Los Relatos

Las obras se actualizarán a discreción de sus respectivos autores, aunque se intentará mantener el plazo de un capítulo cada dos semanas.
Comenzaremos con unas historias que ya poseemos, pero más adelante, aceptaremos solicitudes de participación para publicar obras de nuevos autores.

miércoles, 6 de abril de 2011

WTF - Capítulo 2

Leer antes WTF - Capítulo 1

¿Quiénes son ésos?


- ¿Sabes encender un fuego?- preguntó Rheland esperanzado.
- Sí.- respondió su amigo cogiendo algunas ramas sueltas del suelo.
- ¿Sin mechero?
Cratylus no se dignó a contestarle amontonando las ramitas y algunas hierbas y hojas secas junto a las ramitas. La noche ya empezaba a caer sobre el bosque y habían decidido detenerse en una pequeña cavidad de la pendiente de no más de dos metros de profundidad y dos de alto en la cual se sentían más resguardados.
Cratylus comenzó a soltar chispazos a base de golpear dos rocas, escogidas durante la marcha de aquel día, junto al montoncillo de hojarasca. Rheland miraba intensamente su hacer esperando ver el fuego aparecer para así desterrar las sombras que empezaban a rodearles.
El joven detuvo el golpeteo cuando observó un hilillo de humo salir de la hojarasca y comenzó a soplar suavemente el montoncillo hasta que apareció una pequeñísima llama a la que inmediatamente comenzó a agregarle más hojas y hierbas secas para acto seguido añadirle ramitas que avivaron el fuego.
A los pocos minutos añadió unos gruesos leños para que durase la mayor parte de la noche.
Rheland, que no había dicho una sola palabra, dio unas ligeras palmadas asintiendo.
- Bravo. Sé que es mucho pedir pero, ¿podemos montar una barbacoa con esto?- preguntó.
- Claro, pero tú traes la carne.- replicó sonriendo.
- Vaya, hombre, justo cuando acaba de cerrar el supermercado.
Los dos se miraron riéndose a carcajadas para luego silenciarse y mirar las llamas agradecidos del calor y la luz en la oscuridad.
Ya habían pasado dos días caminando en el bosque sin haber aún hallado el final de éste siempre siguiendo el curso del riachuelo que comenzaba a aumentar de tamaño al llegarle más caudal de otros afluentes. No habían encontrado rastro de civilización pero tampoco ningún peligro que les hubiera hecho replantearse su ruta, por lo que no quisieron variar el rumbo aún no habiendo encontrado su objetivo.
- ¿Cuánto crees que hemos caminado hoy?- preguntó Rheland tumbándose de lado junto a la hoguera.
- Veinte, quizás veinticinco kilómetros. Aunque es una medida al azar.- contestó.- No tengo con qué medirlo.
- A mí me han parecido cien, doscientos o más.
- Ya, suele ocurrir cuando no estás acostumbrado. También el problema es lo frondoso que es esto. Tardamos mucho esquivando árboles y cosas por el estilo. ¿Te fijaste en la colina que se veía en el claro de antes?
- No, ¿por?- dijo levantando una ceja extrañado.- A mí todo esto me parece igual.
- Estaba pensando que mañana, ya que no debe estar a más de cinco kilómetros, podíamos ir hasta allí y así intentar ver por encima del bosque.- sugirió.
- Pero tendríamos que abandonar el río, ¿no?- preguntó Rheland extrañado.
- Sí, pero podemos encontrarlo desandando en línea recta.- replicó.
- Tú mandas. Sabes más que yo de esto.
Se acomodó y comenzó a respirar pausadamente mientras Cratylus se apoyaba en la pared de la cavidad mirando a la oscuridad del bosque preguntándose si de verdad sabía tanto como creía Rheland. Incluso se planteó durante un instante si ese bosque de verdad tenía fin, lo cual le daba escalofríos.


