Prólogo
- ¿Estás seguro de que es lo que tengo que hacer?
Una voz muda para el resto del mundo contestó a la pregunta.
- Hace tanto tiempo que a lo mejor no lo recuerdas bien.
La voz sonó fuerte en sus oídos como si hubiera gritado a su lado. La voz llevaba consigo rabia pero no contra él sino contra la empresa que debían desempeñar.
- Ya sé que no quieres ni verlos, que aún no estás preparado para pasar por esto, y por eso estoy yo aquí en tu lugar. Porque yo sé que esto debe hacerse por mucho que te duela. Y por mucho que les duela a ellos. Hay cosas más importantes.
Capítulo I
-¿Has conseguido las entradas?- preguntó sabiendo la respuesta.
Ángel había estado esperando aquel concierto desde hacía semanas pero sólo hacía dos días que se había enterado de que las entradas se habían vendido casi en su totalidad, lo que quería decir que conseguir algunas era una tarea imposible.
- ¿Tú qué crees?- contestó Francis deprimido.- No han servido de nada todas las horas que me he tirado ahí sentado. Estaban agotadas.
Francis se levantó de la silla de su amplio jardín y Ángel le siguió. El jardín estaba rodeado por enredaderas y en medio de éste había una pequeña fuente la cual no funcionaba desde hacía años y el moho y la suciedad se pegaban a su antigua belleza. El suelo estaba cubierto por baldosas y sólo los laterales y el frente dejaban algo de tierra para que crecieran las madreselvas.
Francis comenzó a dar vueltas alrededor de la fuente como hacía siempre que quería pensar y Ángel se quedó algo alejado mirando como las ruedecillas se ponían en movimiento.
Ángel era alto y de buena constitución conseguida gracias a las horas en el gimnasio con su padre. Tenía el pelo negro azabache y los ojos azul claro. En el lado izquierdo de su cabeza asomaba un mechón blanco de cabello que contrastaba completamente con su pelo negro. En su mano derecha tenía un anillo que sólo le cabía en el dedo anular. Ese anillo había pertenecido a su abuelo, que había fallecido hacía un par de años. Ángel no paraba de acariciarlo sin darse cuenta al igual que hacía su abuelo cuando el anillo le molestaba en el dedo.
Francis, en cambio, era algo más bajo que Ángel pero tenía también una buena forma física ya que se dedicaba día y noche a su entrenamiento de fútbol. Su pelo era rubio y rizado y sus ojos eran marrón oscuro, lo que contrastaba mucho con su pelo claro.
- No se me ocurre qué hacer.- dijo cansado.
- Normal, no hay mucho que hacer.- dijo Ángel resignado.- Sólo nos queda esperar a otro concierto.
- ¿Cuándo? ¿Dentro de diez años?- dijo enfadado.
Permanecieron unos momentos en silencio.
- Me voy a mi casa.- dijo Ángel aburrido.
- ¿Tan pronto?- preguntó Francis sorprendido.
- ¿Cómo que pronto? Son las doce de la noche y ayer no dormí nada.- dijo excusándose.
- Pues hasta luego.- se despidió Francis.
Ángel levantó la mano mientras se alejaba por el lateral del chalet. Sin mirar atrás salió por la puerta de la calle y comenzó a caminar por las solitarias calles.
Los chalés, casi todos con el color anaranjado del ladrillo, cubrían todas las calles y las ventanas parecían observar en silencio la marcha de Ángel. Las farolas iluminaban la carretera y los coches pasaban ruidosos al lado de Ángel en la quietud de la noche.
Al parecer todo el mundo se había acostado temprano pues Ángel no vio a absolutamente a nadie caminar por las calles en su recorrido hacia su casa.
Subiendo tres calles más pasó junto a un centro comercial, y cerca de éste estaba su casa. El chalet de sus padres tenía dos pisos y un garaje a la derecha de la casa. Los chalés eran pareados en esa calle así que un chalet idéntico al de Ángel se alzaba a la izquierda de la casa.
Ángel sacó unas llaves de sus viejos vaqueros y encontró torpemente el agujero de la cerradura por donde introducirlas.
