Leer antes WTF - Prólogo
Capítulo 1 - ¿Dónde cojones estamos?
La discusión se alargó durante más de una hora sin que ninguno de los dos se alzara con la victoria con sus constantes cambios de táctica respecto a los poderes de sus personajes. Falta decir que les gustaba el rol, los juegos de mesa en particular, donde podían interpretar el papel que ellos desearan sin reparar en problemas ni complicaciones y también sin molestar a nadie. A nadie le gusta escuchar un grito de guerra bárbaro en mitad de una urbanización de chalets a medianoche. Tampoco le hacían ascos a esta modalidad, pero preferían jugar alrededor de una mesa con unos aperitivos y su grupo de amigos que estar corriendo en mitad de la calle perseguidos por la policía con sus gritos bárbaros.
Ya cuando empezaba a anochecer, Cratylus se levantó del banco del parque estirando los brazos al cielo.
- ¿Ya te vas?- preguntó Rheland.
- Ya se hace tarde. Tengo que cenar y esas cosas, ya sabes, las necesidades básicas de la condición humana, guerrero elfo. Y sigo diciendo que los magos son mucho más versátiles y ayudan más a un grupo que un simple guerrero dando espadazos por aquí y allá.
- Vete a cagar, los magos serán todo lo que tú digas pero no aguantan una mierda por lo que ayudar… poco. Lo mejor es un tío envuelto en acero que no le hace mella ni un dragón enfadado. Y con una espada que es como dos veces su cuerpo. Los magos son una mierda.
- Oye, como sigamos así, me vas a tocar las pelotas. Así que mejor lo dejamos, a ti te gustan los guerreros revienta-cabezas y a mí los magos revienta-ciudades, no hace falta discutir más. Nadie te va a obligar a hacerte un mago ni a mí un guerrero así que todos contentos.- acabó tajante Cratylus.
Con una palmada sobre el hombro se despidieron y cada uno fue a su casa a pasar la noche, y por qué no, a dormir.
El sol aún no hacía acto de presencia, y de nuevo los dos compañeros estaban reunidos, esta vez en silencio mientras esperaban al autobús que les llevaría a su universidad para otro día de estudio.
- Pues qué bien.- murmuró Rheland para sí.
El frío que hacía a esas horas aún no había desaparecido del todo, y ambos se acurrucaban contra el cristal de la parada. Había muy poca gente aparte de ellos; una ancianita esperaba junto a ellos al autobús y un par de niñas gritonas iban alegremente al instituto.
Al poco tiempo vieron cómo el autobús doblaba la esquina de la calle transversal y se acercaba a la parada.
-Menos mal, se me iban a congelar las pelotas.- suspiró Cratylus.
En el mismo instante en el que el vehículo comenzaba a detenerse ante ellos, una potente luz les cegó, impidiéndoles ver nada momentáneamente.
-¡Joder! – exclamó Cratylus sorprendido. - ¡El cabrón del conductor ha dado las luces largas!
Rheland intentaba ver algo por entre los dedos mientras se tapaba la cara con la mano.
La luz se apagó tan rápido como vino. Cratylus aún veía puntitos brillar ante sus ojos, pues había recibido el fogonazo de lleno. Rheland recuperó un poco la visión, y alzó la vista.
-¿Dónde está el autobús? – inquirió Rheland intrigado.
Su amigo recobró la compostura y parpadeó un par de veces para ver a su alrededor.
-¿Dónde está la parada? – preguntó éste a su vez.
Los dos permanecieron en silencio. Un silencio sólo roto por algún que otro gorjeo de pájaros en sus nidos y de algún pequeño animal correteando por la hierba.
-¡¿Dónde cojones está la ciudad?! – gritaron ambos asustados, al verse en mitad de un frondoso bosque.
Hago constar, que yo no sabía que ellos estaban en el punto exacto donde yo aparecería y de algún modo, que aún soy incapaz de entender, ellos acabaron en el punto del que yo había salido y yo en el de ellos. También hago constar que me sorprendió sobremanera ver esa gran… cosa, de vivos colores que silbaba y rugía en la penumbra del amanecer. Asustado por el suceso huí del lugar arrollando a dos jóvenes humanas de voces estridentes que chillaron sorprendidas cuando yo pasé sobre ellas.
