. El instructor vio cómo la pluma, en lugar de ascender parecía hacerse más pequeña cada vez.
- No, mal, no tienes que hacerla más pequeña, eso lo hicimos la semana pasada, tienes que…- se interrumpió viendo que el aprendiz le miraba con cara de sorpresa.- ¿Qué ocurre?
Entonces cayó en la cuenta de que el aula parecía ser más baja, y de que no notaba el suelo bajo sus pies. Bajó la vista y se dio cuenta de que él era quien estaba flotando en medio del aire, con ojos como platos.
- ¡Bájame!- exclamó sobresaltado Beliontar viendo cómo el techo se acercaba a un ritmo lento pero preocupante.
- ¡Aún no me has enseñado a bajar las cosas, sólo a subirlas!- comentó confuso el joven.
- ¡Sólo para, deja de concentrarte!- dijo rápidamente el mago.
- ¿Seguro? ¿Así sin más?- preguntó no muy convencido.
- ¡Sí, sí!
- Pues vale…
Acto seguido Beliontar cayó con todo su peso hacia el suelo, y el aterrizaje no fue todo lo suave que éste hubiera deseado, teniendo en cuenta el suelo de piedra, básicamente. El maestro se incorporó despacio y dolorido.
- Vale, creo que tenemos que trabajar un poco con la localización, creo que la teoría no te ha quedado muy clara, habrá que repasarlo otra vez.
Un agónico grito se escuchó fuera de la escuela.


- Bien, escuchadme, hoy pondremos a prueba vuestra compenetración como grupo en una unidad de ataque. ¡Todos dependéis de todos! ¡Las órdenes se llevan a rajatabla pues en un combate no hay tiempo para considerarlas! ¡Aunque parezcan absurdas o que no llevan a ninguna parte, tienen un objetivo! ¡Y por último, las pretensiones personales no importan, sois una unidad y os comportareis como tal!- dijo el capitán de la guardia casi gritando a los cadetes.
Cratylus miró a sus compañeros que estaban tan firmes que sólo hubieran conseguido un efecto parecido con un palo metido por el culo y sus caras rebosaban orgullo y nerviosismo. Él no le veía la gracia a tener que salir para conseguir una especie de trofeo para demostrar que podían actuar como un equipo, pero todos parecían estar de acuerdo y él, aunque le pesara en ese momento, era parte del equipo.
Se había designado a Rendil como líder del equipo y quien les dirigiría en el ataque.
El joven estaba henchido de orgullo, algo que no comprendía Cratylus. Si al joven le hubieran dicho que iban a participar en una gran batalla, pues vale, pero iban a atacar una madriguera de sapos. ¿Cómo se puede estar orgulloso de eso?
Los mogos eran una especie de anfibio cuya sangre resultaba muy pegajosa, se agrupaban en grandes cantidades y podían, si atacaban en tropel, inmovilizar a toda una tropa sin demasiado esfuerzo.
Estaban armados con espadas cortas y escudos y unos petos de cuero ligero ya que deberían poder moverse con rapidez y con libertad.
- Andando.- dijo Rendil con autoridad.
Cratylus resopló y siguió la marcha con dejadez. Él quería un dragón de enemigo, no un mísero sapo gordo y asqueroso.
Salieron de la ciudad a los pocos minutos y la marcha se convirtió en una carrera por el bosque en la que el joven comprendió la diferencia entre él y los elfos cuando ellos lograban correr a la misma velocidad que él pero sin hacer apenas ruido mientras que él hacía mucho ruido con sus pisadas.
Cratylus tampoco les sacaba dos cuerpos a sus compañeros, pero desde luego era fácilmente diferenciable en la lejanía ya que de hombro a hombro era elfo y medio, dejando claro que los elfos son bastante delgados por naturaleza.
Debo decir, respecto a los cánones humanos, que Cratylus había conseguido una buena musculatura sin que ésta tampoco resultase muy llamativa entre otros de su especie, pero entre elfos resaltaba, no cabía duda.
No tuvieron en cuenta el ruido que hacía, ya que contaban con que el joven no era capaz de pisar con la elegancia y delicadeza que posee mi gente.
Media hora después de haber salido de la ciudad Rendil dio el alto con un gesto y todos se agacharon automáticamente. El líder les llevó por entre los arboles hasta que vieron a los lejos un pequeño claro frente a una cueva en la ladera de la montaña más cercana a Ala-sagar. Frente a la boca de la cueva había varios mogos saltando apaciblemente en el claro.
Cratylus torció más el gesto al comprobar que, sí, eran sapos gordos de un color púrpura. Con la moral hundida siguió a tres de sus compañeros que se dirigieron al flanco derecho del claro.
Caminando más lentamente podía reducir bastante el ruido que hacía y a los pocos segundos todos estaban dispuestos formando un semicírculo rodeando el claro.
Rendil hizo unos gestos que todos comprendieron y se prepararon para atacar. Al instante siguiente entró seguido por todos en el claro dando muerte a los pocos sapos que allí se encontraban.
Su sangre, del mismo color que su piel, salpicaba por doquier manchando las espadas y botas de los “valientes” soldados élficos. El humano miró al sapo que le devolvía una mirada vidriosa a sus pies. El joven miró su espada y suspiró para luego soltar una patada al mogo mandándolo al bosque.
Todos los sapos yacían muertos a excepción del que estaba inconsciente en los arbustos y fue cuando escucharon el ruido que provenía de la cueva. El croar de cientos de mogos.
Todos retomaron la formación formando una cuña frente a la cueva esperando la embestida de la horda anfibia.
- Matadlos rápido e iremos avanzando poco a poco. Si alguien no puede moverse le ayudarán los que estén a sus lados.- dijo Rendil con seguridad.
Cratylus, con una mueca de desdén miró a su derecha encontrándose al final de la fila, por lo que si se quedaba atrapado, sólo tendría a un compañero para ayudarle.
Los sapos no tardaron en hacer su aparición saliendo a docenas de la cueva con su incesante croar y escupiendo una pasta tan pegajosa como su sangre.
- ¡Mantened la posición!- gritó el líder del grupo comenzando a cortar a destajo todo anfibio que estaba a su alcance.
El humano no se encontraba de humor para ir cortando a los sapos por lo que se contentaba con darles patadas dejándolos noqueados y a los que lograban saltar a suficiente altura los mandaba volando al bosque de un golpe de escudo.
Pasó un largo minuto de carnicería anfibia cuando de pronto las oleadas aumentaron de número.
- ¡Nazgûl!- gritó el capitán con fuerza mientras los sapos saltaban sobre él escupiendo y cegándole.
- ¿Cómo dices?- preguntó Cratylus extrañado.
- Retroceder.- informó su compañero cubierto por la sangre de los mogos.- Es una jerga del ejército.
- Ah, por un momento me asusté.- dijo el joven terriblemente aliviado, aun no sé por qué.
Comenzaron a retroceder paso a paso, pero ya muchos de la unidad estaban pegados al suelo y la afluencia de sapos empezaba a derribar a algunos, lo cual provocaba que se quedaran pegados al suelo.
Al minuto siguiente solo quedaban en pie Cratylus y tres elfos más.
- Eh… creo que la hemos cagado.- dijo el humano viéndose rodeado de sapos por todas partes.
- ¡Así no terminaremos nunca!- dijo uno de los elfos.
El joven cogió uno de los escudos del suelo soltando su espada en el proceso.
- ¿Qué haces?- inquirió otro elfo deshaciéndose de un mogo que se le había subido al hombro.
- Yo abro camino, vosotros me seguís, cogemos lo que tenemos que coger de la cueva y salimos.- dijo el joven sonriendo.
- ¿Y el resto?- preguntó señalando a los caídos que intentaban por todos los medios levantarse.
- Pueden aguantar un minuto así.- replicó.
El joven, formando una cuña con los dos escudos triangulares comenzó a avanzar a todo correr al interior de la cueva mientras los mogos salían volando tras su avance y los tres elfos defendían sus flancos para que no se quedara atorado por la viscosidad.
Desaparecieron en el interior y al minuto siguiente salieron de la misma forma, volando mogos por todas partes y los tres elfos con varios cristales pequeños que sólo se encontraban en el interior de la montaña.
- ¡Bien, ahora vosotros os vais llevando a los que logre despegar del suelo!- dijo Cratylus con fuerza.
Haciendo un barrido con el escudo apartó a los mogos que saltaban hacia él y cogió la mano de uno de los caídos. De un tirón logró ponerle en pie, salvo por el hecho de que el elfo llevada pegados a la espalda varios trozos íntegros de hierba.
Se lo llevaron fuera del claro y Cratylus se concentró en alcanzar a otro apartando a la marabunta de anfibios que le rodeaba. El proceso se fue repitiendo hasta que todos lograron salir de la zona de “pegajoso” peligro.
Resollando por el esfuerzo, el humano saltó sobre el último grupo de mogos y se internó en el bosque reuniéndose con el resto de la unidad.