Entró por la puerta exterior y se quedó un momento pensativo mirando al garaje. Tomó una decisión, cerró la puerta a su espalda y se encaminó al garaje.
Dentro de éste estaba el coche de su madre y su moto.
Ángel encendió las luces y observó las estanterías llenas de trastos y se fijó en dos cajas de cartón al final del garaje.
En ellas estaban los objetos de su padre.
Sus padres se habían divorciado hacía un par de meses y su padre aún no había recogido aquellas cajas.
Ángel se acercó a la moto y encendió el motor para que fuera calentando antes de salir. La moto era una Custom SR Especial de color azul y plateado y había sido un regalo de sus padres cuando él se sacó el carné a los dieciocho.
La puerta del garaje se abrió automáticamente al apretar el botón de la pared y automáticamente se cerraría en un minuto si no se ponía el seguro.
Sin perder tiempo agarró la moto por el manillar y empujó sacándola del garaje. En cuanto estuvo fuera puso paralela la moto con la carretera y se subió colocándose el casco en la cabeza.
Esperó a que la puerta del garaje se cerrara y metió primera para salir escopetado de allí.
A Ángel no le gustaba estar en casa aquellos días, pues su madre aún estaba con el papeleo de la separación y estaba con un humor de perros, así que se alejaba de casa y esperaba a la mañana para no tener que ver a su madre, ya que ella trabajaba.
Intentando disfrutar del viaje fue a poca velocidad por las calles de la urbanización y se dirigió a un descampado a unos cuatro kilómetros de su casa.
Se metió por una carretera secundaria sin asfaltar y se alejó de las luces y los demás coches.
Se detuvo a un kilómetro de la carretera sobre un pequeño puente de hormigón bastante viejo que ya nadie utilizaba.
Todo a su alrededor era un yermo con algunas malas hierbas salpicadas por el terreno. Aquel descampado iba a ser utilizado para construir nuevos edificios y por eso las maquinas de construcción habían allanado el terreno y nivelado. Solo quedaba el puente recordando que aquel lugar antes era campo.
Ángel se sentó en un lateral del puente dejando las piernas colgar y disfrutó de la oscuridad que reinaba en aquel lugar. No había luna ni nada parecido que arrojara luz a su alrededor así que sólo era una sombra a contraluz del cielo.
Pasaron unas pocas horas en las que Ángel únicamente miraba a la oscuridad deseando que ésta se le tragara y que el mundo se olvidara de él.
En su estado de duermevela solía soñar o a él se lo parecía.
- Es la hora.
Ángel salió de su semiinconsciencia y miró alrededor asustado, pues aquellas palabras no las había pronunciado él.
Intentó sondear la oscuridad del lugar pero allí no había nadie.
Asustado se levantó y subió a la moto. Encendió el motor y esperó nervioso mientras el motor se calentaba lo suficiente.
Sólo se escuchaba el motor rugiendo en la noche pero de pronto un grito sesgó en aire y llegó a oídos de Ángel poniéndole la carne de gallina.
Queriendo saber qué pasaba apagó la moto y escucho atentamente.
Sonidos de pasos. Jadeos. Metal contra metal. Tierra al moverse. Un golpe contra algo metálico. Pasos que se acercaban.
En cuanto entendió que los sonidos se estaban acercando a él el pánico le invadió. Encendió a toda prisa la moto y aceleró bajando del puente.
Tenía que dar un gran rodeo para volver a la carretera pero le daba igual pues quería salir inmediatamente de allí.
Al pié del puente una figura pasó junto a él. No pudo distinguirla bien pero era alguien que corría. De pronto más figuras pasaron junto a él y gracias al foco de la moto pudo ver un poco de ellas.
A su parecer eran cuatro hombres con una extraña vestimenta, pero lo que le había impactado en primer lugar era lo que aquellos hombres llevaban en las manos.
No le había costado demasiado distinguir un hacha y dos espadas.
Pasó cerca de las cuatro figuras y aceleró aún más llevado por el pánico al ver aquellas armas.
Un millón de teorías pasaron por su cabeza mientras se alejaba más rápido que el viento y de pronto se dio cuenta de que le iban a hacer algo a la persona que pasó junto a él en primer lugar.