En ocasiones me preguntó si ellos dos se asustaron tanto como yo al encontrarse en un lugar tan extraño para ellos como para mí era éste.
- ¿Pero qué diablos pasa aquí?- preguntó Cratylus mirando en todas direcciones.
- Tenemos que estar drogados, dormidos o locos, no hay otra explicación.- replicó Rheland.
Había otra explicación, y bastante coherente, pero era demasiado complicada para que pudieran siquiera imaginarla.
- No entiendo nada, estábamos en la parada. Lo viste, ¿verdad?- dijo el joven de pelo negro sentándose sobre una gran raíz.
- Sí, lo vi, pero ahora estoy viendo un puto bosque.- replicó su amigo.
- Nos han secuestrado. Nos han dejado inconscientes y nos han abandonado aquí.
- ¿Por qué?
- Y yo qué sé. Quizás sea una especie de cámara oculta para ver nuestra reacción.- razonó.
- Es demasiado enrevesado, además, si esto fuera una broma saben que podemos meterles una denuncia de la hostia y quitarles todo el dinero.
Los dos chavales estaban confusos, y no tenían ni la más remota idea de dónde se encontraban, ni de qué hacer. El sol comenzaba a aparecer por el horizonte, como pudieron notar mientras el bosque se iluminaba poco a poco. Rheland se sentó en el suelo frente a su amigo y los dos guardaron silencio intentando pensar en algo. Cualquier cosa.
Cratylus decidió rebuscar en su mochila, para ver si encontraba algo de utilidad. Volcó la misma, vaciándola de todo su contenido esparciendo por todo el claro los libros, cuadernos y material lectivo e inútil. Suspiró aliviado cuando encontró su teléfono móvil, pero al momento dejó caer los brazos abatido.
- ¿Qué te pasa? – preguntó Rheland, que había estado observando todos los movimientos del otro.
- No debería sorprenderme, teniendo en cuenta dónde estamos, pero…- comentó amargamente Cratylus.- No hay cobertura.
- Pues vaya… Estamos jodidos, ¿verdad? – dijo Rheland con una media sonrisa irónica.
El término “jodido” tiende a utilizarse muy a menudo, y con diferentes connotaciones, pero desde luego era muy aplicable a su situación. Y aún no habían visto nada.
- Bueno, supongo que estaremos de acuerdo en que quedándonos aquí no arreglamos nada.- dijo Cratylus.- Vamos a salir de este bosque y a ver si encontramos algún pueblo, alguna persona o algo. Habrá guardabosques, digo yo.
- Hombre, no se me ocurre nada mejor, a no ser que quieras quedarte a vivir aquí.- bromeó su amigo.
Se levantaron, y antes de emprender la marcha Rheland sacó un pequeño saquito de piel de su mochila y se lo colgó del cinturón.
- ¿Qué haces? – quiso saber Cratylus.
- Bueno, no pienso cargar toda la vida con la mochila, así que me parece que aquí se queda. Una pena. – añadió con un guiño.
- No, me refiero a esa bolsita que te has colgado.
-Ah, ¿esto?- dijo señalándola con un dedo.- Es mi bolsa de la suerte.
Cratylus le miró con los ojos medio entornados y Rheland le mostró con una amplia sonrisa un dado de veinte caras que había sacado de la bolsa.
- Estamos perdidos en mitad de un bosque y tú sólo te has preocupado de coger los dados de rol. Estoy condenado.- dijo el joven suspirando cogiendo su mochila vacía ya que prefería llenarla de algo útil en aquella situación y no de papeles y libros.
Comenzaron a caminar sin rumbo fijo esquivando los matojos y los árboles. No estaban muy seguros pero aquel bosque tenía algo raro, quizás fuera demasiado brillante o que el aire fuera tan agradable sin ningún tipo de contaminación.
