Los Relatos

Las obras se actualizarán a discreción de sus respectivos autores, aunque se intentará mantener el plazo de un capítulo cada dos semanas.
Comenzaremos con unas historias que ya poseemos, pero más adelante, aceptaremos solicitudes de participación para publicar obras de nuevos autores.

lunes, 18 de abril de 2011

WTF - Capítulo 4

Leer antes WTF - Capítulo 3

Las reglas de este mundo


Cratylus y Rheland estaban de un humor apático después de las noticias del día anterior. Nada más recibir el ofrecimiento de Handeriel, los dos se retiraron a una habitación que habían preparado para ambos y constaba del mobiliario básico y un par de camas algo cómodas. No tenían ganas de hablar con nadie, ni siquiera entre ellos, así que durmieron durante el resto del día y toda la noche.
He de decir, que aunque hubiese pasado bastante tiempo, aún quedaban horas de luz, ya que los días en mi mundo son sensiblemente más largos que en éste, por haber dos soles y algunas otras cosas de difícil explicación. Aquí los días duran veinticuatro horas, mientras que en mi antiguo hogar llegan a las treinta y seis. Las noches duran parecido, pero el día puede hacerse bastante largo y cansado.
Al comenzar ambos astros a pegar con fuerza a través de las cortinas de la estancia los jóvenes se vieron incapaces de continuar con su descanso, lo cual era lógico, pues llevaban más o menos doce horas durmiendo.
Durante unos minutos ambos se removieron inquietos entre las sábanas, despertándose del todo.
- Joder, tío, pensé que jamás diría esto, pero…- habló Rheland con la boca aún pastosa.- Estoy harto de dormir.
- Y yo…Y mira que me ha costado coger el sueño…
Al poner los pies en el suelo, vieron que en la pequeña mesa que tenían en la habitación estaban dos bandejas de comida que contenían frutas frescas variadas.
- Ah, mira, el desayuno.- dijo Cratylus con desgana, que cogió una manzana y empezó a morderla, pese a que no se encontraba con mucha hambre.
Comieron en silencio, tratando de no pensar en lo acaecido el día anterior, pero sin ser capaces de que esos pensamientos abandonasen sus mentes.
- ¿Qué haremos ahora?- murmuró Rheland más para sí mismo que para hacerse escuchar.
Su amigo le miró a la cara pensativo.
- Pues verás, he estado pensando esta noche en lo que nos espera, y la verdad, no me agrada mucho la idea de quedarnos aquí encerrados indefinidamente sin poder hacer nada.- comentó el muchacho.
- ¿En qué estás pensando?
- Mira, podríamos aprovechar esta situación, en cierto modo.- dijo Cratylus enigmáticamente.
- Me temo que no te sigo…- contestó Rheland rascándose la cabeza.
Cratylus le miró con un extraño brillo en los ojos.
- Tú has visto lo mismo que yo, ¿no?- afirmó, más que preguntar.- Magos, guerreros…
- Ajá…
- ¿Recuerdas a nuestros personajes homónimos? ¿Qué eran?
- El tuyo era mago y el mío un guerrero. Pero no entiendo qué tiene que…- Rheland se interrumpió y le miró con los ojos abiertos de par en par.- No pretenderás que nosotros…
- Exacto.- dijo con una sonrisa de oreja a oreja.- Podríamos aprender y entrenarnos para ser como ellos. ¿Qué te parecería ser un guerrero? ¿Y que yo sea mago?
- Sería estupendo, pero…no creo que sea posible.- dijo Rheland sin estar muy convencido.- Además, no sabemos nada de nada de este mundo, ni nada de esta ciudad, ni de los elfos, ni el idioma ni nada.
- Sí…Imagino que primero deberíamos intentar aprender algo de este mundo.- concedió Cratylus.- El idioma, por empezar con lo primordial.
- ¿Y si le pidiéramos los pergaminos que usó el… el tío éste para poder hablar con la gente?- preguntó.
- Handeriel. Y no, ya que los pergaminos se rompen nada más usarlos, así que no pienso cargar con cientos de hojas para poder hablar con cada persona.
Rheland suspiró apenado y ambos decidieron hablar con su anfitrión para pedir consejo y cualquier posible ayuda.
No tardaron en encontrarle ya que estaba sentado en el salón leyendo un libro a la luz de una esfera brillante que flotaba sobre su cabeza. Los dos jóvenes miraron la esfera un instante antes de encogerse de hombros y seguir a lo suyo.
Cratylus hizo varias señas a Handeriel el cual comprendió rápidamente echando mano de dos papeles que tenía preparados en la mesilla junto a él.
- ¿Ocurre algo?- preguntó habiendo leído los dos pergaminos.
- Hemos estado pensando en nuestra situación…
- Es comprensible.- confirmó el elfo.
- Sí, bueno, y creemos que sería bueno para nosotros algún tipo de actividad o algo semejante para poder aprender vuestro idioma y así no depender de esos papeles. ¿Aquí existe algo así como una escuela de idiomas?- preguntó Rheland.
- No sé muy bien a qué os referís, pero si vuestro propósito es aprender un poco puedo intentar buscar algo que se adapte un poco a vosotros para que os vayáis desenvolviendo.
- Estaría bien. ¿Qué podríamos hacer?- preguntó Cratylus.
- Puedo… creo que podría encontraros trabajo, por lo menos a uno inmediato ya que un amigo de la biblioteca necesita a un ayudante. ¿Os interesa a alguno? Os ganaríais un sueldo además de aprender un poco.- sugirió el anciano.
Ambos asintieron convencidos.
- Creo que este tipo de trabajo convendría más a Rheland ya que tú, Cratylus, bueno, eres algo famoso…
- ¿Cómo?
- Casi toda la ciudad sabe de tus arranques y como dejaste inconscientes a cinco elfos, aunque ya les expliqué que todo fue un malentendido y he pedido que os traten con amabilidad ya que sois mis invitados, pero te tienen algo de miedo. Os daréis cuenta además de que os llaman con nombres diferentes.
- ¿Nombres?- preguntó Rheland extrañado.
- Cywen y Wylurith.- dijo señalando a Rheland y a Cratylus respectivamente.- Lo que significan es “Resbaladizo” y “Bestia”.
- Nos han puesto motes.- dijo Cratylus impactado.
- Les hemos dejado una buena impresión.- replicó Rheland riendo por lo bajo.
- Así que tardaré un poco más en encontrar algo para ti, Cratylus. Pero algo habrá.
- De acuerdo.- dijo el joven encogiéndose de hombros.
Tampoco tenía “tanta“ prisa por ponerse a trabajar.