A mediodía del día siguiente, pues habían tenido un despertar muy postrero, llegaron a la citada colina, que formaba una ligera elevación sobre el terreno, y además estaba desprovista de árboles, lo cual les permitió alcanzar la cima con poca complicación, con la salvedad de caminar ascendiendo por una pendiente, en lugar de descenderla. Al alcanzar el punto más alto, entrecerraron los ojos, pues los soles pegaban de lleno sobre ellos ya sin la cobertura que ofrecía la bóveda vegetal, y comenzaron a escrutar a su alrededor, desanimados al principio, pues solo conseguían ver un mar de hojas y verdor extendiéndose en todas direcciones.
- Oh, joder. ¡Este maldito bosque es inmenso!- dijo Rheland crispado.
- Hombre, creo que eso de allí a lo lejos es el final.- comentó señalando en una dirección.
- ¿Cuánto de lejos es eso?
- Prefiero no pensar en ello.- dijo Cratylus con sencillez.
Como Cratylus había observado, a lo lejos parecía que los árboles acababan finalmente, aunque desde su posición les resultaba imposible ver qué había después. Ambos se sentaron en el suelo para descansar un rato y pensar en sus siguientes pasos. Por la mente de Rheland pasaban varias y diversas cosas, como por ejemplo la idea de provocar un incendio forestal una vez hubiesen salido. Cratylus por su parte pensaba si podría llegar un momento en el que el río fuese lo suficientemente hondo como para construir una balsa y flotar corriente abajo. Ninguna de las ideas se llevaría a cabo, como puedo atestiguar, para decepción de los jóvenes.
- Creo que me he hecho una idea de cómo se mueven los soles aquí.- comentó Cratylus.- Así podremos intentar guiarnos. De día, claro.
- Vale, entonces deberíamos seguir la…- comenzó Rheland, pero se interrumpió mirando un punto intermedio entre la linde y donde ellos se encontraban.
Cratylus le miró intentando averiguar qué le pasaba.
- Ven un momento.- le pidió Rheland a su amigo.- Necesito que me digas si tú también ves una cosa.
Haciendo caso a su petición, se levantó de donde estaba y miró hacia donde señalaba su amigo. Al hacerlo distinguió algo que hizo que frunciese el ceño extrañado.
- Parece… No sé qué es, pero desde luego, no son árboles.- corroboró.- Podría tratarse de un asentamiento o algo similar.- añadió esperanzado.
Los ánimos de los chicos se elevaron muy por encima de donde ellos estaban, alcanzando cotas rara vez vistas, se rieron y danzaron en lo alto de la colina henchidos de felicidad y esperanza. En cierto sentido sus esperanzas serían correspondidas. En cierto sentido.


Con los ánimos aún altos, la caminata se les hizo más ligera incluso llegando a correr en algunos trayectos olvidando por completo el cansancio acumulado de varios días. No necesitaban hablar ya que ambos pensaban lo mismo; se sentían un poco más a salvo en aquel mundo extraño, pues al menos parecía haber algún rastro de civilización. Lo que no sabían era qué civilización.
- Corre, ya estamos cerca.- dijo Cratylus casi gritando.
- Un baño caliente y comida caliente…. Un colchón blandito… y algunas respuestas.- dijo Rheland mientras esquivaba los distintos obstáculos en su carrera tras Cratylus.
 Saltaron dos pequeños riachuelos que más adelante se convertirían en un pequeño río que atravesaría la ciudad. Después de otro minuto corriendo Cratylus se detuvo de golpe levantando una nube de polvo bajo sus botas teniendo la ciudad frente a él. Rheland se detuvo a su lado y siguió su mirada extrañado por la cara de susto que tenía su amigo.
El motivo de su sorpresa era tan evidente como grande el muro que se alzaba ante ellos, blanco en su totalidad, casi tanto como pálidas estaban sus caras, y de unos diez metros de altura, centímetro arriba o abajo. Hecho de piedra caliza pulida, finamente labrada y ensamblada era una visión cuanto menos esplendorosa así como los estilizados minaretes que se alzaban por encima de la muralla a distancias equidistantes suficientes como para tener todo muy vigilado.
No me puedo hacer idea de cuán grande fue su sorpresa, pero lo que sí me puedo imaginar es que no se parecía en nada a lo que esperaban, no solo por los motivos arquitectónicos de mi ciudad, sino también por mis congéneres, algunos de los cuales eran visibles patrullando en la muralla.
- Eh… tío.- llamó Rheland.
- ¿Sí…?- dijo Cratylus sin dejar de mirar.
- ¿Estás viendo lo mismo que yo?- preguntó.
- No lo sé, dime qué estás viendo.- respondió dubitativo.
- ¿Gente… ojos rasgados, orejas puntiagudas, aire afeminado…ropas de colores brillantes y armas como espadas y lanzas?- enumeró intentando que su compañero le dijera que no estaba viendo lo mismo y así poder cerciorarse de que sólo eran secuelas de la seta que se había comido hacía unos días.
- Sí.- dijo escuetamente.- Lo veo.- Cratylus se dio la vuelta y comenzó a correr a toda velocidad.- ¡Un jodido pueblo medieval! ¡Con elfos!
Rheland no tardó en imitarle y ambos se internaron de nuevo en el bosque.
Lo que ellos no sabían, pero tardarían poco en descubrir, es que los elfos tenemos una magnífica vista y un excelente oído, por lo que mis congéneres ya les habían avistado y ya estaban dando órdenes para seguirles.