Rheland estaba terriblemente nervioso mientras aguardaba en la pequeña sala a que llegase su turno. Había llegado el día del examen de magia, para comprobar si había aprendido lo suficiente, y era apto para aprender magia a mayor escala por su cuenta. Handeriel le dijo que el examen le cualificaría para el uso de la magia de forma oficial. Y él se llevaba muy pero que muy mal con los exámenes.
- Bueno, al menos no es teórico.- comentó para sí mismo tratando de animarse.
La prueba que tenía que pasar delante de magos expertos consistía en realizar un hechizo o acto de magia desarrollado por él mismo y sin ningún tipo de guía. La prueba tenía finalidades varias, como medir el potencial mágico del examinado, su orientación hacia algún tipo determinado de magia, su capacidad de controlar la magia pese a estar nerviosos y su creatividad.
Aunque yo formé parte del jurado durante un par de años, me busqué un sustituto en cuanto pude, pues basta decir que la mayoría, si no la totalidad, de alumnos se decantan por una impresionante y nada interesante muestra de fuegos artificiales, pirotecnia y luces varias. Cuando ves cientos de veces a gente escribir sus nombres con bengalas flotantes, cualquier persona puede perder el amor por su trabajo.
- ¡Rheland!- llamó una voz desde el otro lado de la puerta.- Por favor, pase al aula.
Tragando saliva con un nudo en la garganta se puso en pie y se encaminó sin prisa alguna a la puerta, pensando casualmente en vacas, mataderos y cosas por el estilo sin relación alguna.
La puerta se abrió lentamente con un crujido prolongado cuando el joven se plantó ante ella. Este efecto pretendía asombrar a los nuevos estudiantes, los cuales creían sin excepción que era una puerta mágica. ¿Es que por existir magia dejan de existir las poleas?
- Ah sí… Rheland el humano…- escuchó decir distraído a uno de los doce elfos sentados a una mesa sencilla alargada.- Estamos expectantes por ver lo que eres capaz de hacer. Beliontar nos ha hablado bien de ti, espero que no nos decepciones.
En una esquina apartada uno de los elfos presentes estaba acurrucado mientras otros dos le trataban de consolar mientras murmuraba cosas incoherentes para el humano, tales como “bengalas, no, por caridad, bengalas no”. Reincido en que tales exhibiciones lumínicas pueden llegar a trastornar a cualquier persona, por muy cuerda que esté.
Con las manos sudorosas, el chico desató una pequeña bolsa de tela que tenía en el cinturón de su túnica y la abrió. Mientras tanto los examinadores miraban con extrañeza los movimientos de aquel desconcertante estudiante de magia, con algo de interés. Vieron cómo sacaba algo del interior de la bolsita y lo sujetaba con fuerza entre sus dedos y se quedó un momento dubitativo.
- Eh…Procede.- dijo el elfo de antes intrigado.
Rheland movió ligeramente la mano y de golpe la abrió, cayendo algo de pequeñas dimensiones al suelo, rebotaba, rodaba un poco y finalmente se detenía. Todos en la sala estaban conteniendo el aliento, pues estaban expectantes, aunque parecía que nada había ocurrido.
- ¿Qué has hecho?- le preguntaron.
- He tirado un dado al que le he introducido poder mágico de forma permanente.- explicó éste con una sonrisa.
- ¿Qué es un dado?
Rheland se calló un momento, ultrajado por la pregunta, y por darse cuenta de que en aquel mundo no conocían los dados. Decidió ser tolerante y explicárselo.
- Es una cosa, que tiene varias caras, y números en cada cara, y que cuando lo lanzas, una de esas caras, que es la que mira hacia arriba, muestra un número, que es al azar.- explicó Rheland tras un suspiro, actuando como si tratase con niños pequeños.
- Ah… ¿Y?
- Pues que como lleva mi magia, según lo que salga hará algo.- explicó condescendiente el chico. Le sorprendía que magos expertos no pudiesen comprender algo tan sencillo como eso. Él se acordaba de aquellas lecciones que le enseñaron que cuanto menos control aplicase, más poderosa sería la magia. Así que pensó; ¿y si no aplicaba ningún control sobre la magia y lo dejaba todo al azar?
- ¿Y qué hace ahora entonces?- insistieron los examinadores.
- No lo sé.- respondió sencillamente.
Todos se quedaron en silencio, sin llegar a comprender del todo lo que les estaba diciendo aquel humano. Viendo sus caras de desconcierto, Rheland trató de hacérselo entender una vez más.
- Hace algo, lo que quiera que sea, al azar. Yo no puedo controlarlo, y ni yo ni nadie puede saber qué pasará.- sonrió satisfecho.
Los ojos de los allí presentes se abrieron de par en par, comprendiendo de pronto lo que había hecho. Francamente, lamento haberme perdido el único examen digno de mención de la escuela. Y aplaudo la iniciativa de aquel joven, que aunque bastante peligrosa, era admirable.
De pronto uno de los elfos más próximos a las ventanas soltó una exclamación de terror y se acercó rápidamente a uno de los supervisores, susurrándole unas palabras al oído y haciendo que ambos se dirigiesen precipitadamente al ventanal.
-¡Oh, por todos los infiernos!- gritó de puro terror.
Todos se acercaron a ver qué era lo que pasaba, y una vez lo vieron, desearon no haber llamado a examinarse a ese chico jamás. Para resumirlo, diré sencillamente que la torre en la que se encontraban todos se había separado del suelo y ascendía a considerable velocidad hacia el cielo.
-¡Anda! Así que era eso.- dijo Rheland con una expresión sorprendida.- Menos mal que usé solo el de diez caras, que tengo otros más fuertes. Cuantas más caras, más posibilidades, ya sabéis.
Los elfos estaban anonadados y asaltados por el miedo, pues no lograban dar con ninguna forma de devolver la torre a su anterior estado inerte.
- ¡Haz algo! ¡Páralo!- le gritó un examinador desesperado a Rheland.
- Ya te lo he dicho, no puedo controlar lo que hace… Pero si quieres puedo tirar otra vez.- propuso con una sonrisa inocente mostrándole el dado que acababa de recoger del suelo.
Sin hacer caso de la cara y la negación de todos en la sala, unánime y coordinada, Rheland volvió a arrojar el dado, el cual todos observaron rodar con un sonido parecido al de la tapa de sus tumbas al cerrarse. Muchos de ellos se habían acurrucado en posición fetal y rezaban a todos los dioses que conociesen y algunos inventados en el proceso.
Cuando el artilugio se detuvo en el marmóreo suelo, a todos les parecía escuchar dentro de sus cabezas una especie de redoble de tambor.
Al instante siguiente, todos se encontraban fuera de la torre, y por suerte en el suelo, donde anteriormente hubiese estado la estructura que albergase la sala de exámenes. Todos los presentes no sabían qué había pasado, pero pensándolo mejor, no querían saberlo. Eran felices de seguir con vida.
- Joder, sí que es suerte.- dijo Rheland totalmente despreocupado.- ¿Qué, he aprobado?
Nadie supo qué responder. Miraron al cielo una vez más para ver como la torre seguía en su vuelo hacia el infinito, y agradecieron de todo corazón el no seguir allí dentro.

Pensándolo detenidamente, lo que ocurrió fue algo para estar orgullosos. Los elfos fuimos los primeros seres de todos los reinos en poner un edificio en órbita. Y al primer pobre ratón oculto en un hueco de la pared como su tripulante, el cual pudo disfrutar de este honor durante unos escasos segundos, antes de que el oxígeno se acabase. Fue un héroe.

lunes, 18 de abril de 2011

WTF - Capítulo 4

Leer antes WTF - Capítulo 3

Las reglas de este mundo


Cratylus y Rheland estaban de un humor apático después de las noticias del día anterior. Nada más recibir el ofrecimiento de Handeriel, los dos se retiraron a una habitación que habían preparado para ambos y constaba del mobiliario básico y un par de camas algo cómodas. No tenían ganas de hablar con nadie, ni siquiera entre ellos, así que durmieron durante el resto del día y toda la noche.
He de decir, que aunque hubiese pasado bastante tiempo, aún quedaban horas de luz, ya que los días en mi mundo son sensiblemente más largos que en éste, por haber dos soles y algunas otras cosas de difícil explicación. Aquí los días duran veinticuatro horas, mientras que en mi antiguo hogar llegan a las treinta y seis. Las noches duran parecido, pero el día puede hacerse bastante largo y cansado.
Al comenzar ambos astros a pegar con fuerza a través de las cortinas de la estancia los jóvenes se vieron incapaces de continuar con su descanso, lo cual era lógico, pues llevaban más o menos doce horas durmiendo.
Durante unos minutos ambos se removieron inquietos entre las sábanas, despertándose del todo.
- Joder, tío, pensé que jamás diría esto, pero…- habló Rheland con la boca aún pastosa.- Estoy harto de dormir.
- Y yo…Y mira que me ha costado coger el sueño…
Al poner los pies en el suelo, vieron que en la pequeña mesa que tenían en la habitación estaban dos bandejas de comida que contenían frutas frescas variadas.
- Ah, mira, el desayuno.- dijo Cratylus con desgana, que cogió una manzana y empezó a morderla, pese a que no se encontraba con mucha hambre.
Comieron en silencio, tratando de no pensar en lo acaecido el día anterior, pero sin ser capaces de que esos pensamientos abandonasen sus mentes.
- ¿Qué haremos ahora?- murmuró Rheland más para sí mismo que para hacerse escuchar.
Su amigo le miró a la cara pensativo.
- Pues verás, he estado pensando esta noche en lo que nos espera, y la verdad, no me agrada mucho la idea de quedarnos aquí encerrados indefinidamente sin poder hacer nada.- comentó el muchacho.
- ¿En qué estás pensando?
- Mira, podríamos aprovechar esta situación, en cierto modo.- dijo Cratylus enigmáticamente.
- Me temo que no te sigo…- contestó Rheland rascándose la cabeza.
Cratylus le miró con un extraño brillo en los ojos.
- Tú has visto lo mismo que yo, ¿no?- afirmó, más que preguntar.- Magos, guerreros…
- Ajá…
- ¿Recuerdas a nuestros personajes homónimos? ¿Qué eran?
- El tuyo era mago y el mío un guerrero. Pero no entiendo qué tiene que…- Rheland se interrumpió y le miró con los ojos abiertos de par en par.- No pretenderás que nosotros…
- Exacto.- dijo con una sonrisa de oreja a oreja.- Podríamos aprender y entrenarnos para ser como ellos. ¿Qué te parecería ser un guerrero? ¿Y que yo sea mago?
- Sería estupendo, pero…no creo que sea posible.- dijo Rheland sin estar muy convencido.- Además, no sabemos nada de nada de este mundo, ni nada de esta ciudad, ni de los elfos, ni el idioma ni nada.
- Sí…Imagino que primero deberíamos intentar aprender algo de este mundo.- concedió Cratylus.- El idioma, por empezar con lo primordial.
- ¿Y si le pidiéramos los pergaminos que usó el… el tío éste para poder hablar con la gente?- preguntó.
- Handeriel. Y no, ya que los pergaminos se rompen nada más usarlos, así que no pienso cargar con cientos de hojas para poder hablar con cada persona.
Rheland suspiró apenado y ambos decidieron hablar con su anfitrión para pedir consejo y cualquier posible ayuda.
No tardaron en encontrarle ya que estaba sentado en el salón leyendo un libro a la luz de una esfera brillante que flotaba sobre su cabeza. Los dos jóvenes miraron la esfera un instante antes de encogerse de hombros y seguir a lo suyo.
Cratylus hizo varias señas a Handeriel el cual comprendió rápidamente echando mano de dos papeles que tenía preparados en la mesilla junto a él.
- ¿Ocurre algo?- preguntó habiendo leído los dos pergaminos.
- Hemos estado pensando en nuestra situación…
- Es comprensible.- confirmó el elfo.
- Sí, bueno, y creemos que sería bueno para nosotros algún tipo de actividad o algo semejante para poder aprender vuestro idioma y así no depender de esos papeles. ¿Aquí existe algo así como una escuela de idiomas?- preguntó Rheland.
- No sé muy bien a qué os referís, pero si vuestro propósito es aprender un poco puedo intentar buscar algo que se adapte un poco a vosotros para que os vayáis desenvolviendo.
- Estaría bien. ¿Qué podríamos hacer?- preguntó Cratylus.
- Puedo… creo que podría encontraros trabajo, por lo menos a uno inmediato ya que un amigo de la biblioteca necesita a un ayudante. ¿Os interesa a alguno? Os ganaríais un sueldo además de aprender un poco.- sugirió el anciano.
Ambos asintieron convencidos.
- Creo que este tipo de trabajo convendría más a Rheland ya que tú, Cratylus, bueno, eres algo famoso…
- ¿Cómo?
- Casi toda la ciudad sabe de tus arranques y como dejaste inconscientes a cinco elfos, aunque ya les expliqué que todo fue un malentendido y he pedido que os traten con amabilidad ya que sois mis invitados, pero te tienen algo de miedo. Os daréis cuenta además de que os llaman con nombres diferentes.
- ¿Nombres?- preguntó Rheland extrañado.
- Cywen y Wylurith.- dijo señalando a Rheland y a Cratylus respectivamente.- Lo que significan es “Resbaladizo” y “Bestia”.
- Nos han puesto motes.- dijo Cratylus impactado.
- Les hemos dejado una buena impresión.- replicó Rheland riendo por lo bajo.
- Así que tardaré un poco más en encontrar algo para ti, Cratylus. Pero algo habrá.
- De acuerdo.- dijo el joven encogiéndose de hombros.
Tampoco tenía “tanta“ prisa por ponerse a trabajar.