- Así que aquí voy a trabajar…- dijo Rheland.- Mola.
Estaban él, Cratylus y Handeriel de pie frente a la entrada de un edificio de los más grandes que había en la ciudad. Fácilmente se lo habría podido comparar en tamaño con uno de esos edificios de viviendas de cinco pisos que tan frecuentes son en este mundo. Además sus paredes brillaban con un color que alternaba entre en azul y el verde según cómo se mirase y que hacía parecer como si sobre su superficie estuviese resbalando algún tipo de extraño líquido constantemente. Amplios ventanales adornaban la fachada cada pocos metros, pues la iluminación es un elemento fundamental en una biblioteca, y junto a la acristalada bóveda permitían el acceso casi total de la luz que le llegaba de los soles.
Los tres se dirigieron hacia la entrada del recinto, que tendría cerca de unos diez metros de altura por cuatro de anchura, y ya desde fuera se podía sentir un aura de silencio que parecía exudar la propia biblioteca desde su interior. Un elfo de aspecto venerable aunque vigoroso les esperaba en el umbral con aire paciente.
Se detuvieron frente a él nada más llegar y Handeriel se puso de inmediato a conversar con él, entendiendo los jóvenes que estaba realizando las presentaciones y comentándole que Rheland sería su ayudante en la biblioteca mientras señalaba al mencionado. El otro anciano le devolvió unas cuantas palabras amables y después ambos se volvieron hacia ellos.
- De acuerdo… Éste es Reniel, uno de los elfos más ancianos y respetados de la ciudad.- les introdujo el elfo.- Él es el bibliotecario y a partir de ahora tú trabajarás para él, Rheland. Le ayudarás en todo lo que necesite y te pida. Además, parece encantado de poder contar con un ayudante tan joven y lleno de vitalidad, según me ha dicho.
- Ah…Encantado, o como quiera que se diga.- respondió el interpelado.
El mago hizo la traducción y el bibliotecario sonrió divertido.
- Ye le he explicado que no conoces absolutamente nada del idioma, así que al principio te hablará con señas mientras trata de enseñarte algo de nuestro idioma.- explicó Handeriel.- También le he dejado un par de pergaminos de los míos por si hacen falta para alguna situación especial. Así que nada, buena suerte, y trata de esforzarte. Y ahora tú.- dijo dándose la vuelta mirando a Cratylus.- Ven conmigo, tal vez podamos encontrarte algo mirando por ahí.
- Bueno, tómatelo con calma.- propuso éste.- Con la mala fama que parezco tener me pregunto si alguien querrá contratarme. Y bueno, tú no la cagues.- le dijo a Rheland guiñándole un ojo.
Ambos se marcharon de allí dejando solos al bibliotecario y a Rheland, que miró con cierta aprensión cómo se marchaban. Reniel le hizo una seña para que le acompañase al interior del edificio, cosa que hizo.