Paró la moto un momento y permaneció unos instantes quieto sólo movido por la vibración de la moto. No sabía cuánto tiempo había pasado mientras su mente funcionaba a toda velocidad, podía haber sido un minuto como una hora, no distinguía la diferencia.
- Sé que voy a arrepentirme de esto.- dijo al cabo de unos segundos.
Giró la moto y atajó por la zona arenosa del descampado la cual apenas había sido utilizada para que las máquinas pasaran.
No era su estilo buscar los problemas, ya no, pero tampoco era el huir cuando ya le habían encontrado.
Aceleró deseando que la moto desanduviera el camino enseguida para poder saber qué pasaba. Pasó un minuto escaso cuando vio por fin al noroeste de su posición a los cuatro individuos corriendo presurosos.
Cruzó a unos cien metros paralelamente a ellos y les adelantó enseguida para ver a escasos metros de ellos a la persona corriendo.
En segundos se acercaron a las farolas que iluminaban la carretera asfaltada y pudo ver que la figura se sujetaba el brazo derecho con el izquierdo.
Ángel adelantó a todos llegando antes que nadie a la carretera aún dando el rodeo y esperó unos segundos hasta que la figura se acercara más a la luz.
Estaba lejos de la persona pero pudo distinguir perfectamente la sangre que manaba del brazo derecho. La figura llevaba en la cabeza lo que parecía un yelmo y Ángel no podía distinguir sus rasgos. Quien fuera no paraba de correr y mirar hacia atrás huyendo de sus agresores.
Sin dudar, Ángel aceleró a toda potencia y se acercó a la persona en cuestión de segundos que había seguido la acera de la carretera iluminada.
Pasó junto a ella y frenó a pocos metros dejando la marca de las ruedas en el suelo. Quien fuera, gritó asustado bajo el yelmo al ver a Ángel aparecer de esa manera.
- ¡Sube!- gritó Ángel viendo aparecer por detrás a los cuatro individuos que llegaban por fin a la carretera iluminada.
La persona dudó unos eternos segundos mirando a su espalda, pero tomó la determinación y subió torpemente al asiento de la moto.
Instintivamente colocó los pies sobre los salientes de la moto y en cuanto Ángel aceleró estrujó con fuerza la cintura del conductor.
La rueda trasera quemó un poco hasta que agarró por fin y movió toda la moto.
Para suerte de Ángel la carretera secundaria era una línea recta poco utilizada así que pudo perder de vista a aquellos cuatro individuos en nada de tiempo.
Sin frenar lo más mínimo entró en su urbanización a ochenta por hora y callejeó hasta llegar cerca de su casa.
Paró la moto cerca de la acera bajo una farola que arrojaba su luz anaranjada sobre ellos y se apoyó con ambos brazos sobre el manillar y sobre ellos su dolorida cabeza.
Estaba agotado como si hubiera estado corriendo durante una hora. La cabeza le daba vueltas y tenía la sensación de haber estado conteniendo el aliento durante todo el trayecto.
Se arrancó el casco de la cabeza y lo dejó caer al suelo sin darse cuenta. Sólo quería dormir. Descansar y olvidar lo que había pasado.
La persona a la que llevaba temblaba débilmente y Ángel lo achacaba al nerviosismo que él mismo sentía. Se bajó de la moto y dio unos pasos hacia atrás a espaldas de Ángel.
Ángel puso la pata de cabra de la moto y también se bajó. Estiró todos los músculos agarrotados y miró por primera vez con atención a la otra persona de toda aquella calle.
Su primera impresión fue pensar que estaba alucinando, pues no era nada normal.
Llevaba puestos unos pantalones marrones oscuros con placas de metal sujetas con tiras de cuero sobre ellos, unas botas altas también marrones, un peto plateado sobre el tronco y un yelmo completo sobre la cabeza. Su brazo derecho estaba cubierto de sangre que manaba de un corte a la altura del hombro.
- Pero... qué... coñ...- articuló consternado.
La persona se retiró el yelmo y dejó caer una larga melena negra ondulada sobre su espalda.
Ángel dio un paso atrás asustado. Ya no era la vestimenta, ya no era lo que había pasado, sólo podía mirar aquellos ojos cuyos iris eran de un rojo pálido, penetrantes y extraños.
