Capítulo II
Sentía que le estaban abofeteando. No hizo caso pues a los muertos poco les importa que les abofeteen, pero quien fuera no se detenía y el muchacho se enfadó.
De pronto Ángel recordó en su estado de duermevela que los muertos no sienten nada y llegó a la conclusión de que seguía vivo.
Abrió los ojos de golpe, asustado y desorientado, y vio cómo Linaila, que estaba casi encima de él, se apartaba respirando aliviada.
- Menos mal. Sigues vivo.- dijo con una agradable sonrisa.
Ángel no dijo nada. Estaba demasiado sorprendido para poder hablar. Miró a su alrededor extrañado de no encontrarse en un hospital. Estaba recostado contra un árbol en medio de un claro en mitad de un bosque. En medio del pequeño claro había una fogata que iluminaba débilmente cuanto les rodeaba y mantenía alejadas a las bestias que por allí podían rondar.
- ¿Dónde estamos?- preguntó con voz ronca.
- No lo sé.- fue la escueta respuesta de Linaila.
- ¿Qué ha pasado? ¿Qué pasó en el sótano?- preguntó sereno.
Ángel no dejaba de acariciar su estomago sin darse cuenta con un extraño hormigueo dentro de la piel.
- Todo fue muy confuso. Aún no logro entenderlo.- dijo Linaila molesta por aquello.
Ángel esperó pacientemente a que Linaila comenzara a contarle todo lo que aconteció en aquel sótano.
El caballero que de repente se había vuelto contra su compañero se interpuso entre los jóvenes y los otros dos caballeros.
Los caballeros de negra armadura atacaron a su compañero presas de la rabia y la confusión. El traidor se agachó y esquivó sendos arcos de las espadas de sus atacantes. Sacó un puñal de su cinto y lo hundió en el cuello del caballero de su derecha al incorporarse.
El caballero, herido, cayó de espaldas golpeando las piezas de las motos que estaban en medio del sótano. Éstas se desarmaron bajo su peso y se esparcieron. Se palpaba el cuello frenético mientras la sangre se acumulaba en su boca. A los pocos segundos murió con la mano alrededor del puñal.
El caballero restante evaluó la situación y esperó una arremetida del traidor, pero éste no se movió, sino que su espada apuntó al suelo mientras su mano derecha abierta apuntaba al pecho del caballero.
El caballero cayó inconsciente al suelo sin lesiones aparentes.
Linaila y Francis no se apartaron de la pared y observaron atentos todo lo que ocurrió. Cuando el caballero cayó al suelo aparentemente ileso Linaila se arrodilló junto a Ángel y comprobó que éste estaba a punto de fenecer. La sangre manchaba todo el suelo y parte de las paredes.
El traidor se acercó a su ex-compañero y sin que su mano temblara, desenvainó el puñal que colgaba del cinto del durmiente y lo incrustó en la nuca del caído. El caballero sufrió un espasmo y un segundo después sus miembros yacían inertes en el suelo.
Francis estaba conmocionado ante lo que acababa de ver. Su amigo yacía ensangrentado en el suelo y tres cadáveres de asesinos estaban en el suelo, uno decapitado, y el cuarto asesino le miraba bajo su yelmo.
El traidor se acercó a Francis con el guantelete manchado de sangre y posó su mano en su cabeza. Francis no se resistió, pues apenas podía respirar bajo el shock que sufría.
Francis cayó al suelo boca abajo.
Linaila estaba horrorizada, pero su cara no mostraba emoción alguna, sólo odio hacia aquel hombre que iba a acabar con todos ellos.
El último caballero se arrodilló junto a Ángel y arrancó el puñal de su estómago y bajo el yelmo surgió un gruñido de desaprobación. Destapó el estómago de Ángel y vio cómo la sangre lo cubría por completo, pero se fijó en una extraña cicatriz que aparecía por el lateral del estomago y ascendía por el pecho.
Linaila empezaba a estar confundida, pero antes de que siquiera pudiera abrir la boca, el traidor le posó la mano sobre la cabeza y una oleada de cansancio la invadió. Cayó de lado durmiendo plácidamente.
- Eso es todo lo que recuerdo.- finalizó Linaila.
Ángel no parecía estar extrañado de lo que le había contado, tampoco sorprendido, lo que a Linaila se le antojó realmente inusual.