- Así que aquí voy a trabajar…- dijo Rheland.- Mola.
Estaban él, Cratylus y Handeriel de pie frente a la entrada de un edificio de los más grandes que había en la ciudad. Fácilmente se lo habría podido comparar en tamaño con uno de esos edificios de viviendas de cinco pisos que tan frecuentes son en este mundo. Además sus paredes brillaban con un color que alternaba entre en azul y el verde según cómo se mirase y que hacía parecer como si sobre su superficie estuviese resbalando algún tipo de extraño líquido constantemente. Amplios ventanales adornaban la fachada cada pocos metros, pues la iluminación es un elemento fundamental en una biblioteca, y junto a la acristalada bóveda permitían el acceso casi total de la luz que le llegaba de los soles.
Los tres se dirigieron hacia la entrada del recinto, que tendría cerca de unos diez metros de altura por cuatro de anchura, y ya desde fuera se podía sentir un aura de silencio que parecía exudar la propia biblioteca desde su interior. Un elfo de aspecto venerable aunque vigoroso les esperaba en el umbral con aire paciente.
Se detuvieron frente a él nada más llegar y Handeriel se puso de inmediato a conversar con él, entendiendo los jóvenes que estaba realizando las presentaciones y comentándole que Rheland sería su ayudante en la biblioteca mientras señalaba al mencionado. El otro anciano le devolvió unas cuantas palabras amables y después ambos se volvieron hacia ellos.
- De acuerdo… Éste es Reniel, uno de los elfos más ancianos y respetados de la ciudad.- les introdujo el elfo.- Él es el bibliotecario y a partir de ahora tú trabajarás para él, Rheland. Le ayudarás en todo lo que necesite y te pida. Además, parece encantado de poder contar con un ayudante tan joven y lleno de vitalidad, según me ha dicho.
- Ah…Encantado, o como quiera que se diga.- respondió el interpelado.
El mago hizo la traducción y el bibliotecario sonrió divertido.
- Ye le he explicado que no conoces absolutamente nada del idioma, así que al principio te hablará con señas mientras trata de enseñarte algo de nuestro idioma.- explicó Handeriel.- También le he dejado un par de pergaminos de los míos por si hacen falta para alguna situación especial. Así que nada, buena suerte, y trata de esforzarte. Y ahora tú.- dijo dándose la vuelta mirando a Cratylus.- Ven conmigo, tal vez podamos encontrarte algo mirando por ahí.
- Bueno, tómatelo con calma.- propuso éste.- Con la mala fama que parezco tener me pregunto si alguien querrá contratarme. Y bueno, tú no la cagues.- le dijo a Rheland guiñándole un ojo.
Ambos se marcharon de allí dejando solos al bibliotecario y a Rheland, que miró con cierta aprensión cómo se marchaban. Reniel le hizo una seña para que le acompañase al interior del edificio, cosa que hizo.


Cratylus y Handeriel caminaban despacio por la calle, mirando hacia todos lados, mientras el elfo parecía buscar algo, pero lo que veía no terminaba de convencerle al parecer.
- ¿Puedo preguntarte qué tipo de cosas se te dan bien?- preguntó el elfo.- Así tal vez podría buscar algo que se ajustase mejor a tus posibilidades.
- He hecho un poco de todo, pero… no es que tenga algo que se me dé especialmente bien.
- Aparte de golpear a la gente.- añadió Handeriel.
- Bueno, sí, aunque no es mi especialidad.- dijo riendo la broma.
Continuaron vagando sin rumbo fijo por toda la ciudad. De pronto, un elfo les vio de lejos, abrió los ojos mirándoles detenidamente y se acercó a ellos a la carrera. El elfo en cuestión era bastante más corpulento que el resto, como pudo comprobar Cratylus, comparándolo con los estándares élficos. Al verle acercarse de esa manera, el joven se puso detrás del mago, pues no sabía con qué intenciones se aproximaba el otro, y no quería comprobarlo por si eran malas. El elfo se detuvo delante de Handeriel y le dedicó una amplia sonrisa a Cratylus, que no supo qué responder a eso. Acto seguido éste se puso a hablar con Handeriel rápida y fervorosamente, a la par que hacía grandes aspavientos con las manos. Cratylus apenas podía seguir la conversación por lo que decía el mago, así que se propuso esperar a que acabase y le hiciese un resumen.
A los pocos minutos ambos pararon de hablar y se volvieron hacia Cratylus, que les miró desconfiado.
- Por si acaso, yo no he hecho nada. Que quede claro.- dijo a la defensiva.
- No, no, nada de eso, verás, éste es Banung, nuestro herrero, y parece ser que es un admirador tuyo.- explicó Handeriel.
Cratylus parpadeó un par de veces, chocado por la noticia.
- ¿Cómo dices?
- Sí, me ha dicho que te diga que le agradó mucho la lección que le diste a los guardias de la ciudad.- comentó el elfo.- Dejaste claro que les falta entrenamiento, como él lleva diciendo mucho tiempo, y por eso te lo agradece.
- Ah, ¿entrenan poco?- preguntó el joven.
- No, lo que pasa es que según él deberían tenerles durante todo el día corriendo llevando pesas a cuestas para endurecerles el carácter.
- Oh.
- Oye, se me ocurre una cosa.- dijo de repente el mago, volviéndose hacia el herrero. Volvieron a hablar durante un breve tiempo en el que una amplia sonrisa se empezaba a dibujar en la cara de Banung.
- ¡Ya está!- dijo Handeriel contento mirando a Cratylus.- Te acabo de encontrar trabajo; serás el aprendiz del herrero. ¡Enhorabuena! Es un puesto de importancia.
- ¿Ah, sí?- preguntó extrañado.
- Claro, la ciudad sólo tiene un herrero, y él es el fabricante de todas nuestras armas y armaduras. Es un honor poder aprender de él.- añadió el elfo.- Hala, pues ya te quedas con él y te lleva a la herrería y te enseña todo. Os esperaré esta noche para celebrar con una buena cena que todo ha salido bien.
Y sin decir nada más, dio la vuelta y se marchó. Con una sonrisa, Banung le dio una palmada vigorosa en la espalda, que le dejó sin aire momentáneamente.
- Un momento…- pensó Cratylus.- Armas y armaduras… ¿para toda una ciudad? Dios, creo que me va a tocar currar como un esclavo.