Cratylus y Handeriel caminaban despacio por la calle, mirando hacia todos lados, mientras el elfo parecía buscar algo, pero lo que veía no terminaba de convencerle al parecer.
- ¿Puedo preguntarte qué tipo de cosas se te dan bien?- preguntó el elfo.- Así tal vez podría buscar algo que se ajustase mejor a tus posibilidades.
- He hecho un poco de todo, pero… no es que tenga algo que se me dé especialmente bien.
- Aparte de golpear a la gente.- añadió Handeriel.
- Bueno, sí, aunque no es mi especialidad.- dijo riendo la broma.
Continuaron vagando sin rumbo fijo por toda la ciudad. De pronto, un elfo les vio de lejos, abrió los ojos mirándoles detenidamente y se acercó a ellos a la carrera. El elfo en cuestión era bastante más corpulento que el resto, como pudo comprobar Cratylus, comparándolo con los estándares élficos. Al verle acercarse de esa manera, el joven se puso detrás del mago, pues no sabía con qué intenciones se aproximaba el otro, y no quería comprobarlo por si eran malas. El elfo se detuvo delante de Handeriel y le dedicó una amplia sonrisa a Cratylus, que no supo qué responder a eso. Acto seguido éste se puso a hablar con Handeriel rápida y fervorosamente, a la par que hacía grandes aspavientos con las manos. Cratylus apenas podía seguir la conversación por lo que decía el mago, así que se propuso esperar a que acabase y le hiciese un resumen.
A los pocos minutos ambos pararon de hablar y se volvieron hacia Cratylus, que les miró desconfiado.
- Por si acaso, yo no he hecho nada. Que quede claro.- dijo a la defensiva.
- No, no, nada de eso, verás, éste es Banung, nuestro herrero, y parece ser que es un admirador tuyo.- explicó Handeriel.
Cratylus parpadeó un par de veces, chocado por la noticia.
- ¿Cómo dices?
- Sí, me ha dicho que te diga que le agradó mucho la lección que le diste a los guardias de la ciudad.- comentó el elfo.- Dejaste claro que les falta entrenamiento, como él lleva diciendo mucho tiempo, y por eso te lo agradece.
- Ah, ¿entrenan poco?- preguntó el joven.
- No, lo que pasa es que según él deberían tenerles durante todo el día corriendo llevando pesas a cuestas para endurecerles el carácter.
- Oh.
- Oye, se me ocurre una cosa.- dijo de repente el mago, volviéndose hacia el herrero. Volvieron a hablar durante un breve tiempo en el que una amplia sonrisa se empezaba a dibujar en la cara de Banung.
- ¡Ya está!- dijo Handeriel contento mirando a Cratylus.- Te acabo de encontrar trabajo; serás el aprendiz del herrero. ¡Enhorabuena! Es un puesto de importancia.
- ¿Ah, sí?- preguntó extrañado.
- Claro, la ciudad sólo tiene un herrero, y él es el fabricante de todas nuestras armas y armaduras. Es un honor poder aprender de él.- añadió el elfo.- Hala, pues ya te quedas con él y te lleva a la herrería y te enseña todo. Os esperaré esta noche para celebrar con una buena cena que todo ha salido bien.
Y sin decir nada más, dio la vuelta y se marchó. Con una sonrisa, Banung le dio una palmada vigorosa en la espalda, que le dejó sin aire momentáneamente.
- Un momento…- pensó Cratylus.- Armas y armaduras… ¿para toda una ciudad? Dios, creo que me va a tocar currar como un esclavo.


La caminata les llevó varios minutos hasta que llegaron a un edificio que no disponía de paredes. Tres grandes forjas, con inmensos fuelles en su base accionados por poleas, se erguían en línea atravesando un techo de madera. De las vigas que lo componían colgaban docenas de armas a medio hacer y multitud de herramientas tales como martillos y tenazas y tres grandes yunques estaban dispuestos frente a las forjas además de varias mesas de madera y cubos de agua repartidos por el lugar.
- Tú no tienes miedo a que te roben, ¿verdad?- comentó el joven viendo la facilidad con la que alguien podría meterse en la herrería por la falta de paredes.
El elfo sonrió ante su comentario, aunque no lo entendía. Supuso que estaba alabando su lugar de trabajo y le indicó que le siguiera. Pero antes de que lograran dar dos pasos, una elfa se interpuso en su camino con el rostro visiblemente contrariado. Tenía el pelo castaño claro que le caía ondulado hasta la mitad de la espalda y a diferencia de las otras elfas, las pocas que había visto Cratylus, ésta no vestía ni túnicas ni sencillos vestidos sino unos pantalones ajustados de cuero marrón claro y un chaleco sin mangas sobre una camisa blanca de lino. Sus ojos de colores cambiantes miraron al muchacho de arriba abajo, gesto que imitó él.
La joven empezó a hablar a toda prisa con el herrero mientras señalaba más de una vez a Cratylus el cual se cruzó de brazos, no molesto porque hablaran de él y no pudiera enterarse, sino porque sentía más curiosidad por saber por qué estaba tan enfadada la elfa.
Banung replicaba con fiereza y parecía estar dejando algo claro por la forma en que movía la mano pero Cratylus era incapaz de imaginar de qué se trataba. Acto seguido hizo un arco con la mano frente a la joven diciendo algo en tono tajante.
- Será su mujer… no, tiene más pinta de sobrina o hija.- pensó meditabundo el joven.
La elfa, rabiosa le miró de nuevo a lo que el joven reculó ya que sus ojos despedían odio.
- ¡Ista leron!- le gritó antes de marchase dando grandes zancadas.
Banung, irritado, dijo varias frases agitando el índice pero la joven le ignoraba dándole la espalda y alejándose. Cuando el herrero hubiera respirado varias veces tranquilizándose, miró a Cratylus encogiéndose de hombros con impotencia. El joven, que aún intentaba averiguar de qué trataba aquella conversación, no le dio mayor importancia al suceso.