Estaba en silencio pensando en todo lo que acababa de conocer. Pero por muchas vueltas que le dio no encontró una respuesta a por qué había ocurrido todo eso.
- ¿Estás bien?- preguntó Linaila preocupada.
Ángel negó con la cabeza.
Había estado a punto de morir y ahora estaba allí sentado sin lesión alguna. Estaba muy turbado, algo que no expresaba su cara, pues estaba congestionada en un rictus inexpresivo.
- No entiendo cómo nos encontraron.- comentó en alto Ángel.
- Sí, también lo he pensado.- convino Linaila.- Cuando llegamos a tu hogar estaban muy lejos para poder saber dónde estábamos.
- Pero no es sólo eso.- dijo Ángel mirando al suelo.- Pasaron inadvertidos por las calles sin que nadie les dijera nada o la policía se alarmara. Y parecían saber perfectamente adónde dirigirse para encontrarnos. No me cabe en la cabeza.- dijo resignado.
Linaila miró intensamente a Ángel y éste miró al suelo sin decir nada al respecto.
- ¿No estás nervioso?- preguntó extrañada.
- ¿Por qué?- dijo distraído pensando en varias cosas.
- Obviamente estamos lejos de tu hogar y apenas has dicho nada sobre eso. Yo misma tengo algo de miedo al no saber dónde estamos.
A Ángel le parecía irrelevante dónde estuvieran en ese momento. El claro le resultaba acogedor y la noche era tranquila. Él más bien pensaba quién podría ser aquel hombre que había traicionado a sus compañeros.
- ¿Podrías decir algo?- comentó Linaila expectante.
- Quisiera que me contaras cómo apareciste en el descampado.- dijo Ángel pensativo.
- No sabría bien decir qué ocurrió.- dijo Linaila sentándose más cómodamente en el suelo.- Yo estaba volviendo a... mi casa con un grupo de hombres... y sin previo aviso sufrimos una emboscada de una gran multitud de caballeros con negras armaduras. Yo logré huir por el bosque... a regañadientes.
- ¿A regañadientes?- repitió extrañado.
- Yo no quería huir, pero Cellat me obligo. Él fue uno de los que cubrió mi huida.
- Lo siento por ellos.- dijo Ángel sombrío.- ¿Eran familiares?
- Sí, se podría decir que casi eran de mi familia.- dijo Linaila con una sonrisa nostálgica.- Es extraño, parece que fue hace mucho tiempo, pero sólo han pasado unas horas.
- Han sido días enteros a mi parecer.- dijo Ángel muy serio.
Linaila asintió de acuerdo con aquella afirmación.
- Cuando corría por el bosque tuve la sensación de que algo ocurría a mi alrededor. De pronto los árboles no fueron más tangibles que las imágenes de un sueño.- dijo mirando al vacío.- Sentí terror a ver cómo la realidad parecía desaparecer para dejar sólo oscuridad. Grité al ver el suelo desaparecer, pero de repente estaba en otro lugar. Era ese descampado donde te vi por primera vez pasando como un rayo a mi lado. Creí que me había vuelto loca, pero un caballero apareció a mi lado y me hirió en el brazo devolviéndome algo de cordura. Salí corriendo y creo que el resto ya lo sabes tan bien como yo.
Ángel intentó levantarse, pero sus piernas apenas se sostenían sobre el suelo y cayó de rodillas soltando una maldición.
Linaila le agarró del brazo y le ayudó a recostarse de nuevo contra el árbol.
- ¿Sabes qué le ocurrió a mi amigo?- preguntó Ángel
- No, estábamos tú y yo solos aquí cuando desperté. Cabe la posibilidad de que tú amigo...-
- Sí, ya lo sé. Pero no hace falta exagerar, pueden haber ocurrido mil cosas aparte de ésa.- dijo Ángel mostrando preocupación por primera vez.
Linaila no dijo nada. Se acercó al fuego y echó un madero seco para que reavivara.
- Cuando el extraño te destapó la herida, me fijé en una cicatriz que tienes en el torso. ¿Qué te pasó?
- No preguntes.- dijo Ángel cortante.
Linaila no volvió a preguntar sorprendida por la respuesta tan rotunda del muchacho.
Ángel sin darse cuenta comenzó a cerrar los ojos y se dejó llevar por el cansancio a un sueño tranquilo y reparador.