La caminata les llevó varios minutos hasta que llegaron a un edificio que no disponía de paredes. Tres grandes forjas, con inmensos fuelles en su base accionados por poleas, se erguían en línea atravesando un techo de madera. De las vigas que lo componían colgaban docenas de armas a medio hacer y multitud de herramientas tales como martillos y tenazas y tres grandes yunques estaban dispuestos frente a las forjas además de varias mesas de madera y cubos de agua repartidos por el lugar.
- Tú no tienes miedo a que te roben, ¿verdad?- comentó el joven viendo la facilidad con la que alguien podría meterse en la herrería por la falta de paredes.
El elfo sonrió ante su comentario, aunque no lo entendía. Supuso que estaba alabando su lugar de trabajo y le indicó que le siguiera. Pero antes de que lograran dar dos pasos, una elfa se interpuso en su camino con el rostro visiblemente contrariado. Tenía el pelo castaño claro que le caía ondulado hasta la mitad de la espalda y a diferencia de las otras elfas, las pocas que había visto Cratylus, ésta no vestía ni túnicas ni sencillos vestidos sino unos pantalones ajustados de cuero marrón claro y un chaleco sin mangas sobre una camisa blanca de lino. Sus ojos de colores cambiantes miraron al muchacho de arriba abajo, gesto que imitó él.
La joven empezó a hablar a toda prisa con el herrero mientras señalaba más de una vez a Cratylus el cual se cruzó de brazos, no molesto porque hablaran de él y no pudiera enterarse, sino porque sentía más curiosidad por saber por qué estaba tan enfadada la elfa.
Banung replicaba con fiereza y parecía estar dejando algo claro por la forma en que movía la mano pero Cratylus era incapaz de imaginar de qué se trataba. Acto seguido hizo un arco con la mano frente a la joven diciendo algo en tono tajante.
- Será su mujer… no, tiene más pinta de sobrina o hija.- pensó meditabundo el joven.
La elfa, rabiosa le miró de nuevo a lo que el joven reculó ya que sus ojos despedían odio.
- ¡Ista leron!- le gritó antes de marchase dando grandes zancadas.
Banung, irritado, dijo varias frases agitando el índice pero la joven le ignoraba dándole la espalda y alejándose. Cuando el herrero hubiera respirado varias veces tranquilizándose, miró a Cratylus encogiéndose de hombros con impotencia. El joven, que aún intentaba averiguar de qué trataba aquella conversación, no le dio mayor importancia al suceso.


- Bueno, ¿qué tal el primer día?- preguntó Handeriel.
Cratylus y Rheland, derrumbados en dos sofás le miraron un instante, incapaces de responder en ese momento, mientras descansaban sus doloridos músculos los cuales querían suicidarse. Y por el dolor que sentían, parecían estar teniendo éxito.
- ¿Ha sido muy duro?
- Cincuenta kilos de metal sobre mi espalda durante tres horas, moviéndolo por todo el jodido lugar. Con un calor que te mueres y sudando como un cerdo. Moviendo todo de sitio, limpiando piezas de metal, he reordenado todo el lugar yo solo. ¿Tú sabes lo que cuesta mover un yunque? Pues imagínate tres.- dijo Cratylus mirando al techo.
- ¿Y tú? La biblioteca será más tranquila, supongo.- preguntó mirando a Rheland.
- Tranquila era, nadie ha venido. Por eso tu gran amigo ha decidido hacer limpieza de estanterías. Y aquí como el libro más pequeño tiene dos mil putas páginas y tapa de cuero y algunas son de metal, y por lo visto no conocéis las escaleras de mano, he tenido que escalar con arnés y todo las estanterías cogiendo los libros con los dientes mientras me agarraba para salvar mi vida. Una de las estanterías medía ocho metros, doy fe.
- Vaya, así que tú también has tenido que hacer trabajo físico, ¿eh?- comentó Cratylus.- Menos mal, creía que iba a ser el único al que le tocase pringar.- finalizó con una sonrisa.
- ¿Físico?- replicó indignado.- Acrobático más bien. He estado a punto de estamparme contra el suelo unas doce veces, y no a poca altura. Y lo peor de todo era cuando el bibliotecario me pedía que le trajese un libro, que mira que me costó entender qué me pedía, y me escribía el título en un papelillo, tenía que subir y empezar a mirar por ahí. ¡Y como no entiendo ni una maldita letra de las que hay escritas le bajo uno que no es y de vuelta arriba a dejarlo y coger otro!- dijo ya fuera de sí, llevándose las manos a la cara, agotado.- ¡Te lo juro, son todas iguales!
Handeriel les miraba a ambos con una mezcla de compasión y sorpresa, pues no esperaba que sus trabajos fuesen tan duros. Les hizo una seña a ambos y les dijo que la cena estaba lista, así que tendrían que ir al salón. Con movimientos rígidos y con muchos quejidos los chavales se pusieron en pie y se encaminaron lastimeramente hacia el salón, donde les esperaba una reparadora cena. Cuando llegaron, Maedith les esperaba sentada a la mesa y les recibió con una sonrisa que intentaba infundir ánimo, viendo el deplorable estado en el que se encontraban.
Ni que decir tiene que nada más regresar a la casa tomaron un largo baño, si no probablemente nadie, ni humano ni elfo, hubiera podido aguantar a su lado sin pinzas para la nariz, e irían dejando un rastro encharcado en el suelo. A la salida de su aseo unos ropajes limpios les aguardaban en su habitación, mientras sus ropas aguardaban a ser lavadas a conciencia o bien incineradas, dependiendo de si aún quedaba esperanza para ellas. Ambos se pusieron los atuendos, que consistían en sendas largas túnicas de algodón suave, frescas y ligeras, de vivos colores. Creo que lo que ambos pensaron al ponérselas, por lo que sus expresiones dejaban traslucir, era algo similar a “Joder, soy un payaso”.
Cuando se encontraban ya los cuatro sentados a la mesa, Maedith se levantó y trajo de la cocina una especie de cuenco grande. Se dirigió sonriente a la mesa llevándolo.
- ¿Recuerdas de ese alimento del que me hablaste?- le preguntó a Cratylus, gracias a que su padre había decidido también usar sus pergaminos con ella, para que pudiese participar en sus conversaciones.- ¡Pues mira!
Dejó el cuenco en la mesa y los demás se inclinaron sobre la mesa para poder ver su contenido. La verdad es que era costoso describir algo como eso, sobre todo teniendo en cuenta que jamás se había visto algo similar en la ciudad de Ala-sagar. El plato constaba de una especie de pasta de cereal de forma alargada y de color verdoso, unas tiras de carne asada cortadas finamente y todo ello regado por una salsa espesa de color rojizo tirando a morado. Los ojos de los tres, incluyendo al atónito padre de Maedith, se abrieron como platos al ver el despliegue de color que hacía acto de presencia ante ellos, y no cambiaron de expresión mientras la cocinera de aquel collage alimenticio se lo servía en sus platos.
 - No pude encontrar esa fruta que me dijiste para hacer la salsa, pero encontré una parecida.- explicó Maedith orgullosa de su capacidad de improvisación culinaria.
Cuando ya estaban todos los platos llenos, se sentó también y les miró expectante. Temerosos de probar aquel plato, pero pesando en su conciencia la posibilidad de desilusionar a Maedith y su duro y altruista trabajo, tomaron la decisión de comerlo. Cada uno cogió una pequeña cantidad y se la introdujo en la boca, masticó con lentitud mientras intentaba discernir el sabor de la sorpresa.
- ¡Hey! ¡Está bueno!- dijo Rheland con los carrillos hinchados y llenos.
Lo que no supieron ninguno de los dos humanos hasta… Bueno, quizá nunca se enteraron, es que aquel plato de importación se hizo bastante popular en la ciudad, pues era económico, sencillo y resultón. Pese a que tenía aspecto de diferir bastante del original.
- ¡Gracias! Me he inventado un poco la receta, pero creo que me ha quedado bien.- respondió orgullosa y agradecida de que les gustase.
- Desde luego, es lo mejor que hemos comido desde que llegamos a este mundo.- dijo Cratylus sonriente.
- Incluyendo setas extrañas.- agregó Rheland, callándose al notar la mirada asesina que le dirigía su amigo.
Continuaron comiendo y charlando animadamente durante un rato. Cuando acabaron, habían comido tanto que tuvieron que quedarse recostados en los asientos, digiriendo la abundante comida.
- ¿Y cuándo libramos, o es festivo por aquí?- preguntó Cratylus pensando en el día que les aguardaba.
- Aquí trabajamos todos los días, a excepción de celebraciones importantes. Hay cuatro al año; una en cada cambio de estación.- explicó Handeriel.
La cara de los jóvenes se puso blanca de espanto, y por un momento pareció que no les llegaba suficiente aire, dada su aparatosa y dificultosa respiración. Sus ojos estaban a punto de salirse de sus órbitas, para describir una por cuenta propia.
- Ah, por cierto.- intervino Maedith.- Ahora que estáis hablando del trabajo, se me ha ocurrido una cosa. Como tengo bastante tiempo libre de mis estudios por las mañanas, podría ir a mediodía a veros en vuestros trabajos y llevaros algo de comer.
- Ah, bien. Por lo menos algo bueno.- dijo Cratylus recobrándose de la mala noticia recibida.
- Sí, estaríamos muy agradecidos.- dijo Rheland.- Tengo la sospecha de que mi jefe no come, y sólo se alimenta de libros y polvo.
Los cuatro soltaron una carcajada. De pronto Cratylus recordó algo que le había sucedido.
- Por cierto, ¿qué significa “ista leron”?- preguntó con curiosidad.
Maedith y su padre se sobresaltaron y le miraron con una expresión de sorpresa y agitados. Se miraron el uno al otro sin saber qué decir, o más bien, cómo decirlo.
- Pues…- comenzó a decir Handeriel.- Primero, ¿dónde has escuchado eso?
- Me lo dijo la hija de Banung, creo que era eso, al menos lo escuché bastante claro, ya que me lo gritó a la cara.- explicó.
- Verás… eso que te ha dicho es un insulto en nuestro idioma.- dijo Maedith.
- Ya, eso lo suponía por la forma en que lo dijo.- comentó Cratylus sin molestarse.
- Más en concreto, significa “hijo bastardo de animal hediondo y repugnante”.- continuó Handeriel, viendo que su hija era incapaz de expresarlo en alto, como demostraba el rubor que dominaba su cara.
- Ah, bien.- rió Rheland.- Creo que le caes bien a alguien.
- ¿Y no te sientes ultrajado?- preguntó el elfo extrañado.
- ¿Por esa tontería? Creo que si es lo mejor que sabe, podría darle unas cuantas lecciones.- Se volvió hacia su amigo.- ¿Te acuerdas de aquella vez que estábamos de copas en el pub de siempre, con el calvo de allí?
- Oh, joder, ¡para no acordarse!- dijo entre carcajadas Rheland.- Le pusimos a caldo en un momento. La cara de humillación con la que se fue no tuvo precio.
- Sí… Pero una cosa hay que reconocer, lo que se dice es cierto.
- ¿El qué?
- Lo primero que se aprende de los idiomas nuevos son los insultos.