La caminata les llevó varias horas y no encontraron ni un solo signo de civilización, lo cual les desanimo hasta el punto de detenerse y derrumbarse contra dos árboles para descansar.
- Vale, no tengo ni idea de hacia dónde ir a continuación. Y no tengo ganas de seguir caminando. Propongo quedarnos aquí y descansar un rato largo.- dijo Rheland.
- Traducción; hasta mañana.- dijo Cratylus manoseándose el estómago que ya empezaba a molestarle demasiado, pues no había comido desde aquella mañana y sólo fue un frugal desayuno.- Dios, qué hambre tengo.
Cratylus miró en derredor intentando pensar en otra cosa que no fuera en un gran filete con patatas y salsas variadas y suspiró apoyando la cabeza contra el árbol no encontrando más que árboles, plantas y excrementos de animales.
De pronto gritó con todas sus fuerzas haciendo que Rheland pegara un bote tan fuerte que se puso de pie.
- ¡¿Por qué cojones gritas?!- exclamó sintiendo el corazón palpitar con violencia.
Cratylus señaló hacia arriba con la boca semiabierta. Rheland siguió su mirada encontrándose con el sol y su hermano gemelo separado por una relativamente corta distancia.
- Tío, sólo son los soles.- dijo Rheland relajado.- No sé de qué asustas… un momento.- se interrumpió mirando al cielo.
El joven se quedó un corto rato mirando con una expresión indescifrable el firmamento, sabiendo que había algo que no terminaba de encajar.
De pronto Rheland comprendió por qué había gritado su compañero ya que él mismo gritó con gran estridencia al comprobar que en el cielo, sin el menor lugar a dudas, había dos soles.
- ¡Tío, hay dos soles! ¡Dime que estoy viendo doble!-le suplicó Rheland a Cratylus.
Cratylus con el rostro calcáreo le miró sin poder hablar.
Rheland perdió fuerza en sus piernas cayendo de rodillas totalmente deprimido.
Por sus cabezas pasaron amplias teorías, algunas con algo de fundamento, y otras totalmente disparatadas, como que el sol se había partido en dos, porque como todo el mundo sabe el sol se divide por mitosis cada ciento cuatro mil trescientos veintisiete años. Cada galaxia no tiene más soles porque les gusta independizarse una vez encuentran su sustituto. Me sorprendía bastante que aquellos dos humanos no supieran algo tan básico.
- Vale, vamos a relajarnos un momento y analizar la situación con calma.- sugirió Cratylus respirando profundamente.
- Uno, dos… no puede ser. Uno, dos…- contaba Rheland intentando encontrar algún error mirando al cielo.
Pasó un largo minuto mientras el joven seguía contando sin descanso hasta que se detuvo.
- Creo que vamos a tener que aceptar el hecho de que hay dos jodidos soles.- concluyó gracias a su metódica y escrupulosa investigación.
Cratylus hundió la cara en las manos intentando negar la realidad que veía. Rheland por su parte se quitó la camisa y se tumbó en el suelo sobre la hierba. Cratylus le miró y por su cabeza pasó una estrafalaria idea.
- ¿Qué haces?- preguntó con temor.
- ¡Broncearme el doble de rápido! – dijo entre risas Rheland.
Cratylus se lanzó sobre él como una pantera y le agarró del cuello zarandeándole con violencia.
- ¡Te mataré! ¡Tus padres me lo agradecerán, diré que moriste luchando contra algo enorme y el mundo será feliz con tu inexistencia!- le gritó rabioso.- ¡¿Cómo se te ocurre hacer bromas en esta situación?!
Rheland intentó contestar que era para quitar hierro al asunto pero tenía dos férreas manos presionando su entrada y salida de aire por lo que solo pudo intentar comunicarse con gestos. Textualmente dijo a base de gestos: “Lo siento, era una broma” con las manos juntas frente a la cara de Cratylus.
El joven se tranquilizó y se apartó de él sentándose de nuevo junto al tronco. Rheland tomó una larga bocanada de aire, precioso aire, y se sentó con las piernas cruzadas mirando a su compañero.