Linaila se quedó mirándole durante un minuto extrañada de que él pudiera dormir y de cómo se había tomado todo.
- Que chico más raro.- dijo para sí sentándose frente al fuego.
El sol entraba a raudales por la bóveda que proporcionaban los altos árboles y parte de esa luz impactó en los ojos de Ángel.
Abrió medio ojo y constató que ya había amanecido, así que intentó levantarse. Comprobó que ya sus piernas estaban recuperadas y podía andar con normalidad.
Del fuego sólo quedaban ascuas candentes que liberaban hilillos de humo al cielo y Linaila se había quedado dormida sentada frente al fuego en su intento de mantener la guardia esa noche.
Ángel oyó un quejido a su derecha más allá de los árboles que delimitaban el claro y se alarmó.
Tocó suavemente a Linaila en el hombro y ésta se levantó sobresaltada. Ángel se puso el dedo en los labios diciéndole que estuviera callada y acto seguido señaló en la dirección en la que había oído el ruido.
Intentando no pisar ninguna hoja seca salió del claro y anduvo unos metros alejándose de Linaila.
Miraba entre los árboles, que a su parecer estaban muy juntos en aquel bosque. Los troncos eran gruesos y la corteza tenía protuberancias que diferenciaban unos de otros.
Los quejidos fueron en aumento.
Ángel los identificó como una voz humana, pero no sabía precisar qué le ocurría.
De pronto hubo otro claro delante de él cuyo suelo tenía un color claro, casi blancuzco. A Ángel le dio un vuelco el corazón al ver una mano sobresalir del suelo agitándose frenética en busca de una sujeción.
Fue en pos de la mano pero se hundió en el suelo nada más entrar en el claro.
- Mierda, arenas movedizas.- dijo alarmado.
Se estiró hacía atrás y se agarró a dos raíces de un árbol cercano. Salió del perímetro del claro arrastrándose jadeando.
Linaila, que se había acercado al oír su voz, le agarró del hombro y le sacó completamente.
Antes de decir una palabra, Ángel arrancó una rama que estaba a su alcance y se tumbó en el suelo de forma que se pudiera estirar lo máximo posible hacia la mano.
Linaila miraba expectante a la mano de la que ya apenas asomaban cuatro dedos. Éstos se cerraron con fuerza sobre la rama en cuanto la rozaron y Ángel tiró con fuerza.
Siguiendo a los dedos apareció la mano completa, luego un brazo y otro que se agarró enseguida a la rama. Una cabeza emergió entre ellos cubierta de tierra apelmazada que no paraba de toser y escupir la arena que había logrado introducirse en su boca.
Linaila ayudaba tirando de la rama y poco a poco en lo que parecieron horas, quien fuera logró salir por completo de las arenas.
Se arrastró un poco sobre la tierra firme y apoyó la frente en el suelo jadeando. Estaba agotado y estar bajo tierra le había dado un susto de muerte.
- ¿Estás bien?- preguntó Linaila a su lado.
Ángel miraba a las tierras que ahora estaban removidas pero que poco a poco se estaban volviendo a alisar y a parecer inofensivas.
- S...í, sí, ya estoy bien. Que frío hacía ahí abajo.- comentó.
A Ángel le dio un escalofrío y miró al chico tumbado en el suelo. Ahora reconocía la bata con la que estaba tapado.
- ¡¿Francis?!- dijo sorprendido.
Francis se giró sobre sí mismo y miró con incredulidad a Ángel y luego a Linaila.
- No lo había soñado.- dijo en voz baja con los ojos abiertos de par en par.
- No más que nosotros.- dijo Linaila con una pequeña sonrisa.
Francis se levantó y anudó con más fuerza la bata roja, que ahora era de un color lechoso amarillento al igual que Francis. Éste se pasó la mano sobre la cara intentando despegarse la arena, pero parecía muy turbado.
Ángel lo achacó a que había estado bajo tierra, así que no le dio importancia. Linaila guió a Francis al claro y le ayudó a sentarse junto a un árbol mientras que Ángel miraba entre los árboles distraído.
- ¿Sabes qué ha pasado?- preguntó Ángel sin mirarle.
- Solo sé una cosa, estamos muy lejos de casa.
- Menuda sorpresa.- dijo Ángel como si fuera obvio.