Los días se fueron sucediendo en sus respectivos trabajos. Al principio sólo lograron aprender un grupo de palabras sueltas que describían acciones simples como por ejemplo “trae eso” o “lleva esto” siempre acompañadas de gestos.
Cada uno en su trabajo tuvo sus propios problemas. Rheland aprendió que un derrumbe de conocimiento físico sobre su persona podía acarrear dolorosas consecuencias, para que luego digan que el saber no ocupa lugar. Pero sí pesa.
El bibliotecario se quedaba absorto leyendo extensos tratados o detalladas enciclopedias mientras Rheland trabajaba. Tal era su ensoñación que el muchacho probó a tirarle un libro encima, lo cual solo fue correspondido con un gruñido rascándose la cabeza. Era bastante irritante porque en el silencio de la biblioteca su respiración silbante crispaba los nervios además de no poder contar con su ayuda, como constató desde el suelo, enterrado bajo libros una vez más.
Debido a sus problemas para encontrar los libros adecuados, Maedith se ofreció a enseñarle el lenguaje escrito cuando estuvieran en su casa ya que ella tenía sus propios estudios durante el día.
En cambio, Cratylus tenía que soportar las extenuantes horas de ajetreo en la forja teniendo que accionar los fuelles sin parar mientras Banung calentaba el metal, o cargando kilos y kilos de metal de un lado a otro y soportar el peor problema de todos; una hija insoportable a la que no le gustaba nada su presencia en la forja.
En sus múltiples intentos de sabotaje le ponía la zancadilla cuando Cratylus pasaba a su lado o le escondía las herramientas que buscaba o… vamos, que quería que se fuera.
El joven se podía quedar mirando horas a Banung que parecía tener una energía inagotable y una voz portentosa ya que se dedicaba horas y horas a crear una pieza sin parar ni para comer y cuando terminaba gritaba de tal forma que prácticamente toda la ciudad sabía que había terminado.


Otro día más en su ahora nueva rutina, Maedith empezó a preparar la comida que llevaría a los dos jóvenes trabajadores. Los dos chicos se conformaban con cualquier cosa mientras fuera en grandes cantidades, ya que ambos comían como si fuera su última comida.
Salió de su hogar con la sonrisa en el rostro ya que hacia un día esplendido y tenía una morbosa curiosidad por lo que vería ese día en los respectivos trabajos de los jóvenes. Hasta ese momento ningún día le defraudó respecto a lo que sorpresas se refería.
Caminó con prisa hacia la biblioteca saludando a sus conocidos en el camino y abrió la gran puerta que guardaba el edificio.
Entró en silencio, no rompiendo la quietud del lugar, y buscó a su alrededor para encontrar a Reniel.
- ¿Puedes decirme dónde está Rheland?
No le dio tiempo a responder cuando un grito ahogado, el cual finalizó de manera brusca seguido del estruendo de un montón de libros cayendo de gran altura.
- Allí.- respondió el bibliotecario señalando.
- ¡Dimito! ¡Quiero un sindicato que ponga escaleras!- gritó Rheland en su idioma, enterrado bajo una montaña de libros, la cual se empeñaba en caer encima suya cada vez que pasaba por ahí.
En esa condición le encontró Maedith que no podía reprimir una sonrisa divertida al ver la situación.
- ¿Te ayudo a salir?- preguntó la joven.
- No, estoy bien. Así descanso.- respondió el joven en élfico con un fuerte acento usando las pocas palabras que había aprendido. Las que más usaba eran, “dolor” y “sufrimiento”
- Te traigo el almuerzo.- dijo acuclillada a su lado.
- Gracias.
- Veo que no ha mejorado tu estabilidad.
El muchacho miró al techo suspirando.
- Pero mi resistencia ha mejorado, ya casi no siento las caídas. Y mira ya puedo reconocer algunos de los libros que me caen encima.- Cogió uno mirando la portada.- “Compendio de criaturas” volvemos a encontrarnos, mi némesis.- agregó con rencor.
Maedith rió divertida ante su broma y se despidió con la mano dejándole con sus, en esos momentos, muy cercanos amigos.
La joven suspiró al salir de la biblioteca ya que le quedaba un largo trecho hasta la forja de Banung. Sin planteárselo, comenzó a caminar antes de que se desanimara y al cabo de un largo rato llegó hasta allí.
La estampa era demasiado parecida a la del resto de los días mientras Cratylus, descamisado por el calor, movía el fuelle de la forja a toda velocidad mientras el herrero, con trozo de metal metido en las ascuas, pedía más y más aire.
La joven se quedó un momento mirando al muchacho cuyo extenuante trabajo estaba dando frutos tonificando su cuerpo y engrosando sus músculos. En poco más de dos semanas los brazos del joven habían tomado un diámetro considerable. No le cabía duda de que si antes podía dejar inconsciente a un elfo de un puñetazo, en ese momento lo mataría de uno.
- Buenos días, Maedith.- saludo Nerena, la hija de Banung.- ¿Haces tu ronda habitual?
Durante aquellas semanas, Nerena y Maedith se habían hecho amigas de tanto verse. Hablando de algunos temas de la ciudad, de la forja, y como no, de Cratylus, al cual una defendía y otra quería echar de allí como fuera. Estaba sentada sobre un tocón de madera frente a la mesa de trabajo anotando el inventario.
- Sí. ¿Por qué esa cara tan decaída?- preguntó Maedith extrañada por el semblante de su amiga.
- Porque nada me sale bien. Mi padre cada vez está más contento con el Wylurith.
- ¿Sabes que tiene nombre?
- No se merece uno.- dijo con acritud.- Es una bestia maleducada y sin respeto alguno.
- ¿Te ha faltado al respeto?
- No, pero me ignora.- replicó.
 Maedith se sonrió divertida.
- Fíjate que ayer rompí a propósito uno de los martillos favoritos de mi padre y lo dejé de tal forma que pensara que había sido cosa del humano.
- Qué mala eres.- comentó ya más preocupada.
- Pues mi padre lo miró y le alabó por ello.
- No me digas.
- Sí, dijo que había puesto mucho entusiasmo en el trabajo y que le recordaba a él cuando empezó de aprendiz.- dijo indignada.
- Nerena, deja ya de intentar sabotearle.- pidió Maedith sonriendo.- Tu padre lo dejó bien claro, a ti te faltaba fuerza para este trabajo. No lo pagues con Cratylus, él no tiene culpa.
- Lo peor es que no sirve de nada lo que hago.- dijo contrariada.- Incluso cuando envenené su comida.
Maedith agarró la bolsita de tela donde guardaba la comida de Cratylus con pavor.
- !¿Que tú qué?!- preguntó sorprendida.
- No pienses mal. No quería matarle, solo quería dejarle indispuesto y que no pudiese continuar trabajando. Solo le provocaría fiebre. Pero el muy animal, aún así, se puso a trabajar ardiendo de fiebre. Mi padre lo achacó al ardor de la juventud y dijo que su actitud le gustaba.
Maedith se llevó la mano a la frente negando con la cabeza mientras parecía pensar algo parecido a lo que yo pensé: “Esta chica tiene un peligro… y su padre está loco.”
Cratylus se encaramo a la cuerda y uso todo su peso para tirar de ella y así dar más fuerza al fuelle que accionaba. Banung asintió complacido y el muchacho continuó el proceso durante un largo minuto hasta que el herrero sacó el metal candente y lo llevó hasta uno de los yunques para darle con un gran martillo rítmicamente alternando entre el yunque y la pieza de metal.
Cratylus respiró profundamente agitando los brazos que tenía doloridos y buscó un cubo de agua que vertió encima de él aliviando el calor que sentía.
Chorreando se fijó en Maedith a la que saludo con una inclinación de cabeza y se acercó.
- ¿Ya es mediodía?- preguntó a su lado.
- Así es.- respondió la elfa divertida viendo como el joven dejaba regueros de agua por donde caminaba.- ¿Ha sido muy duro hoy?
- Lo de siempre. Creo que ya me empiezo a acostumbrar.- dijo el joven apoyando la espalda en una de las vigas.- ¿Y tus estudios?
- Un tanto aburridos. Preferiría que me contarais más historias de vuestro mundo.- dijo sonriente.
- No es problema. Luego cuando estemos en tu casa podrás hartarte de historias.- dijo mientras desenvolvía la comida que comenzó a engullir.
Nerena resopló con desdén ante la muestra de confianza del humano, pero Cratylus ni se dio cuenta, ya que estaba demasiado ocupado tratando de tragar todo el contenido de su boca.
- Cratylus, ven aquí.- dijo Banung mirando la pieza de metal con intensidad.
El joven obedeció observado por las dos chicas sorprendidas por el herrero que siempre dejaba al joven comer y descansar durante un largo rato.
- Coge ese martillo e imita mi movimiento en ese yunque.- dijo señalando ambas cosas con la cabeza.
El joven se le quedó mirando estupefacto.
- ¿A qué esperas?
Cratylus cogió el martillo y se le quedó mirando.
- Siempre tienes que golpear con cierto ritmo, es la única forma de crear una buena pieza. Al yunque dos ligeros golpes y luego al metal con ganas, dos y uno, dos y uno, siempre así.- explicó al joven.
- ¿Y quieres que practique en el yunque?- preguntó el joven extrañado sobre todo porque él no tenía ninguna pieza de metal que golpear.
- ¿Prefieres seguir dándole al fuelle?- preguntó Banung sonriendo.
El chico asintió convencido y comenzó a imitar el movimiento del herrero sobre el yunque vacío.
Maedith se fijó en que el rostro de Nerena estaba rojo de ira.
- ¡Pero padre…!- fue a decir levantándose.
- Voy a necesitar más agua, Nerena, hazme el favor de buscar más.- dijo su padre cortando la discusión de raíz.
La joven apretó los dientes con fuerza y agarró el cubo que Cratylus había vaciado alejándose a grandes pasos de la herrería.
Maedith la siguió sin comprender muy bien qué ocurría.
- ¿Por qué estás enfadada?- preguntó con inocencia.
- Le está enseñando.- dijo la elfa con acritud.
- Si no me equivoco, le lleva enseñando bastante tiempo.- replicó confundida.
- Para nada. Ahora le está enseñando a forjar. ¡Algo que ni siquiera me ha enseñado a mí! ¡Eso quiere decir que prácticamente le está nombrando su sucesor cuando él se retire! ¡Tendría que ser yo la que estuviera aprendiendo ahí!- dijo casi gritando.
Maedith se silenció pensativa. Si Banung estaba tomando aquellas decisiones por su cuenta propia podría quedarse plantado a la primera de cambio ya que ya conocía un poco a los dos jóvenes y los veía demasiado inquietos como para quedarse en un lugar para siempre.
Decidió intentar averiguar la respuesta más tarde.