- No te asustes.- dijo la chica al ver su reacción.
- ¡¿Que no me asuste?!- repitió dando otro paso más.- ¿Estás de guasa? Claro que me asusto. ¿De qué va todo esto?
La chica no supo qué decir y un segundo después se tapó la herida del brazo con una mueca de dolor en la cara.
El muchacho dudó durante unos instantes hasta que decidió que no era el mejor momento para dejar a sus miedos apoderarse de él. Sin pensarlo cogió las llaves de su casa y abrió el garaje. La chica pegó un brinco al ver la puerta moverse de pronto, pero se le pasó al momento. Ángel la observaba cada segundo o más bien, la vigilaba.
Ella creía estar viviendo un sueño o una alucinación, pero el dolor era muy real, como bien se lo recordaba la herida en su brazo.
Todos los que la acompañaban habían muerto por salvarla y ella se sentía culpable por eso, pero debía entregar su mensaje fuera como fuera y quizá aquel chico podía ayudarla.
- Venga, entra.- dijo Ángel dejando su casco en una estantería.
La chica se metió dentro del garaje y miró con ojos nerviosos cómo la puerta se cerraba tras ella dejando el garaje a oscuras después de que Ángel hubiera metido la moto.
Ángel accionó el interruptor de la pared y la habitación se iluminó con una luz amarilla pálida.
La joven miró extrañada hacia el tubo luminoso del techo sin decir una palabra.
- ¿Dónde estoy?- preguntó
- Pues en mi casa. ¿Dónde creías?
La joven parecía mareada, así que Ángel la amarró del brazo sano y la condujo hacia la puerta de la cocina.
Abrió esperando encontrarse a su madre detrás de una montaña de papeleo pero no había absolutamente nadie en la cocina ni en el resto de la casa.
Extrañado sentó a la chica en una de las sillas de mimbre y buscó encima del frigorífico un maletín de primeros auxilios.
- No sé si estoy haciendo lo correcto.- dijo Ángel tanto para sí como para la enmudecida chica.- No estoy acostumbrado a ver a tíos con espadas y esos rollos por la calle y no sé si es seguro que vayamos a la policía o al centro de salud. ¿Qué clase de secta va de caballeros por la calle?- preguntó extrañado.
- ¿Secta?- repitió extrañada la joven.
Estaba mareada y lo que estaba viendo no la ayudaba mucho, y encima el viaje le había dado ganas de vomitar.
- Sí, secta. Ya sabes, ritos satánicos y esas cosas. ¿A qué viene lo de las espadas y por qué te persiguen?- preguntó atropelladamente.
Ángel estaba muy nervioso y no sólo se le notaba al hablar sino que le temblaban las manos y las piernas de manera descontrolada.
Cuando hubo puesto el maletín sobre la mesa sacó varias gasas de él y se puso al lado de la joven.
La chica se levantó de golpe asustada.
- No te voy a hacer nada.- dijo Ángel extrañado.- Sólo voy a limpiar la herida.
La chica volvió a sentarse con desconfianza en los ojos, pero no hizo nada para impedir que Ángel pasara las gasas por encima de la herida.
- No tiene tan mal aspecto.- dijo intentando parecer seguro. pero la verdad era que no tenía ni la más remota idea de medicina excepto lo que había visto en las películas, y no era mucho.- Bueno, ¿me lo vas a contar o no?
- ¿El qué?- dijo distraída.
- El por qué te perseguían y quiénes eran.- dijo echando un poco de agua oxigenada en las gasas. Las aplicó sobre la herida y las apretó con una venda.
- Me perseguían... creo que me perseguían... para castigar a mi padre.- dijo entrecortadamente.
- ¿Y quién es tu padre? ¿Y qué ha hecho para que unos locos te persigan?
- En realidad no hemos hecho nada.- dijo cansada.
Ángel, al ver que no le apetecía hablar, decidió guardarse las preguntas para cuando estuviera mejor y más descansada.
- Es lo mejor que puedo hacer con lo que tengo. ¿Quieres llamar a alguien, o a la policía para que te lleven a casa o para poner una denuncia?
- No te entiendo.- dijo la chica intentando comprender a qué se refería aquel chico.