- Es más de lo que crees.- dijo Francis irritado por su tono.- Anoche me desperté antes que vosotros, aunque yo pensaba que estaba soñando, y anduve un poco por los alrededores.
- ¿Y así es como llegaste a las arenas movedizas?- preguntó Linaila.
- A eso quiero llegar.
Francis había andado durante menos de media hora por el frondoso bosque y se estaba empezando a dar cuenta de que no estaba soñando, sobre todo porque se había tropezado con una piedra y al ir descalzo su dedo gordo había sufrido un buen golpe.
Empezó preguntarse si de verdad había visto a su amigo estar durmiendo cerca de él pero estaba demasiado somnoliento para saberlo a ciencia cierta.
Decidió volver sobre sus pasos cuando de frente se encontró con un hombre. El aparecido le sacaba una cabeza y la penumbra ocultaba sus rasgos, pero era ancho de hombros y bastante robusto.
- Tendrías que estar dormido.- dijo el hombre, molesto.
Francis intentó girar sobre sus talones para salir corriendo pero el hombre le sujetó del hombro con fuerza, le giró de golpe volviéndole a dejar frente a él y éste le tocó en el pecho con el dedo índice.
Francis se volvió rígido como una tabla y cayó de espaldas sin notar siquiera el suelo.
El hombre le cogió de la cintura y lo llevó en vilo con un sólo brazo adentrándose en el bosque.
Transcurrido un rato el hombre dejó a Francis de pie en medio de un claro y lo miró de arriba abajo.
- ¿No podías haber elegido algo mejor que ponerte que una simple bata roja?- preguntó el hombre.
Francis no contestó, no podía. Sus ojos se movían nerviosos en todas direcciones y muchas veces se posaban en el hombre, aterrados.
- Tranquilo, no te voy a hacer nada. Sólo quiero que estés aquí quieto hasta mañana.- dijo señalando el suelo.- No creo que te pase nada y mañana por la mañana te encontrarán, así que no te preocupes.- dijo alejándose e internándose entre los árboles.
Francis miró en derredor cuanto sus ojos le permitieron y observó bajo su máscara imperturbable cómo el hombre empezaba a alejarse.
- Es una lástima que tú estés metido en este lío.- dijo el hombre esquivando el segundo árbol.- Si Ángel no se hubiera acercado a tu casa no estarías aquí. Lo siento.- dijo con una sinceridad que le resulto extraña a Francis en un desconocido.
Pasaron un par de horas y el sol comenzó a asomar por la bóveda del bosque. Francis aún continuaba de pie rígido como un témpano dándole vueltas a las palabras del extraño.
De repente sintió cómo sus pies se hundían en el fango. Intentó gritar pero sólo salió un quejido apenas audible.
Poco a poco la tierra le llegó a las rodillas y seguía subiendo. Intentaba pedir ayuda pero sólo salían quejidos.
La arena le llegaba a la cintura cuando recuperó la movilidad en uno de sus brazos. Parte de la boca se le había descongelado pero apenas podía decir nada.
Siguió hundiéndose hasta que la arena le llegaba a la barbilla. El sentirse perdido le arrancó un grito pero éste salió de su boca disminuido.
Estiró el brazo tan largo como era y cogió aire esperando que las palabras del extraño fueran ciertas y le encontraran en seguida. Aguantar la respiración no era uno de sus talentos.
- No entiendo eso de que estuvieras estático como una tabla. ¿Por qué no intentaste huir o algo parecido?- preguntó Ángel.
- Es lo que he intentado explicarte. No podía moverme. Era como estar presionado en todas direcciones. No podía mover un dedo.
Ángel meditó sobre todo lo que le había dicho Francis y Linaila miraba en todas direcciones. Cuando el sol había alumbrado el bosque ella creía reconocer el lugar, pero no estaba completamente segura.
- Voy a comprobar una cosa.- dijo Linaila incorporándose.
- Espera un momento.- dijo Ángel.- Creo que sería mejor que todos nos fuéramos de aquí. Por lo menos para buscar ayuda o algo parecido.
- Para que metas en este lío a quien quiera ayudarte.- dijo sombrío Francis por lo bajo.
Aunque no había sido más que un susurro Ángel lo había entendido perfectamente.
- ¿Cómo?- preguntó Ángel molesto.