Más tarde, en la casa de Handeriel, Maedith esperaba el momento oportuno de hacer sus preguntas a los dos humanos que comían ruidosamente como poseídos por el demonio de la gula, que terminaba por ser uno más en la mesa todos los días.
- ¿Podría haceros una pregunta?- dijo Maedith con timidez.
- Es un país libre… ¿verdad?- preguntó Rheland.
- Sí, sí, ya te lo expliqué.- contestó su amigo.- Bueno, pregunta.
- ¿Qué es lo que tenéis pensado hacer de aquí en adelante? Ya lleváis aquí un mes y parece que os estáis adaptando bien. Así que estoy intrigada. ¿O es que no habéis pensado en ello?
Los dos jóvenes se silenciaron y cruzaron una mirada de total entendimiento.
- Aún es pronto para ello. De momento desearíamos seguir como hasta ahora. Aún tenemos problemas con el idioma y además, todavía no sabemos nada de nada de lo que llamáis “habla tradicional”.- dijo Cratylus refiriéndose a la lengua más extendida entre los reinos.
- No es que os esté metiendo prisa, sólo sentía curiosidad.- replicó la elfa aclarando sus intenciones.
- Ya, ya, pero también necesitamos un poco más de tiempo para desenvolvernos, porque como nos habéis dicho, hay monstruos ahí fuera, y no es plan el quedarse encerrados de por vida dentro de los muros de la ciudad.- agregó Rheland.
- Ah, así que pretendéis viajar.- afirmó Maedith.
De nuevo los dos chavales cruzaron la mirada.
- Oye, pues no me parece mala idea.- dijo Cratylus a su compañero en su propio idioma.
- No, la verdad es que puede ser interesante.- replicó éste a su vez.
- Decidido, sí, vamos a viajar en un futuro.- confirmó Cratylus a Maedith.
Los dos asintieron satisfechos por la decisión que acababan de tomar bajo la atónita mirada de la elfa que no sabía si los dos jóvenes hablaban en serio o en broma como otras tantas veces.
- ¿Y qué más queréis hacer aquí durante ese tiempo?- preguntó Handeriel involucrándose en la conversación tras degustar la nueva invención culinaria de su hija.
- Ah… pues también queremos aprender a defendernos. Aprendiendo magia o a luchar, y aquí parece que se pueden aprender ambas cosas.- contestó Cratylus con seguridad.
- Eso está bien.- dijo el elfo complacido.- Si me lo permitís, hablaré con algunos conocidos para ver que se puede hacer. Pero daros cuenta de que mi hermano podría volver cualquier día.
- Sin querer ofender, pero creo que tu hermano no va a volver… por lo menos en mucho tiempo.- dijo Rheland alargando considerablemente el “mucho”.


Los días fueron pasando con su rutina y su constante practicar de los dos idiomas que intentaban aprender. Más de una vez durante el mes siguiente mezclaban las palabras de ambos idiomas incluyendo insultos y maldiciones en su propia lengua, y el resultado era digno de oírse aunque sólo fuera por lo extraño que sonaba.
De repente un día, al volver de sus respectivos trabajos, los jóvenes se encontraron con que había dos invitados a la mesa de Handeriel y fueron presentados como el capitán de la guardia y un erudito de la magia, que era como se referían a los maestros de las artes mágicas.
- Por favor sentaos, tengo algo que comunicaros.- dijo Handeriel con una sonrisa de oreja a oreja.
Los dos jóvenes se sentaron enfrentados a los dos visitantes y les miraron escrutándoles a conciencia. Ambos eran fácilmente diferenciables, ya que el citado capitán de la guardia era bastante más joven y fibroso que el encorvado y tranquilo anciano. El soldado parecía estar atento a todo su alrededor, y miró a los chicos con ojo crítico y aire severo. El mago por su parte, tenía un aspecto amable y sereno, y casi miraba con mayor detenimiento el desafío gastronómico que ante él se mostraba en todo su esplendor, pues Maedith se había esforzado y había puesto a trabajar su creatividad al máximo para sorprender a los invitados, y lo estaba consiguiendo con su novedosa fusión de comidas de diferentes mundos.
- Veréis, he estado hablando con ellos dos estos días, por aquello que me dijisteis de que queríais aprender a defenderos, y ellos muy amablemente se han mostrado de acuerdo.- dijo Handeriel señalando a ambos invitados.- Dijeron que tenían cierto interés en ver qué podrían hacer los famosos dos humanos huéspedes de la ciudad.
Los dos jóvenes se miraron sonrientes y emocionados, incapaces casi de controlar la euforia que les invadía. Estaban un paso más cerca de ser como aquellos personajes de rol que tanto admiraban. Rheland pensó en su poderoso guerrero elfo, carnicero de orcos, trolls y demás engendros, mientras que Cratylus fantaseaba acerca de poderosos secretos arcanos que le permitieran, como a su mago, crear tempestades o terremotos con un simple movimiento de mano.
- Así que han accedido a enseñaros, según lo aptos que parecéis ser, magia y lucha respectivamente.- continuó el anfitrión.- Tu recibirás entrenamiento militar y de armas,- dijo señalando a Cratylus.- y tú aprenderás el uso de la magia.- finalizó, señalando esta vez a Rheland.
Los dos humanos se quedaron helados durante un momento. Habían escuchado lo que querían oír, pero por algún motivo, les parecía que el elfo había dicho algo que no terminaba de encajar.
- Eh… ¿podrías repetirlo?- preguntó Cratylus algo confuso.
- Sí, claro. A ti te enseñarán a luchar y a ti a usar magia.- repitió, con idénticos movimientos señaladores.
Ambos se miraron sin comprender, o más bien sin querer entender lo que les decían. Entonces se levantaron, se intercambiaron los asientos, se volvieron a sentar en sus nuevos sitios y preguntó esta vez Rheland.
- Vale, veamos, ahora dilo pero diciendo los nombres de cada uno.
Handeriel estaba a su vez algo perplejo por el comportamiento de los jóvenes, aunque ya estaba algo acostumbrado a sus excentricidades, y era bastante permisivo, ya que los humanos provenían de otro mundo, y no sería educado juzgar sus acciones con demasiada dureza. Así pues, repitió, una vez más, su respuesta.
- Cratylus aprenderá a luchar con armas y recibirá entrenamiento militar. Rheland acudirá a estudiar las artes mágicas y aprenderá su uso.
Por desgracia para ellos, los hechos seguían siendo igual de dolorosamente irrebatibles. Ya sin saber qué decir, los chicos únicamente se quedaron boquiabiertos quietos en el sitio. A los pocos instantes recobraron la compostura, parcialmente.
- Y… ¿cómo es que se ha decidido hacerlo así?- preguntó Rheland muy despacio.
- Pues por aptitudes, como os he dicho antes.- respondió Handeriel.- Cratylus, tú eres bastante fuerte, y has ido fortaleciéndote con el trabajo en la forja, con lo que sería un desperdicio no aprovechar esa potencia física. Además, no tienes ni el más mínimo rastro de talento para el uso de la magia.- añadió, haciendo que el abismalmente decepcionado Cratylus se hundiese más en su asiento.- Y tú, Rheland, parece que tienes buena predisposición a la magia, y además según me ha comentado mi amigo Reniel, mientras trabajabas curioseabas entre los libros de magia y de conocimientos varios, y eso ya te servirá de base para aprender. Mejor que no te dediques a luchar, no tienes cuerpo para ello.- terminó de explicar el elfo, creyendo que los hechos eran evidentes. A Rheland tampoco le parecía así, ya que él sólo rebuscaba entre los libros de magia intentando acallar una duda que tenía acerca de si los magos podían hacer aparecer comida de la nada.
Un silencio sepulcral cubrió la sala, durante el cual ninguno de los allí presentes consiguió descifrar la expresión de las caras de los jóvenes. Finalmente Rheland abrió la boca.
- Las reglas de este mundo me desconciertan.
Y a mí las del vuestro.