- Bueno… ¿y qué hacemos?- preguntó al cabo de un minuto.
- Ni idea.- contestó Cratylus taciturno.- Creo que está claro pero necesito decirlo en alto; esto no parece ser nuestro mundo.
- Ya… tenía dos ligeras sospechas muy brillantes.- replicó Rheland sarcástico.
Las dotes deductivas de Rheland, aunque parecían poco ortodoxas, en un futuro me sorprenderían bastante.
- Mira, estamos en otro mundo, vale.- sentenció Cratylus.- Pero creo que tanto en este mundo como en el nuestro hace falta comer y beber algo para no morirnos, que estoy que no me aguanto ya.
- ¿Alguna genial idea?
- Estamos en un bosque.- razonó.- Hay muchas raíces, frutos y bayas que pueden ser comestibles. Bastará con que busquemos algo de eso.
- Estamos en otro jodido mundo, no sabemos si eso funciona igual.- arguyó Rheland.- Tal vez nos comamos alguna cosa extraña y nos muramos o algo peor. A saber qué frutas hay por aquí.
- No hay más pelotas que hacer eso. O lo tomas o lo dejas, pero yo no pienso morirme de hambre.
- Vale, pero como me siente mal, bien sabe Dios que me vas a tener que aguantar. Vaya si lo harás.
- Piensa en el lado positivo, con dos soles seguro que crecen mejor.- dijo guiñando el ojo.- Bueno, a lo que vamos, nos separamos y nos ponemos a buscar en los alrededores. No te alejes mucho de todas formas, coges lo que encuentres que parezca comestible y si hay algún problema gritas.
- Sí mamá.- contestó monótono.
Cada uno se dirigió a un lado de donde se encontraban, teniendo cuidado de dónde pisaban y mirando detenidamente el suelo y las ramas más bajas de los árboles. Cratylus avanzaba con decisión, pues estaba algo acostumbrado a ese tipo de entornos, ya que era bastante aficionado a la acampada al aire libre y el senderismo. Pronto encontró algunos pequeños frutos en un pequeño arbusto. Rheland iba con bastante más precaución, especialmente tras dar con sus huesos en el suelo dos veces consecutivas gracias a las raíces del suelo que parecían encariñarse con sus botas. En una de esas terrestres excursiones vio unas cuantas setas en un tronco podrido y seco, las cuales le llamaron poderosamente la atención y las recogió. Luego encontró unas pequeñas frutas redondas de color rojizo que recordaban a los melocotones en unas ramas y las recogió.
- Bueno, digo yo que con esto bastará…- murmuró Rheland.
Un sonido llamó la atención a Cratylus. Parecía el sonido del agua al correr por su cauce rocoso. Un sonido muy bienvenido para ellos, pues la sed comenzaba a hacer estragos en sus gargantas. Avanzó guiándose por el sonido, llegando rápido al cauce de un pequeño arroyuelo que circulaba lento por entre las rocas, frío y cristalino. Cogió un poco haciendo un cuenco con sus manos y bebió un pequeño sorbo. El agua sabía extraña, pero él lo atribuyó a la ausencia de cloro, así que volvió a llenar sus manos esta vez con más líquido y bebió ávidamente.
-¡Hey! ¡Rheland!- gritó una vez hubo terminado.- ¡Ven, he encontrado agua!
El sujeto en cuestión escuchó los gritos de su amigo y acudió presto al lugar del que procedían.
-¡Mira lo que he encontrado!- dijo orgulloso nada más llegar al borde del riachuelo.
Le mostró las frutas que encontró y luego las setas, que dejaron a Cratylus bastante sorprendido; éstas eran del tamaño de un puño, de aspecto jugoso y con un extraño diseño en su sombrero, que consistía en círculos concéntricos negros sobre un fondo carmesí. Cratylus las miró con espanto y extrañeza.
- Joder, esto tiene que ser venenoso por cojones.- dijo sorprendido.
- Ya, ¿pero a que mola?- comentó Rheland mientras bebía a grandes tragos del arroyo.