- ¿Que si vas a poner a alguien más en peligro o sólo quieres dar una vuelta?- preguntó Francis con una sonrisa sarcástica.
Ángel captó enseguida a qué se refería Francis y le sentó como una patada en el estómago.
- ¿Me estás echando la culpa de esto a mí?- preguntó incrédulo.
-¡Obviamente es lo que estoy haciendo! - dijo Francis elevando la voz y levantándose del suelo.- ¡A tí y a ella!
Ángel no daba crédito a cómo se comportaba su amigo. Una mueca de incredulidad paseaba por su cara mientras Francis le miraba enfadado.
- Si sólo te hubieras ido a cualquier otra casa o cualquier otro lugar yo ahora estaría en mi casa durmiendo.- dijo Francis cambiando su faz a la desesperación.- He estado a punto de ahogarme, joder, a punto de morir sepultado bajo tierra. ¡Y todo por tu culpa!- le acusó.
- Yo también he estado a punto de morir ¿Sabes? ¿O crees que disfrutaba mientras ese malnacido me rajaba las tripas?
- No lo sé, Ángel, pero tú te lo buscaste.
- ¡¿Que me lo busqué?!- repitió Ángel sorprendido.- Que me lo busqué.- repitió de nuevo más sereno.- Vale, quieres que esa sea la solución, que sea culpa mía, de acuerdo. Adiós.
Acto seguido Ángel comenzó a caminar sin una dirección concreta y se alejó del claro dispuesto a no volverle a ver en la vida.
Linaila, que lo había visto todo sin salir de su asombro, vio anonadada cómo Ángel se alejaba internándose en el bosque.
No sabía cómo reaccionar. En su opinión nadie tenía la culpa de nada. Pero comprendía que Francis necesitara culpar a alguien y Ángel no se lo había tomado muy bien.
- A ver si te pudres, imbécil.- espetó Francis por lo bajo.
- Pero no puedes....- intentó decir Linaila.
- ¡Y tú cállate!- gritó Francis.- Ni siquiera sé qué tienes que ver tú en la feria, pero tienes tanta culpa como él.
En toda su vida a Linaila nadie le había ordenado callarse ni una sola vez. Y ella tampoco se lo tomó muy bien.
- Serás...- dijo Linaila furiosa. Apenas le salían las palabras y no conocía los tacos suficientes para darle un buen rapapolvo a ese individuo.
Francis la ignoró y se fue caminando en dirección contraria a la de Ángel.
Linaila de repente se encontró sola en el claro e indecisa, no sabía por dónde ir. Aquello no tenía ni pies ni cabeza.
De pronto oyó un grito asustado en medio del bosque y ella casi gritó del susto que le había dado.
Corrió hacia el sonido y vio a Francis hundiéndose de nuevo en las arenas movedizas.
Aunque era una situación de peligro y Francis podía morir, Linaila no pudo evitar sonreír al ver cómo Francis caía por segunda vez en las mismas arenas movedizas de donde le habían sacado.
Francis luchaba en vano por no hundirse pero sólo aceleraba el proceso así que se quedó rígido intentando no descender más.
Linaila buscó alguna rama con que sacarle, pero no había ninguna. La sonrisa desapareció de su cara y empezó a preocuparse.
- No te muevas.- dijo Linaila mirando en derredor.
- Vaya, y yo que pensaba correr los cien metros lisos.- dijo Francis sarcástico.
Ángel, que había salido corriendo en cuanto oyó el grito, apareció delante del pequeño claro y miró a Francis sorprendido. Lentamente una sonrisa apareció en su cara aunque Ángel intentó aguantarla incluso mordiéndose los labios, pero al final surgió ampliamente y Francis se sonrojó hasta más no poder.
Ángel comenzó a reírse con ganas hasta que las lágrimas empezaron a saltarle de los ojos.
- Tampoco hay que exagerar.- dijo Francis tímidamente bajo un manto rojo a juego con su bata.
Linaila miraba a Ángel desconcertada. Desde el día anterior no paraba de creer que estaba teniendo alucinaciones.
Francis intentó aguantar una sonrisa pero acabó asomando y después comenzó a reírse con Ángel.
Linaila estaba a cuadros.
Ángel sin parar de reír dio un salto y arrancó una rama larga de un árbol que estaba junto a él.
Esta vez resultó ser mucho más sencillo sacar a Francis de las arenas ya que no estaba tan hundido como la otra vez.