- Bueno, ¿qué tal el primer día?- preguntó Handeriel.
Cratylus y Rheland, derrumbados en dos sofás le miraron un instante, incapaces de responder en ese momento, mientras descansaban sus doloridos músculos los cuales querían suicidarse. Y por el dolor que sentían, parecían estar teniendo éxito.
- ¿Ha sido muy duro?
- Cincuenta kilos de metal sobre mi espalda durante tres horas, moviéndolo por todo el jodido lugar. Con un calor que te mueres y sudando como un cerdo. Moviendo todo de sitio, limpiando piezas de metal, he reordenado todo el lugar yo solo. ¿Tú sabes lo que cuesta mover un yunque? Pues imagínate tres.- dijo Cratylus mirando al techo.
- ¿Y tú? La biblioteca será más tranquila, supongo.- preguntó mirando a Rheland.
- Tranquila era, nadie ha venido. Por eso tu gran amigo ha decidido hacer limpieza de estanterías. Y aquí como el libro más pequeño tiene dos mil putas páginas y tapa de cuero y algunas son de metal, y por lo visto no conocéis las escaleras de mano, he tenido que escalar con arnés y todo las estanterías cogiendo los libros con los dientes mientras me agarraba para salvar mi vida. Una de las estanterías medía ocho metros, doy fe.
- Vaya, así que tú también has tenido que hacer trabajo físico, ¿eh?- comentó Cratylus.- Menos mal, creía que iba a ser el único al que le tocase pringar.- finalizó con una sonrisa.
- ¿Físico?- replicó indignado.- Acrobático más bien. He estado a punto de estamparme contra el suelo unas doce veces, y no a poca altura. Y lo peor de todo era cuando el bibliotecario me pedía que le trajese un libro, que mira que me costó entender qué me pedía, y me escribía el título en un papelillo, tenía que subir y empezar a mirar por ahí. ¡Y como no entiendo ni una maldita letra de las que hay escritas le bajo uno que no es y de vuelta arriba a dejarlo y coger otro!- dijo ya fuera de sí, llevándose las manos a la cara, agotado.- ¡Te lo juro, son todas iguales!
Handeriel les miraba a ambos con una mezcla de compasión y sorpresa, pues no esperaba que sus trabajos fuesen tan duros. Les hizo una seña a ambos y les dijo que la cena estaba lista, así que tendrían que ir al salón. Con movimientos rígidos y con muchos quejidos los chavales se pusieron en pie y se encaminaron lastimeramente hacia el salón, donde les esperaba una reparadora cena. Cuando llegaron, Maedith les esperaba sentada a la mesa y les recibió con una sonrisa que intentaba infundir ánimo, viendo el deplorable estado en el que se encontraban.
Ni que decir tiene que nada más regresar a la casa tomaron un largo baño, si no probablemente nadie, ni humano ni elfo, hubiera podido aguantar a su lado sin pinzas para la nariz, e irían dejando un rastro encharcado en el suelo. A la salida de su aseo unos ropajes limpios les aguardaban en su habitación, mientras sus ropas aguardaban a ser lavadas a conciencia o bien incineradas, dependiendo de si aún quedaba esperanza para ellas. Ambos se pusieron los atuendos, que consistían en sendas largas túnicas de algodón suave, frescas y ligeras, de vivos colores. Creo que lo que ambos pensaron al ponérselas, por lo que sus expresiones dejaban traslucir, era algo similar a “Joder, soy un payaso”.
Cuando se encontraban ya los cuatro sentados a la mesa, Maedith se levantó y trajo de la cocina una especie de cuenco grande. Se dirigió sonriente a la mesa llevándolo.
- ¿Recuerdas de ese alimento del que me hablaste?- le preguntó a Cratylus, gracias a que su padre había decidido también usar sus pergaminos con ella, para que pudiese participar en sus conversaciones.- ¡Pues mira!
Dejó el cuenco en la mesa y los demás se inclinaron sobre la mesa para poder ver su contenido. La verdad es que era costoso describir algo como eso, sobre todo teniendo en cuenta que jamás se había visto algo similar en la ciudad de Ala-sagar. El plato constaba de una especie de pasta de cereal de forma alargada y de color verdoso, unas tiras de carne asada cortadas finamente y todo ello regado por una salsa espesa de color rojizo tirando a morado. Los ojos de los tres, incluyendo al atónito padre de Maedith, se abrieron como platos al ver el despliegue de color que hacía acto de presencia ante ellos, y no cambiaron de expresión mientras la cocinera de aquel collage alimenticio se lo servía en sus platos.
 - No pude encontrar esa fruta que me dijiste para hacer la salsa, pero encontré una parecida.- explicó Maedith orgullosa de su capacidad de improvisación culinaria.
Cuando ya estaban todos los platos llenos, se sentó también y les miró expectante. Temerosos de probar aquel plato, pero pesando en su conciencia la posibilidad de desilusionar a Maedith y su duro y altruista trabajo, tomaron la decisión de comerlo. Cada uno cogió una pequeña cantidad y se la introdujo en la boca, masticó con lentitud mientras intentaba discernir el sabor de la sorpresa.
- ¡Hey! ¡Está bueno!- dijo Rheland con los carrillos hinchados y llenos.
Lo que no supieron ninguno de los dos humanos hasta… Bueno, quizá nunca se enteraron, es que aquel plato de importación se hizo bastante popular en la ciudad, pues era económico, sencillo y resultón. Pese a que tenía aspecto de diferir bastante del original.
- ¡Gracias! Me he inventado un poco la receta, pero creo que me ha quedado bien.- respondió orgullosa y agradecida de que les gustase.
- Desde luego, es lo mejor que hemos comido desde que llegamos a este mundo.- dijo Cratylus sonriente.
- Incluyendo setas extrañas.- agregó Rheland, callándose al notar la mirada asesina que le dirigía su amigo.
Continuaron comiendo y charlando animadamente durante un rato. Cuando acabaron, habían comido tanto que tuvieron que quedarse recostados en los asientos, digiriendo la abundante comida.
- ¿Y cuándo libramos, o es festivo por aquí?- preguntó Cratylus pensando en el día que les aguardaba.
- Aquí trabajamos todos los días, a excepción de celebraciones importantes. Hay cuatro al año; una en cada cambio de estación.- explicó Handeriel.
La cara de los jóvenes se puso blanca de espanto, y por un momento pareció que no les llegaba suficiente aire, dada su aparatosa y dificultosa respiración. Sus ojos estaban a punto de salirse de sus órbitas, para describir una por cuenta propia.
- Ah, por cierto.- intervino Maedith.- Ahora que estáis hablando del trabajo, se me ha ocurrido una cosa. Como tengo bastante tiempo libre de mis estudios por las mañanas, podría ir a mediodía a veros en vuestros trabajos y llevaros algo de comer.
- Ah, bien. Por lo menos algo bueno.- dijo Cratylus recobrándose de la mala noticia recibida.
- Sí, estaríamos muy agradecidos.- dijo Rheland.- Tengo la sospecha de que mi jefe no come, y sólo se alimenta de libros y polvo.
Los cuatro soltaron una carcajada. De pronto Cratylus recordó algo que le había sucedido.
- Por cierto, ¿qué significa “ista leron”?- preguntó con curiosidad.
Maedith y su padre se sobresaltaron y le miraron con una expresión de sorpresa y agitados. Se miraron el uno al otro sin saber qué decir, o más bien, cómo decirlo.
- Pues…- comenzó a decir Handeriel.- Primero, ¿dónde has escuchado eso?
- Me lo dijo la hija de Banung, creo que era eso, al menos lo escuché bastante claro, ya que me lo gritó a la cara.- explicó.
- Verás… eso que te ha dicho es un insulto en nuestro idioma.- dijo Maedith.
- Ya, eso lo suponía por la forma en que lo dijo.- comentó Cratylus sin molestarse.
- Más en concreto, significa “hijo bastardo de animal hediondo y repugnante”.- continuó Handeriel, viendo que su hija era incapaz de expresarlo en alto, como demostraba el rubor que dominaba su cara.
- Ah, bien.- rió Rheland.- Creo que le caes bien a alguien.
- ¿Y no te sientes ultrajado?- preguntó el elfo extrañado.
- ¿Por esa tontería? Creo que si es lo mejor que sabe, podría darle unas cuantas lecciones.- Se volvió hacia su amigo.- ¿Te acuerdas de aquella vez que estábamos de copas en el pub de siempre, con el calvo de allí?
- Oh, joder, ¡para no acordarse!- dijo entre carcajadas Rheland.- Le pusimos a caldo en un momento. La cara de humillación con la que se fue no tuvo precio.
- Sí… Pero una cosa hay que reconocer, lo que se dice es cierto.
- ¿El qué?
- Lo primero que se aprende de los idiomas nuevos son los insultos.