Jadeantes se derrumbaron en el suelo. Habían corrido casi media hora sin rumbo fijo y sin detenerse en ningún instante hasta que sus pulmones amenazaban con reventar dentro de sus pechos.
Cratylus resollando con la frente pegada a la hierba no alcanzaba a reunir las fuerzas para incorporarse mientras que Rheland, sujetándose el cuello con la mano intentaba recuperar el aliento que había perdido.
- Tío, tío, tío, joder, tío, joder, ¿dónde cojones hemos ido a parar? ¿Eran elfos? ¿Era una jodida ciudad amurallada de elfos?- preguntó Rheland entre jadeos.
- Sí…
- Vale… ya tenemos otra prueba… de que no es nuestro mundo.- dijo Rheland tapándose la cara con las manos sudorosas.
- Y que lo digas.- confirmó Cratylus poniéndose boca arriba.
- ¿Qué hacemos?
- Cinco minutos y seguimos corriendo, no creo que nos convenga estar cerca de la ciudad.- contestó.
- ¿No se supone que los elfos son buenos y amables y todo eso? Ya sabes, como en los libros, juegos, películas…- dijo deteniéndose cuando Cratylus levantó la mano negando con un dedo.
- La gente amable no lleva espadas ni lanzas.
- A lo mejor es por decoración.- sugirió.
- ¿Quieres quedarte a averiguarlo?- preguntó.
- Eh… no.
Cratylus se arrastró hasta las raíces de un árbol y se apoyó en él respirando profundamente. Sentado allí escuchó el susurro del agua de uno de los riachuelos que habían saltado en su carrera anterior.
- Voy a beber un poco de agua, estoy seco.- dijo Cratylus levantándose sintiendo calambres en sus piernas.
- Ahora voy, dame un instante.- dijo Rheland tumbado boca arriba respirando a bocanadas.
El joven arrodillado junto al arroyo bebió con fruición y se echó agua por encima de la cabeza intentando enfriarse. Con las gotas aún cayendo por delante de sus ojos vio un movimiento a su derecha.
Con lentitud giró la cabeza para ver a uno de aquellos elfos arrodillado a unos cuatro metros de él bebiendo agua y mirando al bosque con atención con una espada corta en la mano.
Antes dije que mi gente tenía buenos sentidos, pero existen excepciones, como gente que tiende a distraerse con lo que hay más lejos y no prestan atención a lo que les rodea.
Si alguien hubiera pintado a Cratylus de blanco hubiera pasado perfectamente por una estatua en ese momento, por no decir que ni pestañeaba. El elfo se incorporó y saltó por encima de arroyo para perderse en el interior del bosque.
El muchacho tardó varios segundos sólo en mover sus ojos para ver si el elfo se había marchado y cuando se hubo cerciorado comenzó a gatear en dirección a Rheland para avisarle del peligro.
A los pocos metros de gatear comenzó a correr tan rápido como pudo hacia el lugar donde pararon.
- ¡Tío, tenemos que irnos ya! ¡Ya están…!- se interrumpió.- Oh, mierda.
Cratylus se detuvo junto a un árbol mirando con pavor a Rheland en el suelo cubriéndole una red de gruesas cuerdas y custodiado por dos elfos armados con lanzas.
- Si ibas a decirme que los elfos ya están aquí… creo que me he dado cuenta.- comentó Rheland sujeto en el suelo.
El joven de pie junto al árbol miró a los dos elfos que le devolvían la mirada con seriedad bajando sus lanzas poniéndose en guardia. No podía pensar, sus piernas querían comenzar a correr en dirección contraria mientras que su mente quería salvar a su amigo de sus captores. El entrechocar de las emociones hizo que algunos cables se cruzasen en su cabeza, haciéndole perder momentáneamente la razón y el control sobre el volumen de su voz.
Con un grito ensordecedor se lanzó corriendo hacia el elfo más cercano dispuesto a darle una paliza. Según mi humilde opinión, creo que se había olvidado completamente de las lanzas que esgrimían mis congéneres.
También tengo que apuntar que no estaban intentando matarle, sólo incapacitarle para capturarle. Fue un craso error por su parte.