- Bueno si no quieres que tenga que ver la poli, pues vale, si quieres te llevo a tu casa yo mismo.- se ofreció.
- No sé ni dónde está.- dijo deprimida.
Ángel pensó que a lo mejor el shock podía haberle provocado algún tipo de amnesia pasajera o algo parecido.
- ¿Cómo te llamas?- preguntó esperando que no fuera todo lo que no podía recordar.
- Linaila.- dijo por lo bajo.
Ángel se quedó un momento dudando pensando que había escuchado mal.
- Ah...vale.- dijo pasivo.- Yo Ángel, por si te interesa.
Le estaba empezando a doler la cabeza ya fuera por el cansancio o por la tensión a la que había sometido a su cuerpo, pero era un dolor punzante que le molestaba a rabiar.
Linaila paseó la mirada por la cocina, que resultaba demasiado brillante y fría. No veía ni fuego del hogar ni nada parecido a un horno pero se olía la comida. Su estómago quería llenarse, pero su cerebro estaba demasiado asustado y confuso para hacerle caso.
Ángel la miraba de arriba abajo intentando asimilar que aquella chica llevara una indumentaria tan rara, que sus ojos fueran del color de la sangre y que su nombre sonara tan extraño.
Cogió otra silla, se sentó y apoyó la cabeza sobre la mesa.
Ambos querían dormir y olvidarse del mundo, pero sus cuerpos estaban demasiado despiertos para dejarles descansar.
Ángel no paraba de mirar de reojo los ojos de aquella chica. Al mismo tiempo que le resultaban extraños e incluso algo desagradables, también le resultaban fascinantes e interesantes.
- Deja de mirarme.- dijo Linaila molesta.
- Lo siento.- dijo Ángel azorado porque le había pillado.
Pasaron unos segundos en silencio mientras ambos disimulaban mirar a su alrededor.
De repente fuera de la casa se oyó un golpe metálico que resonó por toda la calle. Ángel abrió la puerta de la cocina y miró directamente a la puerta del jardín delantero. Estaba totalmente desencajada de los goznes y tirada en el suelo.
Cuatro hombres con armadura negra esperaban tras ella.
- Me cago en...- dijo cerrando la puerta de un portazo.
Linaila ya estaba de pie mirando nerviosamente a Ángel.
- No quiero asustarte, pero tus amigos nos han encontrado.- dijo Ángel mirando entre los cajones de la cocina. Cogió un gran cuchillo de cocina y se quedó congelado.
No le pasó inadvertido que ellos tenían espadas y él un cuchillo de un palmo de largo con el cual no estaba seguro de poder hacer nada.
- Mejor huyamos.- dijo Linaila abriendo la puerta interior de la cocina.
- Apoyo la moción.- dijo Ángel soltando el cuchillo.
Salieron corriendo por el pasillo justo cuando uno de los caballeros derribaba la puerta de casa de una patada.
- ¡Mi puerta!- dijo alarmado.
Vio cómo uno de los caballeros entraba por el umbral de la casa desenvainando su gran espada.
- ¡Mi madre!- dijo mientras subían las escaleras al piso superior.
Los cuatro caballeros sólo tenían una misión. Matar a la chica. Daba igual qué o a quiénes se llevaran por delante en el intento.
Los caballeros siguieron a los jóvenes por las escaleras y vieron cómo ambos se metían en uno de los cuartos.
Ángel atrancó la puerta con una silla y miró alrededor asustado. La habitación sólo tenía un sillón cama, una tele y dos estanterías llenas de libros. Todo muy lejos de poder acabar con cuatro caballeros armados.
La habitación daba a un balcón que se asomaba a la parte delantera de la casa.
- No hay salida.- dijo Linaila asustada.- Pues tendremos que defendernos.
- Vale y luego te despiertas.- dijo sarcástico Ángel.- ¡Estás loca!
- No hay otra solución.
Un hacha enorme atravesó la puerta de madera y dejó un gran agujero.
Ángel salió al balcón y se subió en la barandilla metálica.
- ¿Qué haces?- preguntó Linaila mientras observaba cómo el agujero se hacía más grande a medida que el hacha hendía en la puerta.