Los días se fueron sucediendo en sus respectivos trabajos. Al principio sólo lograron aprender un grupo de palabras sueltas que describían acciones simples como por ejemplo “trae eso” o “lleva esto” siempre acompañadas de gestos.
Cada uno en su trabajo tuvo sus propios problemas. Rheland aprendió que un derrumbe de conocimiento físico sobre su persona podía acarrear dolorosas consecuencias, para que luego digan que el saber no ocupa lugar. Pero sí pesa.
El bibliotecario se quedaba absorto leyendo extensos tratados o detalladas enciclopedias mientras Rheland trabajaba. Tal era su ensoñación que el muchacho probó a tirarle un libro encima, lo cual solo fue correspondido con un gruñido rascándose la cabeza. Era bastante irritante porque en el silencio de la biblioteca su respiración silbante crispaba los nervios además de no poder contar con su ayuda, como constató desde el suelo, enterrado bajo libros una vez más.
Debido a sus problemas para encontrar los libros adecuados, Maedith se ofreció a enseñarle el lenguaje escrito cuando estuvieran en su casa ya que ella tenía sus propios estudios durante el día.
En cambio, Cratylus tenía que soportar las extenuantes horas de ajetreo en la forja teniendo que accionar los fuelles sin parar mientras Banung calentaba el metal, o cargando kilos y kilos de metal de un lado a otro y soportar el peor problema de todos; una hija insoportable a la que no le gustaba nada su presencia en la forja.
En sus múltiples intentos de sabotaje le ponía la zancadilla cuando Cratylus pasaba a su lado o le escondía las herramientas que buscaba o… vamos, que quería que se fuera.
El joven se podía quedar mirando horas a Banung que parecía tener una energía inagotable y una voz portentosa ya que se dedicaba horas y horas a crear una pieza sin parar ni para comer y cuando terminaba gritaba de tal forma que prácticamente toda la ciudad sabía que había terminado.