Rheland abriendo los ojos como platos supo, aunque no se terminaba de creer, lo que pretendía su compañero. No sabiendo muy bien qué hacer en el suelo, de pronto soltó una patada a uno de los elfos en la pantorrilla haciendo que éste doblase la rodilla y cayese sorprendido al suelo.
Cratylus, que seguía en su ciego ataque, esquivó por escasos centímetros la lanza que le atravesó la camisa haciéndole un considerable desgarrón provocando que su furia aumentase.
- ¡Me has roto la camisa!- rugió.
Agarró la lanza con ambas manos y se la arrancó de un fuerte y repentino tirón al elfo, que vio sorprendido cómo se le escapaba de las manos. Acto seguido, sin darle tiempo a reaccionar, Cratylus alzó la lanza, al revés, y le sacudió una tanda de golpes con el mango del arma tan rápido que ni siquiera pudo esquivarlos. Los golpes se sucedieron con tremenda fuerza y rapidez, y antes de que pudiera percibirlo, el elfo ya había perdido el conocimiento con varios chichones en la cabeza.
Cratylus giró sobre sí mismo y propinó un tremendo golpe en la cabeza del elfo restante que intentaba incorporarse sin mucho éxito por Rheland, que estaba enredándose entre sus piernas constantemente. El resultado fue un elfo inconsciente, un lanza rota en dos y un bulto de tamaño considerable en la cabeza.
Jadeando a bocanadas soltó los restos de la lanza y cayó de rodillas con las manos en el suelo.
- Joder.- dijo agotado.
- Sí, señor, así se hace, te lo has currado.- dijo Rheland en el suelo riendo.- Ahora ayúdame a quitarme esto… ¡Cuidado!
El aviso llegó justo a tiempo para que pudiera esquivar un golpe dirigido a su nuca con la parte plana de una espada. Sin pensar, el joven, embistió al elfo hundiéndole el hombro en el estómago y arrastrándolo hasta chocar contra un árbol. Fuera de sí, le agarró la cabeza con ambas manos y le golpeó con la frente en mitad de la cara con toda la fuerza que pudo acumular y lo dejó caer como una muñeca de trapo en el suelo.
Se volvió apretando los dientes con fuerza solo para ver, para su desesperación, que otros siete elfos se habían reunido allí rodeándoles por completo. Cratylus, en su estado enajenado, no se amilanó, agarró la espada del elfo caído  y se abalanzó salvajemente sobre otro. Bajando la espada con extrema violencia el entrechocar de los aceros resonó a su alrededor y acto seguido el elfo se dobló sobre sí mismo al recibir de lleno una patada en la boca del estómago.
Rheland, mientras su amigo despachaba a su oponente, comenzó a rodar por el suelo propinando patadas a diestro y siniestro buscando las rodillas de los elfos, los cuales no se esperaban ni por asomo aquel tipo de ataque rastrero, especialmente de alguien atrapado en una red.
Cratylus lanzó la espada hacia otro enemigo, que se apartó de la trayectoria, siguiendo el vuelo con la mirada y comprobando que caía inofensivamente unos metros más allá. Cuando volvió la cabeza sólo pudo ver una gran mano acercándose peligrosamente a su cara. Lo siguiente que vio antes de perder el conocimiento fueron una gran gama de puntitos de colores luminosos.
El joven no tuvo tiempo de reaccionar cuando sintió cómo dos pares de brazos se cerraban sobre los suyos con rapidez y habilidad mientras que dos golpes rápidos dados a sus piernas le obligaban a arrodillarse.
Forcejeó un instante antes de que el dolor en sus brazos amenazase con dislocarle los hombros. Pasados unos instantes en los que el dolor aclaró su mente observó con sorpresa dos lanzas apuntándole, una al pecho y otra a la garganta, a unos escasos centímetros. A dos metros de él dos elfos inmovilizaban a Rheland tirados encima suya sujetando brazos y piernas.
Con la cara medio enterrada en el suelo Rheland intentó decir algo que resultó ininteligible para todos los allí presentes, aunque tengo la ligera sospecha de que involucraba a sus antepasados de forma poco favorable y muy pintoresca.