Francis salió entre risas y jadeos y se sentó en el suelo cansado y sonriente.
- Antes de que digáis nada.- dijo Francis alzando las manos.- Siento todo lo que he dicho. Estaba enfadado y lo he pagado injustamente con vosotros.
- Y sólo has tenido que estar otra vez a punto de morir para darte cuenta.- comentó Ángel.
- Esperó que vuestras discusiones no acaben siempre con alguno a punto de morir.- dijo Linaila extrañada.
Ángel y Francis estallaron en carcajadas ante la idea.
- Bueno será mejor que nos movamos. ¿A menos que quieras darte otro baño?- le dijo Ángel a Francis por lo bajo.
Francis gesticuló un NO rotundo con los labios.
Los tres, después de que Francis se hubiera limpiado un poco, se pusieron a andar por el bosque guiados por Linaila que quería comprobar una cosa.
No muy lejos de ellos un hombre subido a una rama sonreía satisfecho, pues todo había salido a pedir de boca. El hombre se tumbó en la amplia rama y comenzó a dormitar tranquilamente. Había sido una larga y provechosa noche de trabajo.
Caminaron unos pocos minutos cuando Linaila se paró en seco junto a un árbol y comenzó a inspeccionar su superficie.
- Dioses benditos.- dijo de repente.- Tenía razón.
- ¿Qué ocurre?- preguntó Ángel.
Linaila arrancó una saeta de color negro del lateral del árbol y la mostró a sus acompañantes.
- Estamos en el bosque donde me atacaron. Ésta fue una de las saetas que me lanzaron en mi huida.- dijo preocupada.
Francis abrió los ojos de par en par.
- ¿Crees que siguen por aquí?- preguntó.
Linaila no supo que contestar.
- Salgamos de aquí.- dijo Ángel.- ¿Por dónde queda el camino?
Linaila después de orientarse señalo hacía el sur y Ángel sin perder tiempo comenzó a andar con paso decidido en línea recta.
Linaila le siguió al igual que Francis, que parecía algo turbado. Anduvieron sin ningún percance relevante a excepción del dolor de pies que tenía Francis al andar descalzo.
Después de cinco kilómetros sin parar ni una vez Linaila estaba agotada. Decidieron parar un rato para recuperar un poco las fuerzas.
Francis tenía los pies negros y las piernas llenas de arañazos de los arbustos además que la bata apenas le daba algo de calor, por lo que en cuanto hacia el más mínimo viento empezaba a quedarse helado.
Ángel se devanaba los sesos para saber qué era lo mejor que se podía hacer en esa situación.
No encontró las respuestas a sus preguntas.
- Vamos a la deriva.- comentó para sí.
Aquella idea no le gustaba en absoluto. Nunca le gustaba moverse o hacer algo sin un objetivo. Obviamente él quería volver a casa enseguida pero no tenía ni la más remota idea de cómo conseguir eso en aquel lugar. Eso era lo que le irritaba.
- Tengo hambre.- dijo Francis en alto para que todos se enteraran.
- No me lo menciones.- dijo Ángel molesto.
Él se estaba aguantando la sensación de vacío para que encima se lo recordaran. Pasaron unos minutos en los que sólo se oyó cómo suplicaban sus estómagos por algo de comida.
- Será mejor que continuemos.- dijo Linaila.- No hacemos nada aquí sentados.
Retomaron el camino y fueron regateando los árboles durante otra hora hasta que el sol en su cenit caldeó el ambiente haciéndolo opresivo.
- Madre mía, parece que estuviéramos en verano.- dijo Francis utilizando su mano de visera.
- Es que es verano.- dijo Linaila distraída mientras se quitaba una hoja del pelo.
Francis miró sorprendido a Ángel y éste se encogió de hombros sin darle importancia. Para ellos sólo hacía unas horas que estaban a punto de entrar en el invierno, pero el clima no dejaba dudas de que el calor era verdadero.
Después de otra hora andando por fin llegaron al camino que cruzaba el bosque.
- Dioses benditos.- dijo Linaila jadeante.- No entiendo cómo hemos tardado tanto en llegar aquí.
Se apoyó en sus rodillas e intento recuperar el aliento.
- Hemos andado en círculos. O por lo menos hemos dado un gran rodeo y además, hemos ido muy lentos.- dijo Ángel mirando el camino.