Otro día más en su ahora nueva rutina, Maedith empezó a preparar la comida que llevaría a los dos jóvenes trabajadores. Los dos chicos se conformaban con cualquier cosa mientras fuera en grandes cantidades, ya que ambos comían como si fuera su última comida.
Salió de su hogar con la sonrisa en el rostro ya que hacia un día esplendido y tenía una morbosa curiosidad por lo que vería ese día en los respectivos trabajos de los jóvenes. Hasta ese momento ningún día le defraudó respecto a lo que sorpresas se refería.
Caminó con prisa hacia la biblioteca saludando a sus conocidos en el camino y abrió la gran puerta que guardaba el edificio.
Entró en silencio, no rompiendo la quietud del lugar, y buscó a su alrededor para encontrar a Reniel.
- ¿Puedes decirme dónde está Rheland?
No le dio tiempo a responder cuando un grito ahogado, el cual finalizó de manera brusca seguido del estruendo de un montón de libros cayendo de gran altura.
- Allí.- respondió el bibliotecario señalando.
- ¡Dimito! ¡Quiero un sindicato que ponga escaleras!- gritó Rheland en su idioma, enterrado bajo una montaña de libros, la cual se empeñaba en caer encima suya cada vez que pasaba por ahí.
En esa condición le encontró Maedith que no podía reprimir una sonrisa divertida al ver la situación.
- ¿Te ayudo a salir?- preguntó la joven.
- No, estoy bien. Así descanso.- respondió el joven en élfico con un fuerte acento usando las pocas palabras que había aprendido. Las que más usaba eran, “dolor” y “sufrimiento”
- Te traigo el almuerzo.- dijo acuclillada a su lado.
- Gracias.
- Veo que no ha mejorado tu estabilidad.
El muchacho miró al techo suspirando.
- Pero mi resistencia ha mejorado, ya casi no siento las caídas. Y mira ya puedo reconocer algunos de los libros que me caen encima.- Cogió uno mirando la portada.- “Compendio de criaturas” volvemos a encontrarnos, mi némesis.- agregó con rencor.
Maedith rió divertida ante su broma y se despidió con la mano dejándole con sus, en esos momentos, muy cercanos amigos.
La joven suspiró al salir de la biblioteca ya que le quedaba un largo trecho hasta la forja de Banung. Sin planteárselo, comenzó a caminar antes de que se desanimara y al cabo de un largo rato llegó hasta allí.
La estampa era demasiado parecida a la del resto de los días mientras Cratylus, descamisado por el calor, movía el fuelle de la forja a toda velocidad mientras el herrero, con trozo de metal metido en las ascuas, pedía más y más aire.
La joven se quedó un momento mirando al muchacho cuyo extenuante trabajo estaba dando frutos tonificando su cuerpo y engrosando sus músculos. En poco más de dos semanas los brazos del joven habían tomado un diámetro considerable. No le cabía duda de que si antes podía dejar inconsciente a un elfo de un puñetazo, en ese momento lo mataría de uno.
- Buenos días, Maedith.- saludo Nerena, la hija de Banung.- ¿Haces tu ronda habitual?
Durante aquellas semanas, Nerena y Maedith se habían hecho amigas de tanto verse. Hablando de algunos temas de la ciudad, de la forja, y como no, de Cratylus, al cual una defendía y otra quería echar de allí como fuera. Estaba sentada sobre un tocón de madera frente a la mesa de trabajo anotando el inventario.
- Sí. ¿Por qué esa cara tan decaída?- preguntó Maedith extrañada por el semblante de su amiga.
- Porque nada me sale bien. Mi padre cada vez está más contento con el Wylurith.
- ¿Sabes que tiene nombre?
- No se merece uno.- dijo con acritud.- Es una bestia maleducada y sin respeto alguno.
- ¿Te ha faltado al respeto?
- No, pero me ignora.- replicó.
 Maedith se sonrió divertida.
- Fíjate que ayer rompí a propósito uno de los martillos favoritos de mi padre y lo dejé de tal forma que pensara que había sido cosa del humano.
- Qué mala eres.- comentó ya más preocupada.
- Pues mi padre lo miró y le alabó por ello.
- No me digas.
- Sí, dijo que había puesto mucho entusiasmo en el trabajo y que le recordaba a él cuando empezó de aprendiz.- dijo indignada.
- Nerena, deja ya de intentar sabotearle.- pidió Maedith sonriendo.- Tu padre lo dejó bien claro, a ti te faltaba fuerza para este trabajo. No lo pagues con Cratylus, él no tiene culpa.
- Lo peor es que no sirve de nada lo que hago.- dijo contrariada.- Incluso cuando envenené su comida.
Maedith agarró la bolsita de tela donde guardaba la comida de Cratylus con pavor.
- !¿Que tú qué?!- preguntó sorprendida.
- No pienses mal. No quería matarle, solo quería dejarle indispuesto y que no pudiese continuar trabajando. Solo le provocaría fiebre. Pero el muy animal, aún así, se puso a trabajar ardiendo de fiebre. Mi padre lo achacó al ardor de la juventud y dijo que su actitud le gustaba.
Maedith se llevó la mano a la frente negando con la cabeza mientras parecía pensar algo parecido a lo que yo pensé: “Esta chica tiene un peligro… y su padre está loco.”
Cratylus se encaramo a la cuerda y uso todo su peso para tirar de ella y así dar más fuerza al fuelle que accionaba. Banung asintió complacido y el muchacho continuó el proceso durante un largo minuto hasta que el herrero sacó el metal candente y lo llevó hasta uno de los yunques para darle con un gran martillo rítmicamente alternando entre el yunque y la pieza de metal.
Cratylus respiró profundamente agitando los brazos que tenía doloridos y buscó un cubo de agua que vertió encima de él aliviando el calor que sentía.
Chorreando se fijó en Maedith a la que saludo con una inclinación de cabeza y se acercó.
- ¿Ya es mediodía?- preguntó a su lado.
- Así es.- respondió la elfa divertida viendo como el joven dejaba regueros de agua por donde caminaba.- ¿Ha sido muy duro hoy?
- Lo de siempre. Creo que ya me empiezo a acostumbrar.- dijo el joven apoyando la espalda en una de las vigas.- ¿Y tus estudios?
- Un tanto aburridos. Preferiría que me contarais más historias de vuestro mundo.- dijo sonriente.
- No es problema. Luego cuando estemos en tu casa podrás hartarte de historias.- dijo mientras desenvolvía la comida que comenzó a engullir.
Nerena resopló con desdén ante la muestra de confianza del humano, pero Cratylus ni se dio cuenta, ya que estaba demasiado ocupado tratando de tragar todo el contenido de su boca.
- Cratylus, ven aquí.- dijo Banung mirando la pieza de metal con intensidad.
El joven obedeció observado por las dos chicas sorprendidas por el herrero que siempre dejaba al joven comer y descansar durante un largo rato.
- Coge ese martillo e imita mi movimiento en ese yunque.- dijo señalando ambas cosas con la cabeza.
El joven se le quedó mirando estupefacto.
- ¿A qué esperas?
Cratylus cogió el martillo y se le quedó mirando.
- Siempre tienes que golpear con cierto ritmo, es la única forma de crear una buena pieza. Al yunque dos ligeros golpes y luego al metal con ganas, dos y uno, dos y uno, siempre así.- explicó al joven.
- ¿Y quieres que practique en el yunque?- preguntó el joven extrañado sobre todo porque él no tenía ninguna pieza de metal que golpear.
- ¿Prefieres seguir dándole al fuelle?- preguntó Banung sonriendo.
El chico asintió convencido y comenzó a imitar el movimiento del herrero sobre el yunque vacío.
Maedith se fijó en que el rostro de Nerena estaba rojo de ira.
- ¡Pero padre…!- fue a decir levantándose.
- Voy a necesitar más agua, Nerena, hazme el favor de buscar más.- dijo su padre cortando la discusión de raíz.
La joven apretó los dientes con fuerza y agarró el cubo que Cratylus había vaciado alejándose a grandes pasos de la herrería.
Maedith la siguió sin comprender muy bien qué ocurría.
- ¿Por qué estás enfadada?- preguntó con inocencia.
- Le está enseñando.- dijo la elfa con acritud.
- Si no me equivoco, le lleva enseñando bastante tiempo.- replicó confundida.
- Para nada. Ahora le está enseñando a forjar. ¡Algo que ni siquiera me ha enseñado a mí! ¡Eso quiere decir que prácticamente le está nombrando su sucesor cuando él se retire! ¡Tendría que ser yo la que estuviera aprendiendo ahí!- dijo casi gritando.
Maedith se silenció pensativa. Si Banung estaba tomando aquellas decisiones por su cuenta propia podría quedarse plantado a la primera de cambio ya que ya conocía un poco a los dos jóvenes y los veía demasiado inquietos como para quedarse en un lugar para siempre.
Decidió intentar averiguar la respuesta más tarde.