- ¡Quiero un abogado, esto es humillante! ¡La ley de derechos humanos no permite esto!- gritó Rheland desde el interior de la jaula.
Los elfos habían sacado de la ciudad una jaula de barrotes metálicos que usaban para capturar animales salvajes. Mal que les pesara a los dos jóvenes, se estaban comportando como tales cuando los capturaron, por lo que decidieron tomar medidas drásticas. Cratylus descansaba dentro de la jaula sin montar el escándalo que su compañero porque él solo se bastaba para gritar por los dos. Además de que la explosión de adrenalina que había sufrido aquel día le había dejado agotado.
- ¡Quiero a un abogado!- repitió.- ¡Racistas, sois unos malditos racistas!
Uno de los elfos junto a la jaula golpeó con la lanza los barrotes intentando que se callara.
- Déjalo, tío.- dijo Cratylus cansado.- No creo que nos entiendan o si no ya nos habrían matado. No paras de mencionar a sus padres y abuelos.
- No es justo.- dijo sentándose con las piernas cruzadas en el suelo de la jaula.- No hemos hecho absolutamente nada y nos han apresado. Bueno… YO no hice nada cuando me tiraron la red. Fue después.
- Ya… Que quieres que te diga. Me salió de pronto. Nos vi a los dos muy mal. En ese momento era golpear o ser golpeado.- se excusó.
- No digo que sea culpa tuya. Nos iban a apresar hiciéramos lo que hiciéramos. Lo que no entiendo es el porqué.- replicó.
- Ya somos dos.- dijo el joven mirando a sus captores con dejadez.- Vaya panda.- comentó seguidamente.- Creo que podemos decir con orgullo que han necesitado diez tíos para lograr apresarnos… y sólo somos dos y desarmados.
Los dos se silenciaron mecidos por el traqueteo de la carreta que transportaba la jaula tirada por dos caballos de tiro.
A los pocos minutos volvieron a ver la muralla de la ciudadela, alta e imponente y la carreta se dirigió hacia una de las entradas; un gran portón de madera oscura con grandes remaches de metal negro que contrastaba mucho con la blancura de la muralla.
Escucharon unos gritos provenientes de la muralla cuyas palabras no entendieron a los que respondieron sus captores en el mismo lenguaje.
Las puertas se abrieron repartiendo un rumor por el suelo y la marcha se reinició. Una vez salvaron ese obstáculo, se adentraron en la ciudad amurallada y pudieron contemplar ésta en todo su esplendor, ante el cual, pese a la situación en la que se encontraban, no pudieron sino quedarse mudos de la impresión y sobrecogidos por el espectáculo que ante ellos se desplegaba.
Numerosos edificios se alzaban a todos los lados de la calzada adoquinada y más allá, construidos siguiendo un diseño arquitectónico hasta ahora inconcebible para ellos, pues las formas y ángulos que las casas formaban les desconcertaban sobremanera, sin poder compararlas con cualquier otro edificio que antes conocieran. Los tejados se doblaban y curvaban en formas imposibles sin dejar de conformar una sola pieza, y hasta la rectitud de las paredes les parecía cuestionable, como si se extendiese desde cualquier punto retorciéndose de formas que ningún material sólido pudiera hacer. Y lo más impresionante de todo eran los colores. Colores que abarcaban todo el espectro luminoso conocido para ellos, con algunas tonalidades y reflejos que imposibilitaban el nombrar con una sola palabra aquellos colores. Cada casa podía tener varios colores diferentes, y todas y cada una de ellas sería diferente al resto. El material del que estaban hechas las diversas edificaciones no parecía otra cosa que mármol, pero el mármol no podía tomar aquellas formas, ni poseer aquellos matices que tanto capturaban el ojo. He de decir en su favor que a mí también me resulta una visión a veces desconcertante, pues tantos colores y formas terminan por confundir a uno, y a veces me irritaba tener que trabajar para distinguir todas aquellas viviendas. En un día despejado y soleado puede crear numerosos trastornos visuales si uno mantiene su vista sobre la ciudad de una forma continuada.
Aún sin salir de su asombro, salieron de la calzada principal llevando a los prisioneros hacia un edificio de mayor sobriedad que el resto, y como pudieron apreciar ambos cautivos, de mayor solidez y seguridad. “El cuartel” pensaron, y no andaban desencaminados, pues era el lugar donde todos los centinelas y soldados de la ciudad se reunían cuando no estaban de servicio o esperando órdenes. Se adentraron, y para su desconsuelo, vieron bastantes decenas de elfos armados y pertrechados, listos para cualquier emergencia como por ejemplo una fuga de prisioneros. Llegaron a una pequeña sala de piedra sin ornamento alguno donde dejaron la prisión portátil en el suelo, les obligaron a salir y les sentaron en recias sillas de madera sujetos por cadenas.