Éste era sólo un surco ancho de arena amarillenta que cruzaba el bosque de lado a lado. Un creciente temor se estaba apoderando de él. El camino no estaba asfaltado, no había señales, ni siquiera había cables eléctricos de allí al horizonte.
Pensó que era imposible lo que su mente estaba elucubrando, pero estaba convencido de que no se equivocaba.
- ¿Y ahora qué?- preguntó Francis jadeante. Estaba agotado. La marcha más larga de su vida había sido de tres kilómetros y fueron muy pausados.
- Seguiremos caminando. Hasta encontrar ayuda.- dijo Ángel con convicción.
- ¿Y qué haremos después?- preguntó con algo de desesperación en la voz.
- Y yo qué sé, maldita sea. Estoy tan perdido como tú.- dijo Ángel molesto.
- Tranquilizaos.- dijo Linaila intentando calmar el ambiente.- Si os parece buena idea, iremos a mi hogar y allí quizá puedan ayudaros.
Los dos no tuvieron ninguna objeción. Era lo mejor que tenían.
Linaila comenzó a caminar hacia el sudeste siguiendo el camino y Ángel y Francis se quedaron algo rezagados frente a su paso decidido.
Francis la miraba de arriba abajo y sonreía mientras que Ángel estaba perdido en sus cavilaciones.
- Es muy guapa.- dijo Francis por lo bajo a Ángel.
Ángel le miró incrédulo.
- ¿Estamos perdidos en el bosque y tú sólo te fijas en que es guapa?- dijo Ángel enfadado intentando no elevar la voz para que Linaila no se enterara.
- Tranquilo. Sólo quería que habláramos de algo.- dijo Francis alarmado. No se esperaba esa reacción.
Ángel dio un par de pasos largos y le sacó algo de distancia a Francis que sabía que lo mejor que se puede hacer cuando se mete la pata, es callarse.
Ángel miró a Linaila un momento y no pudo más que darle la razón a Francis, aunque no se lo diría.
Linaila era bastante atractiva y ni el peto que llevaba lograba ocultar su buena figura. Sus rasgos eran finos y suaves y casi siempre sonreía. Tenía una mirada tierna y agradable pero el color de sus ojos era algo que hipnotizaba, que dejaba sin palabras. Su pelo ondulado le llegaba a los hombros y era del todo negro.
Ángel se metió las manos en los bolsillos y desvió su mirada al bosque. No iba a pensar en aquello en ese momento. No le parecía apropiado ni inteligente.
Pasaron un par de horas hasta que agotados de andar se adentraron un poco en el bosque y se prepararon para descansar sobre unas rocas que allí surgían.
Comenzaba el declive del sol sobre el horizonte y los rojizos rayos impactaban en las nubes de algodón que cubrían el cielo.
Ángel se tumbó sobre una gran roca gris que sobresalía del resto intentando ignorar el hambre y la sed que tenía. Linaila y Francis estaban igual que él y el único que lo hacía notar era Francis con sus tremendos rugidos de estomago.
Linaila se recostó, cansada, sobre la roca en la que estaba tumbado Ángel. Francis se recostó sobre otra y cerró los ojos dispuesto a dormir hasta el fin del mundo.
Sus pies le dolían hasta más no poder y tenía pequeñas piedras clavadas en el talón que le molestan lo indecible.
Todos notaron el cansancio y desearon abandonarse al sueño pero Ángel y Linaila estaban demasiado preocupados para conciliarlo.
Linaila no paraba de pensar en su padre y su hermana y el mensaje que tenía que entregarles, mientras que Ángel no paraba de darle vueltas a una idea que no había dejado de atormentarle desde que se había levantado esa mañana.
Miró al cielo infinito asombrado por la cantidad de estrellas que veía y de pronto, como si alguien le hubiera dado una bofetada, vio y comprendió de verdad lo que estaba viendo.
El corazón aceleró a ritmos vertiginosos y su cerebro se negaba a creer aquello. La cabeza le daba vueltas y a punto estuvo de desmayase por la tensión del momento.
Linaila se levantó del suelo con ganas de hablar con alguien y cuando miró el rostro de Ángel observó alarmada hacia donde sus ojos temblorosos miraban.
- ¿Qué ocurre?- preguntó extrañada ante su reacción.- Son sólo las lunas.
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