Cratylus siguió examinando la seta como si fuera la cosa más extraña de ese mundo, sin contar los dos soles, y con lentitud rompió un trocito y lo olisqueó.
- No pensaras comerte eso, ¿verdad?- preguntó Rheland mirándole sorprendido.
El joven con cierta aprensión se metió el trocito en la boca y lo masticó saboreando.
- Oye, pues no está mal.- dijo al cabo de unos segundos.- Y no me siento mal ni nada parecido.
- ¿En serio se pueden comer?
- No, mejor que no. Mejor que no nos arriesgue…- dijo cuando vio cómo Rheland cogía toda la seta y se la metía en la boca masticando estruendosamente.
- Está buena.- dijo sonriente mientras su amigo le miraba con pavor ya que no había reaccionado a tiempo diciéndole que él no se había tragado el trozo que había cogido.- Casi podría acostumbrarme a… comer… esto.- dijo ralentizándose de pronto.
- ¡Vomita, vomita, rápido!- le gritó Cratylus zarandeándole.
- ¿Pero… qué… dices…? Si… estoy…- Se detuvo y miró al vacio alzando los brazos al cielo.- ¡Soy uno con el universo!- gritó a pleno pulmón.
Cratylus le miró no sabiendo qué hacer ante aquello aparte de mirarle con estupor. Rheland, que se tambaleaba, metió los pies en el agua y miró con sorpresa sus botas mojadas.
- ¡Puedo caminar sobre las aguas! ¡Soy el mesías!- dijo con el rostro henchido de felicidad.
Cratylus miró a su amigo no sabiendo si eran sus últimos momentos o no, pero por su actuación empezaba a creer que las setas en sí no eran venenosas; eran peligrosas en otros sentidos, dedujo al ver cómo Rheland empezaba a quitarse la ropa y a intentar nadar en un riachuelo de dos dedos de profundidad.
Las Eritan, o dadoras de sueños, llamadas vulgarmente, eran setas que se utilizaban en ritos chamanísticos y cosas parecidas. Eran muy populares cuando yo era joven. Aunque sigo sin recordar cómo acabe encima de aquel edificio, con mis vergüenzas al aire y colgado de una almena por una cuerda… Bueno, me estoy desviando del tema, ¿por dónde iba?
Un par de horas después, Rheland se encontraba atado de pies y manos con sus propias ropas, con un ojo algo amoratado, tumbado en el suelo y profundamente dormido sin que aquella estúpida sonrisa abandonase su cara. Cratylus, algo traumatizado por algunas cosas que había tenido que ver, cosas que jamás reconocería haber visto, cosas que procuraría olvidar con todas sus fuerzas, masticaba una pequeña raíz comestible mirando al infinito.
- ¿Puedo hacer una pregunta estúpida?- preguntó Rheland despertándose.- ¿Por qué estoy atado?
Cratylus le miró con los ojos medio cerrados y volvió a mirar al infinito.
- ¿Me has oído?
- ¿Ves ese árbol?- preguntó Cratylus señalando a uno junto a Rheland.
- Sí…
- Estuviste quince minutos intentando ligar con él, y parecía que lo conseguías. Te até antes de que las cosas fueran a peor y tuvieras que tomar responsabilidades.
- Me duele la cabeza.- comentó el joven ya más contento de saber que estuvo atado.- Recuerdo algunas cosas, pero…
- Yo no recuerdo nada. Punto final.- dijo Cratylus con una mirada que podría haber espantado a un tigre.- Así que cállate.
- Bueno… Esto no ha pasado, jamás comí una seta extraña. ¿Podrías desatarme?
- Si prometes no acercarte a mí con las mismas intenciones que con el árbol.- replicó.
- Juro sobre la tumba de mis ancestros que no lo haré.- dijo con total convicción haciéndose una idea de lo que era estar muy, pero que muy borracho, cuando ya no distingue entre los géneros de hombre y mujer.
- Mejor. Así no tengo que disculparme por el ojo morado.- dijo Cratylus desatándole las manos.