La mayoría de los soldados salieron de la sala, quedándose unos tres delante suya con gesto hosco y cuatro más que vigilaban la única puerta. Los dos amigos se miraron y luego miraron con temor a sus captores, temiendo lo que podría pasarles a continuación. Sus temores eran infundados, pues mis congéneres no están muy habituados al arte de la tortura, aunque no hace falta ser muy versado en ella para infligir un considerable dolor. Eso pudo comprobar Cratylus cuando un fuerte puñetazo le hizo girar la cabeza con dolor al impactar en su pómulo.
- ¿Eso a qué ha venido?- preguntó un sorprendido Cratylus, mirando a su agresor, comprobando cómo éste tenía un provisional vendaje en torno a su nariz, manchado de sangre.- Ah, entiendo, tienes muy mal perder.
Los elfos dijeron algo cuyo significado no llegó a comprender ninguno de los dos, aunque para no conocer el idioma, dedujeron bastantes cosas, como por ejemplo que estaban muy enfadados, sobre todo con Cratylus, que recibió un nuevo golpe al mirar desafiante a quien le golpeó antes. También dedujeron que estaban extrañados por su presencia y les preguntaban algo.
-¡Que no te entiendo!- contestó malhumorado Cratylus.- ¡¿En qué idioma te lo digo?!
Su interlocutor volvió a repetir la pregunta, agarrándolo esta vez por el cuello de la camisa, y con tono menos amable aún, aunque pareciera difícil.
- A ver, gilipollas, ¿acaso me oyes hablar en tu jodido idioma?- respondió el joven.- ¿Cómo diablos piensas que hablando más alto te voy a entender mejor?
De nuevo un puñetazo cruzó su cara a lo que el joven, ya muy harto, respondió de la única manera que le era posible en ese momento, con un gran cabezazo en la boca del elfo que cayó hacia atrás sangrando por los labios y las encías.
El resto de los presentes elfos intentaron reducir a Cratylus que se había levantado con la silla a cuestas y comenzaba a embestir con la cabeza a los que intentaban detenerle cuando de pronto el joven salió volando contra la pared contraria destrozando la silla en el golpe y cayendo a plomo en el suelo inconsciente.
Rheland había visto todo con los ojos abiertos de par en par y el vuelo de Cratylus no le había pasado desapercibido.
- ¡¿Qué cojones habéis hecho?! - dijo exaltado.- ¡¿Tío, tío estás bien?!- le preguntó a su amigo derribado sin recibir respuesta.
De pronto otro elfo, mucho más anciano que el resto, pasó al lado de Rheland hacia Cratylus. Con cuidado dio la vuelta al joven en el suelo observando un pequeño hilillo de sangre cayéndole por el pómulo proveniente de la sien.
- ¡Como le hayáis matado, hijos de puta, haré de vuestra vida un infierno aunque sea como un puto fantasma!- gritó Rheland rabioso.
El anciano levantó la mano en su dirección y señaló al pecho de su amigo que se movía rítmicamente a lo que Rheland se tranquilizó un poco. Dijo unas pocas palabras a los otros elfos que se acercaron a Cratylus y se lo llevaron de allí.
- ¡Eh, eh, ¿adónde os lo lleváis?!- preguntó nervioso.
No recibió respuesta de los elfos que salieron en silencio dejando a solas al joven y el anciano elfo.
Ambos se miraron en silencio hasta que el anciano, cuya larga barba negra le caía por el pecho de la túnica blanca que llevaba adornada con ricos bordados plateados, habló con voz calmada a Rheland. Este torció la cabeza no comprendiendo una palabra de lo que decía.
- Venimos en son de paz.- dijo sin saber qué responder.
El anciano meditó sus palabras pero tampoco entendió el mensaje por lo que volvió a preguntar.
- A ver…- dijo exasperado el joven.- No quiero parecer maleducado pero no te entiendo. Y tú tampoco me entiendes, así que me gustaría dejar de perder el tiempo y dedicarlo a algo más productivo. Joder, que no es tan difícil de comprender, que hablamos idiomas distintos, de dos jodidos distintos mundos.
El anciano se acarició la barba, meditabundo, dijo unas palabras a modo de despedida y se marchó dejando al joven a solas.
Pasado un largo rato el joven empezó a hablar solo.
- ¿Hola? ¿Hay alguien? ¡Tengo hambre!

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