Ángel saltó del balcón intentando llegar al techo del garaje cubierto. Había imaginado muchas veces que podía hacerlo pero nunca lo había puesto a prueba.
Por suerte llegar era fácil, lo malo era el aterrizaje.
Su pie derecho resbaló sobre el sucio techo y cayó con las posaderas sobre la piedra que no estaba nada blanda.
Linaila vio cómo la puerta cedía ante los ataques y llevada por el pánico imitó a Ángel en su salto.
Ella cayó con más gracilidad y no tuvo problemas. Ángel saltó a la calle con las posaderas aún doloridas y Linaila le siguió.
Ambos salieron corriendo por la calle al ver que los caballeros les seguían por el mismo camino.
Lo que no sabían ellos era que debían saltar hacia la derecha del garaje y hubo uno que se hundió en un hoyo hecho para recibir un árbol que aún no había sido trasplantado en el lado izquierdo del garaje.
Ángel y Linaila corrieron como almas que lleva el diablo y Ángel sin ni siquiera pensarlo se dirigió a casa de su amigo Francis para llamar a la policía enseguida. Los caballeros se habían quedado rezagados por el peso de sus armaduras completas pero no parecían cansarse.
Su dedo tocó el timbre y dentro de la casa sonó muy ruidoso.
Al minuto apareció Francis en la puerta con una bata roja como única ropa y con una cara de sueño que daba risa.
- ¿Te das cuenta de la hora que es?- preguntó molesto.- Al fin había conseguido dormirme.
- Deja de quejarte y ábreme ya.- dijo en tono autoritario.
Francis murmuro algo entre dientes y apretó el interfono para que la puerta de la calle se abriera.
Ángel casi atropella a Francis entrando en la casa. Corrió hacia el salón y cogió el teléfono. Ángel sabía que los padres de Francis no estarían en casa hasta el lunes próximo, por eso no le preocupaba despertarlos.
Francis aún estaba muy somnoliento para entender qué pasaba pero cuando se fijó en las vestimentas de Linaila tuvo que darse una bofetada, pues pensaba que aún estaba durmiendo perdido en algún sueño extraño.
Lo extraño estaba por llegar.
- ¿Policía?- dijo Ángel aliviado.- Sí, por favor, manden a alguien a mi casa. Cuatro locos la han destrozado y van armados con espadas... si ya sé que es increíble pero le juro que mi puerta no se ha caído sola.
Ángel dio los datos pertinentes para que la policía llegara a su casa y así su madre estaría a salvo si esos tipos decidían volver.
Linaila apareció en el salón debilitada por la carrera. Miró alrededor viendo el extraño cuarto.
Dos sillones blancos rodeaban la chimenea en la cual había un cuadro de un paisaje con verdes praderas. Detrás de los sillones había una cristalera que daba al jardín en el cual podía verse la vieja fuente.
- ¿Podría alguien contarme qué está pasando? Porque sinceramente, estoy flipando como nunca.- dijo Francis intentando taparse por completo con la bata.
Ángel continuaba hablando con la policía, así que Linaila quiso contestarle.
- Pues es algo complicado de entender, pero en resumidas palabras creo que unos asociados de los orcos me han perseguido hasta aquí.
La consternación de Francis y Ángel no se podía explicar con palabras. A Ángel se le cayó el teléfono de la mano y Francis casi se vuelve a dar un tortazo para ver si despertaba del todo.
- ¿Puedes... repetir?- preguntó Ángel colgando el teléfono sin darse cuenta.
- Esos tipos creo que son aliados de los orcos que atacaron a toda mi gente y luego me siguieron aquí.
Francis y Ángel cruzaron la mirada y ambos pensaron lo mismo. Aun repitiéndolo no sonaba más verosímil.
- Creo que me he vuelto loco.- dijo Ángel hundiendo la cara en las manos.
- Yo creo que os habéis tomado algo muy fuerte. Debéis tener alucinaciones o algo parecido.- dijo Francis intentando darle alguna explicación.
Nadie corroboró su posible explicación y Francis se levantó para dar vueltas alrededor del salón para pensar.
- Me duele la cabeza.- dijo Ángel en alto.- Me voy a por una aspirina.