lunes, 11 de abril de 2011

WTF - Capítulo 3

Lo que tú digas…


Podía volar, era increíble. Surcaba los cielos sin ninguna preocupación disfrutando del buen tiempo y del sol que alumbraba su vuelo cuando algo interrumpió su apacible viaje. Una pared gigantesca de maciza piedra se acercaba peligrosamente y él no podía frenar.
Cratylus se levantó de sopetón exclamando brevemente por la pesadilla cuando sintió un punzante dolor atravesarle la cabeza, la cual se manoseó con ambas manos, notando un incipiente bulto en la sien derecha.
- Joder…- dijo dolorido.
Miró a su alrededor adormilado y dio un bote en el camastro en el que se encontraba al ver a una elfa a su lado con unas vendas en las manos.
Ambos se quedaron mirando el uno al otro sin moverse, la elfa sorprendida por su despertar y el otro por la situación tan extraña en la que se encontraba.
- ¿Y tú quién cojones eres?- preguntó el joven sorprendido.
La elfa, de apariencia joven, tenía el pelo negro ébano largo y liso hasta la cintura, de rasgos suaves y rostro amable pero lo más extraño que le resultó al muchacho fue ver aquello ojos que parecían una amalgama de colores que parecían cambiar a cada momento. Desde el negro hasta tonos casi blancos pasando por el resto. Vestía una túnica de color esmeralda oscuro arremangada para mejor maniobrabilidad.
La elfa dijo algo en tono afable ya pasado el susto, a lo que el joven le miró alzando una ceja y con algo de desconfianza se propuso de nuevo hacer entender que no entendía.
- A ver… Yo no te entiendo.- dijo pronunciando muy lentamente las palabras.
La elfa no pareció en absoluto molesta por su respuesta a lo que el joven se extrañó todavía más. Las tres veces anteriores había recibido un puñetazo por dar esa respuesta.
De nuevo la elfa intentó decirle algo y Cratylus suspiró mirando la manta que le cubría las piernas sin saber ya qué decir ni qué hacer. La joven no se rindió y le golpeó el hombro con un dedo para llamar su atención.
Se señaló a sí misma con la mano y habló. Cratylus le miró extrañado pues esta vez sólo había pronunciado una palabra. Ella volvió a repetir el proceso.
- Maedith.- repitió.
- Ah, vale, creo que lo pillo. Yo tarzán.- dijo sonriente.
- Tarzán.- dijo más alegre.
-No, no, no.- dijo moviendo las manos enérgicamente.- Cratylus.- dijo señalándose.- Cratylus.
La elfa le miró extrañada a lo que el joven volvió a repetir el proceso y ella asintió comprendiendo. El joven suspiró algo aliviado de poder entender algo y hacer entender algo.
Ella hizo el gesto de llevarse algo a la boca y el joven asintió enérgicamente sintiendo un vacío en el estómago que amenazaba con devorarle por dentro.
Maedith salió del cuarto y Cratylus se levantó algo mareado del camastro. Miró a su alrededor comprendiendo que en el cuarto no había más que el catre donde había reposado. Una pequeña ventana daba al exterior por la cual pudo ver aliviado que aún era de día.
Comprobó que tampoco tenía vigilancia, por lo que tuvo la gran tentación de salir huyendo y encontrar a Rheland y escapar de aquel lugar. Y la tentación le venció. Abrió la puerta y se detuvo en el umbral. Ocurrió algo que no llegó a comprender. Como por ejemplo que su cuerpo se negaba a avanzar más allá de la estancia por mucho que él intentara mover sus piernas o sus brazos.
- Muévete, muévete, cojones.- dijo Cratylus a su propio cuerpo.
Su cuerpo le ignoró. Jamás se sintió tan traicionado en toda su vida; su propio cuerpo dándole la espalda… de un modo figurado, claro está.
Lo que no comprendía el joven era que aquel cuarto estaba protegido con un hechizo que hacía que aquellos que no tuvieran permiso fuesen incapaces de entrar, o en su caso, de salir.
Cratylus se sentó en la cama resignándose a esperar a que trajeran algo de comer.


Cuando le trajeron algo de comer y un poco de agua y le dejaron las manos libres, Rheland comió con avidez el escaso pan con queso que le habían traído. No llegó ni de lejos a estar saciado, pero por el momento bastaba para poder continuar con algo de fuerzas.
Desde que se llevasen a Cratylus nadie había ido a hablar con él, ni a visitarle excepto cuando traían algo de comida o bebida. Rheland se sentía muy solo, pero ante todo, se sentía aburrido. Y esto era algo que llevaba muy mal, poniéndole de un considerable mal humor.
Cuando pensaba que le dejarían allí para siempre, el anciano elfo que anteriormente había arrojado a su amigo contra la pared y hablado con él hizo acto de presencia. Por muy extraña que resultase su compañía, era lo mejor que podía tener Rheland, por lo que la aceptaba de buen grado. El anciano se sentó en una silla que habían colocado frente a él y le miró escrutadoramente, haciendo que el otro se sintiese algo incómodo.
- Esto… Hola.- dijo Rheland cohibido.
Su interlocutor respondió con una retahíla de incomprensibles palabras y expresiones que dirigió a Rheland con tono neutro.
-Eh… Tu padre más, por si acaso.- respondió el humano desconcertado.
El elfo le dirigió una mirada seria, pero carente de hostilidad, lo que demostraba que no había entendido al joven en absoluto. Ambos se quedaron callados mirándose, como parecía ya ser la costumbre.
- Te aviso que yo puedo aguantar mucho sin pestañear. Apuéstate lo que quieras.- comentó sarcástico Rheland.
De pronto al anciano se le iluminó la mirada, tan cambiante de color como el resto de sus captores, como había observado Rheland durante aquel día, y se levantó saliendo de la sala sin mediar palabra.
- Pues vale, vete, no me importa.- dijo enfurruñado el muchacho.


- A ver… esto es muy complicado decirlo por gestos.- dijo Cratylus pensativo.- Yo…querer… salir… fuera.- dijo pausadamente haciendo los gestos correspondientes o que él creía correspondientes, porque Maedith pensó que quería tirarse por la ventana.
La joven negó categóricamente con la cabeza.
- ¿Por qué?- preguntó desesperado.
Lo que Maedith no supo trasmitirle fue que pensaba que el suicidio era algo que no merecía la pena, que la vida era preciosa.
- Dios… esto no funciona.- comentó el joven sentado en el suelo con la espalda apoyada en el camastro.
Maedith le había traído algo de comida con una hogaza de pan recién horneado el cual prácticamente había desaparecido en dos grandes bocados del joven.
- A ver… Probemos otra cosa. ¿Qué es este lugar?- preguntó señalando los edificios  que se veían a través de la ventana y luego encogiéndose de hombros.
- Ala-sagar.- respondió la joven.
- Vale… hay dos opciones, o es el nombre de la ciudad o me estás llamando idiota. Prefiero pensar lo primero. Pero seguramente sea lo segundo.- dijo suspirando.
- ¿Y por qué estoy aquí?- inquirió señalándose a sí mismo y luego el cuarto para luego encogerse de hombros.
Maedith empezó a hablar pero ante la expresión de Cratylus, la cual no dejaba absolutamente margen a las dudas de que no se enteraba de nada, se detuvo y se encogió de hombros.
- Sí, supongo que es complicado de explicar con gestos.
A la joven se le iluminó la mirada un instante y acto seguido salió del cuarto para volver al minuto con varios papeles y carboncillo.
- ¿Quieres que te lo ponga por escrito? Creo que no va a funcionar…


Una extraña cancioncilla sonaba a través de la puerta mientras el anciano se acercaba a ella. Decía así:
- Mil trescientos cuarenta y ocho elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña. Como veían que no se caían fueron a llamar a otro elefante… ¡Hombre tú por aquí! ¡Únete a la fiesta, así sumaremos el doble de elefantes!- comentó Rheland exultante.
He decir, por lo poco que conozco a ese humano, que lo peor que le puede ocurrir es que se aburra hasta cierto punto, en el cual entra en un estado de enajenación mental que raya en las locuras varias. Ni que decir que se había aburrido muchísimo.
El elfo, que en absoluto pensaba en unirse en el cantar, se sentó frente a él y le sometió de nuevo a una de sus miradas escrutadoras.
- Vuelves a por la revancha, ¿eh?- dijo Rheland malinterpretando sus intenciones.
Sacó un trozo de pergamino que comenzó a leer, según Rheland, en voz alta. El trozo de pergamino brilló un instante antes de hacerse cenizas en sus manos.
- ¿Ya lo has roto? Joder qué poco os duran las cosas, primero las sillas y luego el papel…
- Por los cielos, cállate y di algo con seriedad.- replicó el elfo.
Rheland se quedó un momento estático, pero luego sonrió divertido.
- Por un instante creía haberte entendido.
- Así es.
- Ah, bueno, eso lo expli…
El joven se quedó paralizado mirándole.
- ¿Por qué no me hablaste antes en mi idioma, cabrón? -preguntó malhumorado y sorprendido.
- Porque antes no había tenido tiempo de desarrollar este hechizo que me permite comunicarme contigo. Tú crees que hablo en tu idioma pero sigo hablando en el mío, solo que el concepto de mis palabras llega a ti y tu mente lo traduce y el proceso a la inversa funciona conmigo.- explicó.
- Ah…- dijo asintiendo.
- Lo has comprendido, bien.
- No, no, ni palabra, pero me da igual. Lo que tú digas, te creo.- se explicó el joven.- Cosa de magia, ¿no?
- Sí.
- Ah… vale. Mejor.- dijo el joven asintiendo.
Más de una vez me sorprendieron con su capacidad para asimilar ciertas noticias como que la magia existía, algo que no disponían en su mundo, como si se tratase de algo normal, como que el sol calienta.
- Bien, he de suponer que estás familiarizado con la magia.
- Oh, no, pero mi amigo sí que sabe. Se conoce casi todos los hechizos de todas las ramas e incluso ha elaborado algunos propios. Una vez el muy burro destruyó una ciudad entera con un hechizo.- añadió Rheland.
Los momentos siguientes son difíciles de describir, ya que Rheland había omitido sin darse cuenta que aquella anécdota estaba envuelta en el ámbito de un juego ficticio, un dato que el elfo hubiera agradecido pues su cara pasó de la simple preocupación al terror indescriptible en un instante.
Sus ojos resplandecieron con un color rojizo de ansiedad antes de salir corriendo por la puerta como un vendaval con Rheland siguiéndole inexplicablemente, atado aún a la silla, la cual flotaba unos centímetros por encima del suelo.