Más tarde, en la casa de Handeriel, Maedith esperaba el momento oportuno de hacer sus preguntas a los dos humanos que comían ruidosamente como poseídos por el demonio de la gula, que terminaba por ser uno más en la mesa todos los días.
- ¿Podría haceros una pregunta?- dijo Maedith con timidez.
- Es un país libre… ¿verdad?- preguntó Rheland.
- Sí, sí, ya te lo expliqué.- contestó su amigo.- Bueno, pregunta.
- ¿Qué es lo que tenéis pensado hacer de aquí en adelante? Ya lleváis aquí un mes y parece que os estáis adaptando bien. Así que estoy intrigada. ¿O es que no habéis pensado en ello?
Los dos jóvenes se silenciaron y cruzaron una mirada de total entendimiento.
- Aún es pronto para ello. De momento desearíamos seguir como hasta ahora. Aún tenemos problemas con el idioma y además, todavía no sabemos nada de nada de lo que llamáis “habla tradicional”.- dijo Cratylus refiriéndose a la lengua más extendida entre los reinos.
- No es que os esté metiendo prisa, sólo sentía curiosidad.- replicó la elfa aclarando sus intenciones.
- Ya, ya, pero también necesitamos un poco más de tiempo para desenvolvernos, porque como nos habéis dicho, hay monstruos ahí fuera, y no es plan el quedarse encerrados de por vida dentro de los muros de la ciudad.- agregó Rheland.
- Ah, así que pretendéis viajar.- afirmó Maedith.
De nuevo los dos chavales cruzaron la mirada.
- Oye, pues no me parece mala idea.- dijo Cratylus a su compañero en su propio idioma.
- No, la verdad es que puede ser interesante.- replicó éste a su vez.
- Decidido, sí, vamos a viajar en un futuro.- confirmó Cratylus a Maedith.
Los dos asintieron satisfechos por la decisión que acababan de tomar bajo la atónita mirada de la elfa que no sabía si los dos jóvenes hablaban en serio o en broma como otras tantas veces.
- ¿Y qué más queréis hacer aquí durante ese tiempo?- preguntó Handeriel involucrándose en la conversación tras degustar la nueva invención culinaria de su hija.
- Ah… pues también queremos aprender a defendernos. Aprendiendo magia o a luchar, y aquí parece que se pueden aprender ambas cosas.- contestó Cratylus con seguridad.
- Eso está bien.- dijo el elfo complacido.- Si me lo permitís, hablaré con algunos conocidos para ver que se puede hacer. Pero daros cuenta de que mi hermano podría volver cualquier día.
- Sin querer ofender, pero creo que tu hermano no va a volver… por lo menos en mucho tiempo.- dijo Rheland alargando considerablemente el “mucho”.