- ¿Sabes dónde está?- preguntó Francis.
- ¿Tú qué crees?- contestó sonriente.
Ángel nunca olvidaría dónde estaban las aspirinas porque una vez estuvieron buscándolas durante horas por un dolor de cabeza que les entró a ambos después de un gran concierto. Poca gente sabe lo larga que puede ser una noche con un dolor de cabeza espantoso y cuando las pastillas se esconden deliberadamente de ti.
Ángel rebuscó entre los estantes de la cocina. Éstos eran de madera pintada de blanco y delante de ellos había una mesa redonda con cuatro sillas metálicas.
Ángel cogió el paquete de aspirinas y se acercó al fregadero donde había un par de vasos de cristal.
Mientras llenaba uno observó distraído la puerta delantera de la casa por la ventana de la cocina.
El vaso se le cayó al fregadero y las pastillas al suelo. Antes de que ni siquiera todo el agua del vaso hubiera salido, Ángel ya había salido de la cocina.
- ¡Mierda!- dijo enfadado corriendo por el pasillo.- ¡Nos han encontrado!- gritó en cuanto entró en el salón.
- ¡¿Quiénes?!- preguntó Francis sobresaltado.
- Los tíos con armadura. Están en tu puerta.- dijo Ángel apremiante.
Quería salir de allí inmediatamente y Linaila cogió el mensaje. Se levantó y se fue al final del salón intentando abrir el cristal corredizo.
- Estáis locos.- dijo Francis tranquilamente.
Linaila y Ángel le miraron incrédulos.
- No hay nadie fuera.- dijo andando por el pasillo con la calma que da la ignorancia.
Se acercó a la puerta de la casa y la abrió de par en par.
- Veis, en la puerta sól...- intento decir pero las palabras murieron antes de salir de su boca o salieron corriendo al ver una espada alzada dispuesta a cortarle en dos.
Francis cerró la puerta de golpe y vio cómo la espada después de chocar contra la puerta había dejado un pequeño agujero de lado a lado.
- ¡Vale, vale, te creo!- dijo con sudores fríos en la frente.- ¡Salgamos de aquí!- grito corriendo hacia el salón.
Ángel y Linaila no necesitaban que nadie lo dijera para hacerlo. Ángel se encargo de abrir la puerta del jardín, pero antes de que ninguno saliera vieron cómo aparecía uno de los caballeros por el lateral de la casa.
Francis salió zumbando hacia el pasillo de nuevo, pero la puerta delantera estaba siendo destrozada por la fuerza de un hacha. Sin pensar qué estaba haciendo, abrió la puerta que daba a las escaleras de su sótano y bajó de dos en dos los escalones.
Ángel y Linaila al verse rodeados decidieron seguir a aquel incauto.
En cuanto se introdujeron en el sótano cerraron la puerta tras de sí echando el seguro y bajaron las escaleras a todo correr.
Cuán grande sería su sorpresa al ver un cuarto al final de la escalera de cuatro paredes lisas y blancas y un respiradero en el techo. Una de las paredes estaba llena de herramientas colgadas en una mesa de trabajo. En el centro del sótano había una moto o lo que parecía serlo pues le faltaba la carrocería y la mayoría de las piezas.
Ese amasijo de piezas de moto era el proyecto del padre de Francis. Su hobby era fabricar una moto pero el problema que tenía era que no tenía absolutamente, ni de lejos, idea sobre motos.
Francis buscó en la pared con las herramientas colgando y cogió una llave inglesa que hubiera podido pasar por una porra de guardia.
Ángel miro anonadado el cuarto y supo con una certeza incuestionable que estaban atrapados.
- Genial, simplemente genial. Atrapados como ratas.- dijo Ángel enfadado.
Linaila miraba escaleras arriba y su cara reflejaba la incertidumbre y el malestar de aquella espera. Los tres permanecieron en silencio esperando cualquier cosa pero nadie bajaba. Es más, nada se oía.
Ninguno osaba moverse, asustados ante la posibilidad de atraer su atención hacia ellos. Ángel sentía su corazón latir con una violencia inusual para él y parecía retumbar en el cuarto.