Rheland se vistió rojo como un tomate mientras Cratylus evitaba mirarle.
- Bueno, ¿y ahora?- preguntó Rheland.
- Esto es comestible.- dijo Cratylus mostrando un montoncillo de bayas y frutos secos.- Come y duerme. Tenemos suerte de que no haga frío o estaríamos jodidos.
Tras una noche en la cual lo que menos pudieron hacer fue dormir ya que las raíces, piedras y otros componentes del campo parecían empeñados en buscar refugio bajo su espalda, además de escuchar distintos ruidos y sonidos que lograban ponerles los pelos como escarpias.
Obviamente tenían miedo, pero no lo hubieran tenido de saber que aquellos animales tan ruidosos eran inofensivos como ratoncillos, excepto si hablamos de ratoncillos de Rigún que son famosos por su ferocidad y su capacidad de acabar con la vida de diez guerreros en dos segundos.
Además, si ya era difícil dormir cuando el sol ha salido, con dos soles resultaba doblemente difícil, y la luz taladraba sin piedad sus ojos a través de los párpados.
- Así no hay manera, tío.- dijo un Rheland con enormes ojeras y reprimiendo una serie de bostezos.- No he dormido casi nada, ¿y tú?
- Creo que menos aún.- respondió malhumorado Cratylus.- Joder, estoy acostumbrado a una tienda de campaña, un saco de dormir, pero esto es una mierda.
Bamboleándose por los efectos de la somnolencia, Rheland se levantó y se dirigió hacia el riachuelo, hundiendo su cabeza en la helada agua de arroyo, intentando despejarse un poco. Su amigo todavía daba vueltas en el suelo intentando recuperar en vano el sueño perdido.
Aunque tampoco puso mucho empeño pues tenía demasiado miedo de dormir ya que se quedaría indefenso ante cualquier cosa que pululara en el bosque. Cratylus se sentó con los brazos apoyados en las rodillas y miró a su alrededor cansado, no solo físicamente, sino también mentalmente ya que no hacía más que devanarse los sesos intentando encontrar algún tipo de solución al problema que sufrían. Había hecho varias acampadas al aire libre, lo cual le proporcionaba un conocimiento que en ese momento agradecía mucho, pero aquello no le servía de mucho cuando gran parte de sus conocimientos no podían aplicarse a otro lugar que no fuera su mundo.
- ¿Qué te pasa?- pregunto Rheland.
- Estoy pensando.- replicó meditabundo.
- ¿En qué?
- En lo buena que estaba María Antonieta, ¿en qué va a ser?- contestó malhumorado.- Ay, Dios, no tengo ni idea de qué hacer.
- A ver… tenemos el problema de la comida casi solucionado, agua también, nos falta un refugio.- pensó en alto Rheland.
- ¿Y cuál es tú idea, quedarnos aquí a esperar el día del juicio? ¿Nos montamos una casita y vivimos aquí hasta el fin de nuestros días? Además, no sabemos cuánto durara la comida, si la tendremos durante mucho tiempo o poco.
- Bueno…- dijo masajeándose las sienes.- ¿Y si probamos a encontrar alguna ciudad o algo así?
- ¿Piensas que puede haber gente aquí?- preguntó esperanzado.
- ¿Y por qué no?- contestó encogiéndose de hombros.
Cratylus suspiró meditabundo para acto seguido coger la mochila que reposaba junto a él donde había metido lo poco que había encontrado de comida y se la colgó de la espalda.
- Seguiremos el curso del río.
- ¿Para qué?- preguntó Rheland extrañado.
- Para seguir un rumbo fijo por el bosque y para tener agua siempre que la necesitemos. No sé tú, pero yo no tengo una cantimplora.
- Y si hay gente, lo más probable es que estén cerca del agua, ¿no?
- Exactamente. Esperemos que así sea por nuestro propio bien.- dijo Cratylus iniciando la marcha siguiendo el curso del riachuelo.