Los días fueron pasando con su rutina y su constante practicar de los dos idiomas que intentaban aprender. Más de una vez durante el mes siguiente mezclaban las palabras de ambos idiomas incluyendo insultos y maldiciones en su propia lengua, y el resultado era digno de oírse aunque sólo fuera por lo extraño que sonaba.
De repente un día, al volver de sus respectivos trabajos, los jóvenes se encontraron con que había dos invitados a la mesa de Handeriel y fueron presentados como el capitán de la guardia y un erudito de la magia, que era como se referían a los maestros de las artes mágicas.
- Por favor sentaos, tengo algo que comunicaros.- dijo Handeriel con una sonrisa de oreja a oreja.
Los dos jóvenes se sentaron enfrentados a los dos visitantes y les miraron escrutándoles a conciencia. Ambos eran fácilmente diferenciables, ya que el citado capitán de la guardia era bastante más joven y fibroso que el encorvado y tranquilo anciano. El soldado parecía estar atento a todo su alrededor, y miró a los chicos con ojo crítico y aire severo. El mago por su parte, tenía un aspecto amable y sereno, y casi miraba con mayor detenimiento el desafío gastronómico que ante él se mostraba en todo su esplendor, pues Maedith se había esforzado y había puesto a trabajar su creatividad al máximo para sorprender a los invitados, y lo estaba consiguiendo con su novedosa fusión de comidas de diferentes mundos.
- Veréis, he estado hablando con ellos dos estos días, por aquello que me dijisteis de que queríais aprender a defenderos, y ellos muy amablemente se han mostrado de acuerdo.- dijo Handeriel señalando a ambos invitados.- Dijeron que tenían cierto interés en ver qué podrían hacer los famosos dos humanos huéspedes de la ciudad.
Los dos jóvenes se miraron sonrientes y emocionados, incapaces casi de controlar la euforia que les invadía. Estaban un paso más cerca de ser como aquellos personajes de rol que tanto admiraban. Rheland pensó en su poderoso guerrero elfo, carnicero de orcos, trolls y demás engendros, mientras que Cratylus fantaseaba acerca de poderosos secretos arcanos que le permitieran, como a su mago, crear tempestades o terremotos con un simple movimiento de mano.
- Así que han accedido a enseñaros, según lo aptos que parecéis ser, magia y lucha respectivamente.- continuó el anfitrión.- Tu recibirás entrenamiento militar y de armas,- dijo señalando a Cratylus.- y tú aprenderás el uso de la magia.- finalizó, señalando esta vez a Rheland.
Los dos humanos se quedaron helados durante un momento. Habían escuchado lo que querían oír, pero por algún motivo, les parecía que el elfo había dicho algo que no terminaba de encajar.
- Eh… ¿podrías repetirlo?- preguntó Cratylus algo confuso.
- Sí, claro. A ti te enseñarán a luchar y a ti a usar magia.- repitió, con idénticos movimientos señaladores.
Ambos se miraron sin comprender, o más bien sin querer entender lo que les decían. Entonces se levantaron, se intercambiaron los asientos, se volvieron a sentar en sus nuevos sitios y preguntó esta vez Rheland.
- Vale, veamos, ahora dilo pero diciendo los nombres de cada uno.
Handeriel estaba a su vez algo perplejo por el comportamiento de los jóvenes, aunque ya estaba algo acostumbrado a sus excentricidades, y era bastante permisivo, ya que los humanos provenían de otro mundo, y no sería educado juzgar sus acciones con demasiada dureza. Así pues, repitió, una vez más, su respuesta.
- Cratylus aprenderá a luchar con armas y recibirá entrenamiento militar. Rheland acudirá a estudiar las artes mágicas y aprenderá su uso.
Por desgracia para ellos, los hechos seguían siendo igual de dolorosamente irrebatibles. Ya sin saber qué decir, los chicos únicamente se quedaron boquiabiertos quietos en el sitio. A los pocos instantes recobraron la compostura, parcialmente.
- Y… ¿cómo es que se ha decidido hacerlo así?- preguntó Rheland muy despacio.
- Pues por aptitudes, como os he dicho antes.- respondió Handeriel.- Cratylus, tú eres bastante fuerte, y has ido fortaleciéndote con el trabajo en la forja, con lo que sería un desperdicio no aprovechar esa potencia física. Además, no tienes ni el más mínimo rastro de talento para el uso de la magia.- añadió, haciendo que el abismalmente decepcionado Cratylus se hundiese más en su asiento.- Y tú, Rheland, parece que tienes buena predisposición a la magia, y además según me ha comentado mi amigo Reniel, mientras trabajabas curioseabas entre los libros de magia y de conocimientos varios, y eso ya te servirá de base para aprender. Mejor que no te dediques a luchar, no tienes cuerpo para ello.- terminó de explicar el elfo, creyendo que los hechos eran evidentes. A Rheland tampoco le parecía así, ya que él sólo rebuscaba entre los libros de magia intentando acallar una duda que tenía acerca de si los magos podían hacer aparecer comida de la nada.
Un silencio sepulcral cubrió la sala, durante el cual ninguno de los allí presentes consiguió descifrar la expresión de las caras de los jóvenes. Finalmente Rheland abrió la boca.
- Las reglas de este mundo me desconciertan.
Y a mí las del vuestro.

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