De repente se oyó cómo alguien golpeaba la puerta del sótano y ésta era arrancada con violencia de sus goznes. La puerta cayó escaleras abajo deslizándose sobre los escalones y Linaila se apartó asustada de las escaleras al ver a aparecer la puerta con la madera destrozada.
Los tres sin darse cuenta se apretujaron contra la pared contraria a las escaleras. A Francis le temblaban las manos mientras que Linaila y Ángel estaban totalmente quietos, ya fuera por el temor o por la desesperanza, pero no hacían movimiento alguno excepto observar las escaleras.
Los pies enfundados en metal de los caballeros comenzaron a descender las escaleras con lentitud. Ellos sabían que sus presas estaban atrapadas e iban a disfrutar el momento de eliminarlas.
Aparecieron los cuatro en el sótano y se observaron divertidos sonriendo bajo sus yelmos.
- Se acabó.- dijo uno de ellos con voz grave.
A Ángel se le antojó como el sonido que sale de una tumba.
Los cuatro se acercaron a ellos desenvainando sus armas y Francis soltó la llave inglesa sin darse cuenta al ver el tamaño de sus espadas.
De poco servía aquella llave contra las espadas de los caballeros.
Ángel comenzó a temblar levemente. Estaba aterrorizado al igual que Francis. Linaila era la única que guardaba algo de compostura. Apareció en ella un orgullo y un control perteneciente a los que no temen la muerte.
Quedaron unos frente a otros y Ángel sintió un escalofrío en la espalda como si el ángel de la muerte se preparara para llevárselos.
Los tres pudieron ver con detenimiento las armaduras de los caballeros. El metal negro tenía distintos grabados en las distintas piezas que componían la armadura. Esta cubría todo el cuerpo y pocos espacios dejaban ver algo de tela que cubría el cuerpo del caballero bajo la armadura.
- Antes de acabar con todos...creo que podríamos divertirnos un poco.- sugirió uno a la derecha del todo frente a Linaila.
- Yo quiero ver de qué color son sus entrañas.- dijo otro agarrando a Ángel del cuello.
A Ángel se le hizo un nudo en el estomago y sentía ganas de vomitar con solo pensar en sus entrañas esparcidas por el suelo.
- ¡No!- dijo uno delante de Francis.- Terminad con ellos enseguida.- ordenó.
Los otros tres parecieron decepcionados.
- Pero lo haré a mi manera.- dijo el que estaba al frente de Ángel, el que había mencionado las tripas.
Antes siquiera de que Ángel hubiera pestañeado el sanguinario caballero había sacado un puñal del cinto y lo había hundido en su estómago.
Francis miró horrorizado cómo la sangre manaba de la profunda herida y sintió la ira crecer en su interior. Estaba a punto de lanzarse sobre aquel tipo dispuesto a sacarle los ojos pero antes de mover un dedo su compañero, el que estaba entre Linaila y Ángel, con un movimiento de espada ya había decapitado a aquel individuo.
Los acontecimientos se sucedieron alrededor de Ángel pero él no les prestaba atención. Resultaban irrisorios, como si se tratara de un sueño. Ángel cayó de rodillas al suelo palpando el puñal sobresaliendo de su estómago.
Cada nervio de su cuerpo gritaba de dolor pero él no podía decir nada, la impresión al sentir el ardiente metal en sus entrañas le había dejado sin respiración y su cerebro parecía no reaccionar ante aquello, estaba totalmente ido. Cayó de lado en el frío suelo sintiendo la sangre en su boca y cómo su mente comenzaba a desvanecerse. En las baldosas blancas se esparció la sangre que se mezclaba con las del cadáver del decapitado. Sus ojos miraron sin ver cómo del cuello del caballero manaba más sangre que se acercaba a su cara.
Sólo pensaba que quería que el dolor terminase, que no sintiera nada.
Su cerebro aullaba de dolor notando cómo la sangre manaba del estómago e incluso ascendía hasta la garganta. Su respiración se entrecortó al ahogarse con la sangre que taponaba su garganta.
Sin previo aviso el dolor se esfumó y cualquier sensación exterior desapareció. Sólo sentía que desaparecía rodeado de un calorcillo reconfortante. Como si se estuviera deshaciendo como el humo en el viento.
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