Cratylus, que se entretenía haciendo una pajarita con el papel no concibió, ni siquiera algo parecido, que los ruidos que se comenzaron a escuchar en la casa eran por su culpa, bueno, algo parecido a su culpa, pero mucha de Rheland.
La puerta se abrió violentamente haciendo casi saltar por los aires los goznes. Maedith y Cratylus miraron sobresaltados al anciano elfo que se encontraba en el umbral con una cara mezcla de terror y furia mirando en hito en hito a Maedith y a él.
Cratylus siguió su mirada viendo a la joven y luego al anciano, malinterpretando la situación. Claro que su información en ese momento era escasa.
- ¡No hemos hecho nada, lo juro! ¡No la he tocado!- exclamó alzando los brazos poniendo cara de inocente.
Su siguiente expresión pasó a la sorpresa, luego un momento de dolor y después un grito ahogado cuando su cuerpo se elevó del suelo y salió disparado por la ventana atravesándola y cayendo sobre una especie de toldo que amortiguó el golpe contra el suelo.
- ¿Te he dicho que no la he tocado? Pues te lo digo ahora. Ah,  es verdad, que no lo entienden.- comentó mirando al cielo medio enredado en el toldo mientras otros elfos miraban el extraño fenómeno de lluvia de humanos.
El anciano salió de la casa hecho un basilisco y Cratylus le miró desde el suelo sin querer moverse ya que le dolía todo el cuerpo.
- ¿Por qué? A ti no te pegué, podemos ser amigos.- dijo suplicante.
Cratylus reparó en el detalle de ver a su amigo en una silla flotante detrás del anciano siguiéndole.
- Ese golpe me ha debido afectar.- comentó.
- Hola, tío, ¿has visto mi silla? Mola un huevo.- dijo Rheland divertido.- Por cierto, explícame cómo has podido dar ese salto.
- ¡No he sido yo, imbécil!
Maedith salió de la casa y se interpuso en el camino del anciano que parecía dispuesto a abrir a Cratylus en canal. A mordiscos.
- Joder.- dijo el joven magullado incorporándose ante la mirada de varios elfos de alrededor.- ¿Qué? ¿No habíais visto a nadie caer de una ventana? ¡Intentadlo vosotros ahora!- increpó al público que le rodeaba.
El dialogo entre los dos elfos aumentó de volumen mientras cada uno parecía defender un punto de vista determinado.
- ¿De qué estarán hablando?- se preguntó Cratylus con su amigo flotante a su lado.
- Pues él está comentando… algo sobre sangre… tú en una picota… algo de reventar… uh, eso debe doler.
- ¿El qué?
- No quieres saberlo.- dijo Rheland negando con la cabeza.
- Espera… ¿Cómo sabes eso?
- Ah, eso es una larga historia. Bueno, en realidad no, es cosa de magia.- explicó llanamente.
- ¿Magia?
- Sí.
- Ah, eso ya explica lo de la habitación. Y lo de yo volando sin avión.
- Sí, bastante.
Ambos se quedaron mirando a los dos elfos que continuaban discutiendo.
- ¿Sabes que he logrado que la chica me entienda un poco?
- ¿Ah, sí? ¿Cómo?
- Dibujando y señalando. El problema es que sólo entendió que me gustan los espaguetis.- explicó.
- ¿Qué? ¿Qué cojones has hecho para que entienda eso?- preguntó Rheland sorprendido.
- No estoy seguro. Un dibujo se mezcló con otro y ya sabes que no se me da nada bien dibujar.- dijo Cratylus pensativo.- Además, no creo que sepan qué son los espaguetis. Ella ha intentado decirme que intentará preparar algo parecido cuando tengamos que comer.
- Ah, vale. Ya estaba harto de frutos secos de mierda.- comentó aprobando la idea.
La discusión se detuvo un instante y el anciano se dirigió hacia Rheland con paso decidido.
- Creo que me tienes que explicar unas cuantas cosas.- le dijo.
- Ya… con todo esto he perdido el hilo de la conversación.- respondió Rheland con inocencia.
El anciano sólo tuvo que hacer un gesto para que la recordara.


- A ver… lo que dije… no era exactamente real. Era un juego, algo ficticio. Saliste corriendo antes de que pudiese explicarlo. Ahora, por favor, ¡¿podrías bajarme del techo?!- dijo el joven estirado en toda su amplitud en el techo del salón.
Cratylus, sentado en uno de los mullidos sillones, con Maedith a su lado, entre él y el anciano que aún continuaba mirándole con suspicacia, bebía a sorbos un té servido en unos finos vasos de porcelana. Ni qué decir tiene que no comprendía la mitad de la conversación pero las respuestas de Rheland le daban una idea bastante aproximada.
- Entonces me engañaste.
- No… teóricamente conocemos todo eso, pero no tiene aplicación práctica.- se explicó.
Maedith golpeó la rodilla del anciano que exclamó sorprendido para ver como ella señalaba a Cratylus con gesto serio.
El elfo suspiró cansado y sacó un trozo de pergamino de su túnica que comenzó a leer para que luego desapareciera del mismo modo que el anterior.
- Te pido disculpas por haberte tirado por la ventana.- dijo una vez finalizado.
Cratylus enarcó las cejas extrañado durante un breve instante antes de responder:
- Bueno, tranquilo, comprendo que la situación era un tanto violenta. Yo a solas con tu nieta en un cuarto cerrado.- dijo el joven sonriente.
- Hija, si no te importa, y en ese pequeño detalle no había pensado todavía.- dijo mirándole a través de dos rendijas que eran sus ojos.
- Bueno, ¿cuándo bajas a mi amigo?- preguntó cambiando bruscamente de tema.
- No te preocupes, se está cómodo una vez te acostumbras.- dijo algo ofendido porque se hubiesen olvidado de él.
El elfo hizo un gesto y Rheland cayó a plomo en el suelo en toda su envergadura.
- Eso ha tenido que doler.- comentó Cratylus sin hacerle mucho caso ya que por su culpa había tenido que caer de más altura.
- Bien. Permitid que me presente, me llamo Handeriel, ésta es mi hija Maedith, y ésta es mi casa en la ciudad de Ala-sagar. Ahora me gustaría saber quiénes sois y qué hacéis aquí.- dijo ya más calmado.
- ¿Puedo explicarlo yo?- pidió Rheland ya sentándose en un sillón manoseándose la mandíbula.
- ¿Quieres que te lancen por la ventana? Mejor lo explico yo.- replicó Cratylus.
El joven no tardó mucho en explicar su situación, porque la verdad, no había mucho que contar, pero las cosas que implicaban eran difíciles de creer.
- ¿Así que me estáis dando a entender que venís de otro mundo, que no sabéis cómo habéis llegado, que aparecisteis en mitad del bosque y os acercasteis a la ciudad por pura casualidad?- preguntó el elfo al cabo de unos minutos.
- Es un buen resumen, sí.- dijo Rheland.
- Otros mundos… me suena de algo…
Los jóvenes se le quedaron mirando hasta que el elfo se levantó de sopetón con la mano en la cabeza.
- ¡Adabendir!- exclamó.
- Tu padre.- replicó Rheland automáticamente.
- No, mi primo.- rectificó Handeriel.- Estaba investigando asuntos relacionados con viajes mágicos a largas distancias, muy largas y me comentó una teoría sobre otros mundos.- explicó.- Salió hace unos días, más o menos sobre la fecha en la que habéis llegado, para realizar sus experimentos adentrado en el bosque para no molestar en la ciudad.
Mi primo no sabía que me daba igual molestar, sólo quería que ellos no me molestasen, pero bueno, se lo perdono. Siempre intentó ver mi mejor lado.
Se silenció durante unos largos segundos cuando de pronto soltó una exclamación ahogada.
- Creo… que por culpa de mi primo habéis acabado aquí, y que él ha acabado allí.- dijo suspirando.
- Ah, así que no está aquí para que podamos partirle la cara.- comentó Cratylus a Rheland.
-Estas familias de magos…- dijo éste a su vez negando con la cabeza.- ¿Por qué siempre tiene que haber uno que meta las narices en las dimensiones que no debe, toqueteando el tiempo y el espacio?
-Si es que es verdad, nunca falla.
Handeriel les miraba a ambos hablar con expresión dudosa, sin saber qué conocimientos poseían. Algunas veces parecían saber de lo que hablaban. Ambos se volvieron a mirarle.
- Bueno, ¿y qué hacemos?- preguntó Cratylus al elfo.- ¿Nos puedes mandar de vuelta? ¿Tú u otro primo loco?
El anciano se frotó las manos nerviosamente.
- Veréis… me temo que eso va a resultar bastante…difícil.- dijo algo avergonzado.- Solamente mi primo investigaba esas cosas, y para colmo, él jamás tomaba notas ni apuntaba nada, todo lo hacía de cabeza.
- ¿Qué insinúas con eso?- preguntó Rheland temiéndose lo peor.
- Pues… que os va a resultar imposible regresar a vuestro mundo, me temo. A menos que mi primo pueda regresar.
- ¿Y cuándo es eso?- inquirió Cratylus con tono cortante.
- Es imposible de saber.- contestó.- Si es que es capaz de regresar, puede ser en un par de días, algunas semanas, años tal vez…
-…- ambos muchachos se quedaron sin palabras, sintiendo cómo sus esperanzas, que ya estaban menguadas desde el inicio del problema, eran arrojadas al cráter de un volcán para luego ser enterradas y devoradas por los gusanos.
Maedith les miró apenada comprendiendo su situación y sin decirles, pues no quería hundirles más aún, que conociendo a su querido tío, sabía que lo más probable es que jamás regresase.
No comprendo muy bien el concepto de cabeza loca que tiene mi familia de mí; lo único que ocurre es que no me gusta quedarme mucho tiempo en el mismo sitio, ni que todo siga igual. Además, este nuevo mundo, parecía interesante.
Mirando el elfo a los dos amigos hundidos en las más profundas simas de la desesperación, y sintiendo algo de culpabilidad y compasión, tomó una decisión.
- Vamos a hacer una cosa, podéis quedaros en esta casa todo lo que necesitéis.- propuso.- Tal vez mi primo regrese un día de estos, y me sentiría culpable si os quedaseis desamparados por el mundo sin conocer siquiera el idioma, después de que todo haya sido culpa de Adabendir. ¿Qué os parece?
Sin muchos ánimos, los dos muchachos respondieron al unísono:
- Lo que tú digas…