Pasaron varias horas de caminata en la que solo se detenían para coger algunos frutos secos que se encontraban en su camino o para descansar levemente. El riachuelo avanzaba cayendo por la pendiente que predominaba en el terreno del bosque, lo cual les aseguraba seguir un camino directo. Lamentablemente la frondosidad de los árboles y su altura les impedía ver por encima de la copa de éstos y así poder vislumbrar la linde del bosque.
- Oye… oye… frena un poco.- dijo Rheland resollando.
Cratylus se volvió un momento resoplando y miró a su compañero, varios metros por detrás suya, con el sudor corriéndole por la cara.
- ¿Qué pasa, ya no puedes seguir?- preguntó burlonamente.
- Vamos a dejar…- dijo cogiendo aire.-…una cosa clara, tarzán. Vale que tú estés acostumbrado al campo y a andar durante horas, pero yo soy de ciudad, y donde haya un autobús que se quiten las caminatas.
- ¿Insinúas algo?- continuó con su tono burlón.
- Sí, cabra montesa, que paremos a descansar un rato.- respondió a las claras Rheland.- No es que no sienta las piernas, es que las siento y duelen mucho.
- Bueno vale, parémonos un rato, anda. Que como tenga que seguir a tu ritmo no saldremos en la vida de este bosque.
Pararon en un pequeño claro despejado al lado del cauce y se sentaron, más bien derrumbaron, sobre la hierba a descansar y recuperar el aliento. Cratylus sacó un puñado de frutos de la mochila y lanzó unos cuantos hacia su amigo, que los cogió y empezó a comer, igual que él.
Pasaron unos pocos minutos mientras comían y bebían del río en absoluto silencio.
- Estos frutos secos no están mal, pero no llenan el estómago.- comentó Rheland.
- No hay otra cosa. Habrá que aguantarse.- replicó Cratylus.
- ¿Nos buscamos un bar? Tengo ganas de tomarme una cerveza.
Cratylus le miró de tal manera que Rheland temió por su vida en ese momento para acto seguido volver a centrar su atención en el agua que fluía junto a ellos.
- ¿Por qué te dedicas a hacer bromas en una situación como ésta?- comentó con seriedad.
Rheland suspiró mirando al riachuelo y se rascó la cabeza, pensativo.
- ¿Sabes esas situaciones en las que no sabes si reír o echarte a llorar? Pues ayer me quería echar a llorar. Y bastante. Sé muy bien que estamos muy, pero que muy jodidos y probablemente aún no tengamos ni idea de cuánto. Pero sabes, casi prefiero tomármelo a broma, porque si no mi moral estaría por los suelos a cada paso.
Cratylus le miró de reojo y sonrió divertido.
- Supongo que tienes algo de razón.- concedió.- Supongo que es mejor tomárselo con filosofía que con cruda realidad.
- Claro que sí, hombre.- dijo recuperando su humor.- Además, piensa en lo que nos ha ocurrido. Sin la parte en la que estamos perdidos y todo eso, pero nos encontramos en un mundo que no es el nuestro, explorando un gigantesco bosque lleno de cosas rarísimas, como setas, ya sabes a las que me refiero, animales que, gracias al cielo no hemos visto, y vete a saber qué más. ¿Cuánta gente crees que puede decir que haya hecho lo mismo? A lo mejor, y esto sólo es una proposición, puede que no debamos tomárnoslo como una putada y más como una oportunidad.
Cratylus asintió sin que su faz mostrara ninguna emoción.
- No sé qué decirte. Aún tengo que aclarar mi mente.- dijo levantándose.
- ¿Tenemos que seguir?- preguntó Rheland desganado.
Su amigo sonrió y le hizo una seña con la cabeza para que se levantara. Lo hizo y continuaron la marcha descendiendo por la pendiente.
Debo puntualizar algunos datos que ellos desconocían en ese momento, como que estaban recorriendo el bosque de Caria cuya extensión alcanza las decenas de kilómetros rodeando una pequeña cordillera conocida como Las Grutas debido a sus innumerables cavernas y cuevas. Gracias al destino o a la coincidencia habían escogido un camino que llevaba directamente a mi antiguo hogar.
La ciudad de Ala-sagar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario